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A PROPÓSITO DE “El irlandés”, de Martin Scorsese. Por Salvador Llopart

—Martin Scorsese compone una oda a la decrepitud sentida y emocionante, con el mundo de los gánsteres como escenario

—Robert de Niro, como Frank Sheeran, se erige en el contrapunto de Al Pacino, interpretando a Jimmy Hoffa, para afrontar una historia de tinte melancólico ambientada en el crimen organizado

(PUNTUACIÓN EN TRES TOMAS)

Expectación                            *****

Al salir de la proyección       ****

El día después                      ***1/2

ES «EL IRLANDÉS” UNA PELÍCULA DE LEYENDAS de un Martin Scorsese obsesionado con el paso del tiempo. Robert de Niro y Al Pacino, especialmente De Niro, son la encarnación de ese tiempo que pasa y no vuelve. Ambos, rondando los ochenta, se encarnan a sí mismos tanto como a sus personajes, y los dos, de igual forma que Joe Pesci y Harvey Keitel -por citar otros rostros inconfundibles de este reparto de rostros inconfundibles, incluso en sus secundarios- ya no son caras: son símbolos que afrontan una historia taciturna y sombría desde la decadencia de los cuerpos.

«El irlandés» habla de la corrupción como forma de vida y del gánster como contrapunto de nosotros mismos. Efectivamente, estamos ante «otra de gánsteres”, como lo eran «Malas calles» (1973), «Casino»(1990) y «Uno de los nuestros» (1995). Otra de gánsteres, efectivamente, pero con una nota diferencial. Al habitual drama criminal, con la característica ascensión y caída del antihéroe -el esquema clásico en todas las películas del género- se le suma una nota inesperada y muy sentida: el inapelable tono crepuscular.

Una oda a la decrepitud en la que sus protagonistas -gracias a la caracterización digital, que ha dado mucho que hablar pero que uno pasa por alto- recorren diferentes momentos vitales: desde su juventud a la ancianidad. Una obra maestra de emoción contenida, donde la vejez, lejos de estar embellecida o idealizada, lo empapa todo de una forma descarnada y cruel.

Robert de Niro, como Frank Sheeran, el irlandés, meritorio del crimen, y al Pacino como Jimmy Hoffa, poderoso dirigente del no menos poderoso sindicato de camioneros de Estados Unidos -y cuya misteriosa desaparición en 1975 Scorsese se arriesga a dilucidar- son las piezas clave de este drama escrito por Steven Zaillian, autor de los guiones de «La lista de Schindler» y  «American Gangster», entre otros,  y que, a su vez, se ha inspirado en el libro «Jimmy Hoffa. Caso cerrado», de Charles Brandt.

Para encarnar a Sheeran, De Niro se coloca la máscara de Robert de Niro, marcada por una mirada ponzoñosa en cualquiera de sus diferentes edades. Y frente a él, Pacino; aquel Al Pacino impasible y frío en la saga de «El padrino» que, sin embargo, cuando quiere -y quiere mucho- es explosivo. De un histrionismo exacerbado. Como en esta encarnación de Jimmy Hoffa, un personaje que, al parecer, en la vida real, también era gritón y colérico. Sí recuerdan el papel interpretado por Pacino en aquel desaguisado de Warren Beatty que fue «Dick Tracy» (1990), rodada a mayor gloria de Madonna, saben de lo que estamos hablando…

Estamos ante una historia de gente mayor por encima del bien y del mal que, por momentos, parece protagonizada por unos simpáticos ancianos a las puertas de la Seguridad Social, comparando recetas. Pero que, entre todos, tienen suficientes crímenes a sus espaldas para pasar varias veces por el infierno de los cristianos.  El Hoffa de Pacino aporta el trasfondo histórico, la épica, como si fuera el Julio Cesar del drama. Un personaje de conexiones evidentes con la mafia, que ponía los recursos de su sindicato al servicio del blanqueo del dinero.

Pero es el Sheeran de De Niro, “el irlandés”, el verdadero protagonista. El Bruto del relato. El gánster entendido como figura trágica. Asistimos al drama de un hombre común que aprendió a matar por su país en la II Guerra Mundial -estremecedora la escena de los soldados alemanes cavando su propia tumba- y que luego aplicará lo aprendido en las trincheras en su beneficio. Es el prototipo del delincuente que asciende por sus propios -y deleznables- méritos hasta la cima del mundo, como Cagney en “Al rojo vivo”. Pero sin la euforia, y, si se me permite, sin el optimismo propio de aquel filme de Raoul Walsh. Allí arriba, Sheeran ya no espera la gloria ni el éxtasis. Si acaso, la decepción y el olvido. Incluso el desprecio, como el que recibe de su hija pequeña, un papel en manos de Anna Paquin, que funde a su padre con una simple mirada.

Esa mirada es de premio, como lo es todo este filme «de viejos», con dolores y tristezas viejas. Una obra lánguida y, ya se ha dicho, crepuscular. Una profunda melancolía atraviesa todo el relato. En esta historia ya no hay lugar para la culpa ni el arrepentimiento. Si existió algo parecido quedó arrasado por el paso del tiempo; ese tiempo «lento e infinito, que va sacando a la luz cuanto está oculto y ocultando las cosas manifiestas» (Sófocles).

Lo cierto es que «El irlandés» posee un aura muy especial. Un tono lánguido, exacerbado por una luz apergaminada, como los rostros de sus protagonistas. Ese aura de triste misterio que rodea por completo un filme de tres horas y media que a uno le pasaron como un suspiro.

Hablando de suspiros, esperemos que no sea el último de Scorsese. Aunque tiene «El irlandés» mucho de tono testamentario.

Salvador Llopart

@Txops

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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