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A propósito de “Érase una vez… en Hollywood”, de Quentin Tarantino. Por Salvador Llopart

Retrato de una época en la que el “Hombre Marlboro” se enfrenta al sueño de los hippies, armados de flores (y de cuchillos).

La tragedia del asesinato de Sharon Tate vista desde el lado Tarantino de la existencia, allí donde la historia se venga a si misma y se redime.

¿Es una película perfecta?. No, ni mucho menos. Es una, la novena, de Tarantino. Y sólo por eso hay que verla.

 

Propuesta de puntuación en tres tomas (tomando como base cinco estrellas)

Expectación: *****

Recién vista: ***

El día después: ****

 

En un rapto de locura, Nietzsche atacó una vez a Wagner, el músico qué más admiraba. Aquel filosofo que pensaba que la vida sin música es un error, se cebó con saña en el compositor alemán de óperas infinitas. Pero al final de su diatriba no pudo por menos que añadir: «Lo último que debes pensar es en ningún otro músico: los otros músicos no cuentan comparados con Wagner».

“Érase una vez… en Hollywood” no va corta de ingenio, sarcasmo y violencia, que estalla en un final de traca a “lo Tarantino”, y, quizá, por primera vez, tiene algo más en el cine del director de “Pulp Fiction”: un cuidado exquisito en el dibujo de los personajes.  Pero a uno le deja la sensación de que no avanza de forma armoniosa. Por momentos se olvida del sentido de la proporción y trastabilla consigo misma. El resultado es que parece que está a punto de descarrilar hasta que, de nuevo, encuentra el (buen) ritmo. No funciona como una máquina engrasada, no. Y a pesar de todo, ahora que estamos en medio de lo más cruel del cruel verano, y la cartelera anda como anda, las otras películas parecen que no cuentan, o cuentan muy poco si se comparan con “la nueva” de Tarantino.

El propio título del filme es revelador: «Érase una vez… en Hollywood». Evoca tanto el tradicional arranque de los cuentos clásicos como los títulos originales de un par de películas de Sergio Leone. Transcurre en Hollywood, claro, cuando el sueño de las flores y del amor empezaba a marchitarse. En el arranque nos topamos con un supuesto astro de la pequeña pantalla llamado Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y su inseparable doble y chico de los recados, Cliff Booth, interpretado por Brad Pitt. Con ellos dos nos instalamos en una realidad alternativa en la que Rick es vecino de Sharon Tate (Margot Robbie), la aspirante a actriz casada con Roman Polanski, cuya tragedia tiñó de rojo toda aquella época. Así Tarantino, desde la ficción, se instala de nuevo la Historia, la historia con mayúsculas, como ya hizo en «Malditos bastardos» (2009), con aquel utópico y falso final sobre Hitler.

En «Érase una vez…» recrea la próspera banalidad de los sesenta, capaz de sostener el sueño hippie, sin olvidarse de su final sangriento a manos de los “ángeles” de Charles Manson. Pero la historia, la historia de verdad, queda en los márgenes, como un paisaje de fondo frente al peso específico tanto de Rick (DiCaprio) como de Cliff (Pitt).

Ambos son como los lados de una misma moneda: la encarnación del hombre Marlboro, digamos, el arquetipo del hombre de una pieza de aquellos años de cambios profundos y desconcierto generalizado. Un tipo de masculinidad, aquí escindido en dos, con sus inseguridades y sus prejuicios puestos en jaque.

DiCaprio, además, introduce un matiz muy interesante, la idea de la banalidad de la fama. Un aspecto que, como actor, ya afrontó en «Celebrity» (1998), a las órdenes de Woody Allen. Aquel joven famoso de entonces, veinte años después, es un solitario preocupado por esa fama que le gira la espalda. Lo suficientemente listo como para saberse poco inteligente, vive atento a su fragilidad y contempla con aprensión su decadencia. Pitt, en cambio, tiene menos aristas, pero un aire amenazante. Dicen de él que ha estado en la guerra, se le acusa del asesinato de su mujer, y vive sólo con su perro en una caravana destartalada sin ansiedad ni sentido de culpa. Casi vacío de emoción, como un John Wayne rubio para entendernos.

«Érase una vez…» avanza empujado por la fuerza de estos dos protagonistas. Ambos con escenas maravillosas, de una fuerza incontestable. Una de terror puro y duro, por ejemplo, protagonizada por Pitt, que te remite al ambiente de «La matanza de Texas». Otra, con DiCaprio, enfrentado a sus propios fantasmas de actor fracasado y borracho. Pero “Érase una vez…”, que dura cerca de tres horas, se pierde por momentos en si mismo, como si Tarantino se ensimismara en la «tarantinidad», si se me permite el neologismo.

El mismo Quentin me entendería si le dijera que este noveno filme suyo me recuerda a «Invencible», el último álbum de estudio realizado en vida por Michael Jackson, donde te encuentras al Jackson de siempre, pero en exceso autorreferencial y cansino. Y por volver a Wagner, con el que empezamos, alguien dijo una vez de sus óperas que tenían momentos sublimes, pero también cuartos de horas terribles. Algo semejante me pasa con este «Erase una vez en Hollywood». Por momentos estupenda, sensible y con personajes de peso. Pero lastrada por un par de cuartos de horas francamente prescindibles.

 

Salvador Llopart

@Txops

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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