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Apología de la frivolidad. Por Marcelo Mosenson

El saber popular afirma que sobre gustos no hay nada escrito. En realidad, sí hay escrito, y mucho.

 

Resulta interesante constatar que toda cultura produce valores respecto de lo bello y lo feo. Pareciera tratarse de una necesidad humana como universal.

 

La primera vez que pisé la ciudad de París me quedé tan deslumbrado por su belleza que ya no pude regresar a mi país durante cinco años. Durante otras casi dos décadas, he vuelto al menos una vez al año y mi admiración por la ciudad no decae.

Tardé años en comprender la razón por la cual su belleza me interpela (no sólo a mí, por cierto). Finalmente comprendí que la búsqueda de lo sublime tiene que ver con lo absurdo. Es en el absurdo mismo de la necesidad de crear, y la preocupación por la baguette perfecta, la arquitectura de cada una de las estaciones de subte, o la decoración monumental de cada uno de los puentes que cruzan el río Sena que exceden al propósito funcional de sus respectivas existencias, que la frivolidad manifiesta su sentido.

 

Recuerdo una ocasión en la cual la empleada de una patisserie (panadería) a pocos metros de la Bastilla me dedicó quince minutos para explicarme qué hacer con la torta de mousse de chocolate antes de servirla en la mesa. Algo similar me ocurrió en repetidas oportunidades al pedir consejo en la elección de algún vino. Una serie de preguntas acerca de lo que habría de comer junto a la botella me fueron obligadas responder para así, obtener una respuesta acorde al consejo que busqué.

 

El absurdo del detalle, más allá de lo funcional, y la búsqueda compulsiva por el buen gusto, dan cuenta del sinsentido de la existencia. Por cada gesto, por mínimo que sea, hay quien lo llena de sentido. Un panadero francés no vende pan, sino que ofrece una sabiduría condensada a través de la cocción de la harina, la sal y el agua. Lo mismo vale para los arquitectos de los puentes del río Sena, el sommelier, o la empleada de la patisserie.

 

La estética es una búsqueda infinita de sentido que nos recuerda que vivimos bajo la dictadura del vacío y el sentido de una vida que no elegimos vivir, que tan sólo recibimos de manera aleatoria.

 

¿Porqué entonces vestir una mesa con un mantel de plástico cuando hay otras alternativas necesaria y objetivamente  más nobles? ¿Porqué construir un puente con el mero objetivo de cruzar de un lado al otro cuando también puede convertirse en monumento y símbolo de una ciudad? ¿Porqué construir estaciones de metro meramente funcionales cuando cada una puede resultar un espacio único de una ciudad que supo y pudo construir una de las mejores redes de subtes del mundo?

París es quizá una de las ciudades con mayor autoestima del planeta. De ahí quizá el cliché en cuanto a la arrogancia de los parisinos.

 

En mi ciudad, Buenos Aires, se han tirado abajo edificios clásicos en nombre del progreso. Se ha permitido destruir las fachadas de los edificios mediante el uso de marquesinas o bien, agujerear sus paredes como si se trataran de quesos gruyere gigantes con el sólo propósito de instalar aires acondicionados.

 

Me atrevería a aseverar que si bien, por definición, la belleza es subjetiva, la fealdad no lo es, a no ser que alguien se atreva a afirmar que una tostada untada con mermelada y ajo sean un manjar.

 

Desde luego que los gustos varían a través de las culturas y las épocas. Pero la pereza en cuanto a la búsqueda de lo bello habla de un nihilismo solapado. No es casualidad que la empresa Apple sea la empresa más valiosa del mundo. Millones de consumidores están dispuestos a pagar más por aparatos que prácticamente ofrecen las mismas funcionalidades que las de su competencia.

 

La belleza no garantiza la felicidad, pero su búsqueda permite construir un sentido, el del amor, o algo de ese orden.

 

La mujer que me vendió la torta manifestaba un tímido orgullo por su gâteau au chocolat. El sommelier me brindaba todo su tiempo y conocimientos para que eligiera el vino correcto, mientras que el encargado de la frommagerie (quesería) de la rue de Temple se negó a cobrarme uno de los quesos de cabra que insistió en que degustara indefectiblemente.

 

Creo que en detrimento de la practicidad habría que prohibir varias cosas. Por ejemplo, las servilletas de nylon que ofrecen muchos restaurantes. Porque la vida es corta. Nacemos para morir, mientras que en el medio sólo nos queda la búsqueda de la belleza para recordarnos que es hermana del amor.

 

Marcelo Mosenson. Escritor & cineasta. Socio fundador de www.nomadefilms.com

 

@MMosenson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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