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Artículo de Esteban Zarauz sobre Khalil Rifati, que forma parte de la revista The Ecologist (número 74)

Comenzamos ahora una serie de 3 artículos que forman parte del último número de la revista The Ecologist, correspondiente a junio, julio y agosto de 2018.

Lo hacemos, como siempre, con autorización de este imprescindible revista que dirige mi compadre Pedro Burruezo.

En esta ocasión la revista (de forma muy acertada) está dedicada al gran tabú de occidente: la muerte.

 

Khalil Rifati es conocido en la actualidad por ser un ecoemprendedor de fama en la zona de California. Sus zumos ecológicos, muy personales, son archiconocidos en la citada área. Pero hubo un tiempo en que nadie hubiera dado un duro por él. Con una infancia traumática, era politoxicómano y le rondó la muerte en varias ocasiones. Pero resurgió de sus cenizas como el ave fénix. Lo cuenta en su libro “Me olvidé de morir” (Urano).

Para muchos es un ecoempresario de éxito. En 2001, una sobredosis de heroína estuvo a punto de llevarlo al cadalso. Tocó fondo una y otra vez. Era un vagabundo que no pensaba en otra cosa que su dosis diaria. Neil Strauss, en Rolling Stone, ha dicho del libro que Khalil es “el Forrest Gump de los libros de memorias”. Ahora, completamente limpio y al frente de una empresa de éxito, ayuda a sobrevivir a otros que se encuentran en la misma situación en la que él estuvo no hace mucho.

TRAUMA INFANTIL

Su infancia estuvo marcada por los abusos. De adolescente, ya era adicto al cannabis y al alcohol. Más adelante, entró en contacto con otras sustancias que le ayudaron a caer más rápidamente. A los 23 años, en California, casi consiguió su sueño: ser un empresario de relumbrón. Conoció a muchas estrellas del cine y del rock and roll.  Tenía un negocio de limpieza de coches deportivos y era asiduo a las fiestas de  Slash (Guns N’Roses) o de Liz Taylor. Pero, cuando todo parecía que iba bien, empezó una espiral descendente que le llevó a conocer la muerte muy de cerca en varias ocasiones. Hasta que un día, el entrar en contacto con la espiritualidad profunda le permitió empezar a vislumbrar una pequeña luz al final del túnel. Y desde entonces, hasta aquí: ahora sí que es un empresario de éxito que, además, ayuda a salir a otros del pozo en el que se hallaba.

 

UN CONTINUO DISPARATE

La vida de Khalil fue un continuo disparate durante mucho tiempo. Él mismo explica alguna de esas andanzas: “Cuando tenía 14 años, mi padre volvió a casa y echó a mi madre. Tuvo que alquilar un apartamento y yo pasaba la mayor parte del tiempo con ella, volviéndola loca con todos los problemas en los que me metía. Al final, uno de sus amigos tuvo una charla conmigo y me dijo que ya no era bienvenido. Tenía que marcharme para nunca volver. Eso me obligaba a quedarme con mi padre. No duré ni dos semanas”. Lo que siguió fue incluso peor: “Cantaba la canción y lloraba, pero no como cuando mi padre me había deseado buena suerte y me había dejado allí plantado. Este era un llanto positivo. Un desahogo. Expulsaba todo el aislamiento y la depresión de veintiún años de miseria. Estaba engañándome a mí mismo. Era obvio que dejaba atrás Toledo y a todas esas personas que me habían hecho daño, pero el resto del equipaje me acompañaba en mi trayecto, un trayecto loco y caótico que me haría perderlo todo”.

 

LA FAMILIA

La vida de Khalil tenía mucho que ver con una familia desestructurada y todo lo que ello conlleva cuando has nacido y crecido en ella. La muerte es algo verdadero y, cuando se acerca, en muchas ocasiones ayuda a recomponernos por dentro. “Estaba sentado en el Marmalade Café de  Malibú tras nueve meses sobrio cuando recibí una llamada de mi madre. Sonaba increíblemente desconsolada. Acababa de salir de la consulta del médico y le habían dicho que tenía cáncer. Me sentó como un jarro de agua fría. Me mataba no tener dinero para ir a casa a visitarla o ayudarla con las facturas del médico. Tenía sesenta y seis años, estaba sola y seguía trabajando como auxial de clínica en el Hospital de Toledo. Vivía al día en un diminuto apartamento de Kenwood Gardens, que estaba a un paso de una barriada de viviendas sociales. En cuanto colgué el teléfono, tomé una decisión: tenía que ganar dinero. Sería capaz de cuidar de mi madre. Ese era mi único objetivo. Había arrojado mi vida por la boda y seguramente no merecía ganar dinero, pero nada podría evitar que cuidara de mi madre”, escribe Khalil. El que ha tocado fondo… empieza a valorar las pequeñas cosas de la vida: “Apagué la  luces y me eché a dormir de nuevo. Entonces, volvía oírlas, pero esta vez más fuerte. Tenía esas sensaciones grabadas de mi época de sintecho, cuando dormía en los callejones y las ratas reptaban por mi cuerpo. Me entraba un miedo tan paralizante que lo único que hacía era como si no pasara nada”.

 

REDENCIÓN

La redención existe. Llega un día, no se sabe muy bien por qué. Generalmente, tiene que ver con la espiritualidad más profunda. Entonces, todo cambia. Y uno empieza a cultivar para los demás, no solo para él. Y entonces viene lo difícil. Los tragos que se pasan son duros. “Resultaba obvio que no tenía ni idea de cómo chutarse adecuadamente, porque el crack la había puesto demasiado paranoica. Agarré la aguja, se la introduje en la vena, tiré del émbolo para comprobar que sacaba sangre y empujé. Ni siquiera comprobé cuánta cantidad había cocinado. Su cuerpo quedó completamente inerte”. Un chute de heroína para empezar la desintoxicación.  Al final, la chica es una gran amiga suya, pero el síndrome de abstinencia fue muy duro. Hubo que llevarla a Panamá para apartarla de sus redes. Hace falta mucha humildad para salir del averno, porque en muchas ocasiones es el ego quien nos engaña. “Si alguien quiere cambiar puede hacerlo, pero tiene que enfrentarse a la rendición. Cualquier puede cumplir durante cierto periodo de tiempo. De hecho, los drogadictos y los alcohólicos son maestros en el arte de usar más caras y en complacer a los demás. Pero permanecer en un estado de rendición precisa humildad, un rasgo no demasiado común entre la gente de mi calaña. Nos metemos en problemas, juramos a Dios que jamás volveremos a hacerlo, suplicamos ayuda y realizamos promesas aparentemente indestructibles ante nuestro yo más profundo y el resto del mundo. Y, después, el ego entra en acción con su increíble habilidad para pasar por encima de la experiencia, y volvemos a encontrarnos, una vez más, borrachos y colocados. Porque en lo más profundo de nuestro ser no queríamos cambiar desde un primer momento”. Al final, a Khalil le ha quedado algo claro. Y esto es que lo único importante es “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Eso es todo. Esa es toda la verdad. Nunca necesité saber más obre espiritualidad ni sobre Dios”.

Esteban Zarauz

Khalil Rafati es conferenciante, autor y ecoemprendedor en el campo de salud y del bienestar. Ha trabajado como paseador de perros, cuidador de drogadictos, limpiador de coches, ebanista, consejero de rehabilitación, gerente de restaurante y traficante de drogas. Actualmente, es propietario de Malibú Beach Yoga y de SunLife Organics, una popular cadena de zumos y licuados ecológicos de California en continuo crecimiento. También es el fundador de Riviera Recovery, un centro para la reinserción en la sociedad de drogadictos y alcohólicos, y miembro de la dirección del Monasterio Tashi Lhunpo de Bylakuppe, India.

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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