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CINE EN DECONSTRUCCIÓN. «MIEL DE NARANJAS», POR MIGUEL-FERNANDO RUIZ DE VILLALOBOS

Imanol Uribe (San Salvador, El Salvador, 1950), uno de los directores más representativos de lo que fuela Transiciónen el cine español con películas como “El proceso de Burgos” (1979), “La fuga de Segovia” (1981) y “La muerte de Mikel” (1984), que bien se pueden considerar, con la perspectiva del tiempo, como una trilogía sobre Euskadi en aquellos años, y que tiene en su haber la mejor película sobre la ETA que se ha hecho nunca en Esapaña como es “Días contados” (1994), parece haber perdido el rumbo desde hace ya varios años, después de algunos títulos de interés como “El rey pasmado” (1991) y “Bwana” (1996).

Su última propuesta, “Miel de naranjas” retrotrae su mirada ala Españade la posguerra, concretamente la de los años 50, aquella España militarizada y nacionalcatólica, todavía con flecos del racionamiento, que presumiblemente poco puede interesar a las nuevas generaciones de espectadores españoles, más preocupados de sus carencias actuales que las anteriores de sus padres o abuelos. Pero partiendo de que la historia de “Miel de naranjas” (poético título para una película más que menor) no deja de ser un testimonio histórico de un momento importante en la vida de antes y de ahora de los españoles, valorar lo que es la película y lo que podía haber sido, es decir, desmenuzar el trabajo de Imanol Uribe puede ser tan interesante como reflexionar sobre aquella época fundamental en la historia más reciente de nuestro país.

El grave problema de la película es su look, un tanto trasnochado, encartonado y decimonónico, con una progresión narrativa llevada a saltos y sin un desarrollo armónico de los personajes. En vez de hacer una crónica de esos años, con sus represalias, sus ejecuciones y trabajos forzados, sus servidores y sus oponentes, Imanol Uribe parece que quiera narrar una historia más de sorpresas y trampas, una historia cinematográfica al uso, donde no falta un final feliz, ese famoso happy end que se carga en el 90 por ciento de los casos una película (me remito al final de “Hysteria”, una película de evidente interés que se cierra penosamente gracias a ese final feliz).

Un aspecto positivo es evidenciar los males de un régimen político-militar, el de aquellos años cincuenta enla Españafranquista, pero un aspecto negativo es el hacer que todos los personajes estén cortados por el mismo patrón y caer en la fácil y aburrida demagogia, tan en uso últimamente cuando se habla del que no piensa como tú, sobre hechos históricos de muchos y variados matices.

Si la ambientación es pobre y teatrera (comparar, aunque sea odioso, con las recreaciones británicas o francesas en las películas de época), el trabajo interpretativo es tan pobre como los logros de la película. Karra Elejalde, un actor de raza, como el teniente coronel Eladio, un fiscal militar que aplica la pena de muerte con la misma sensibilidad que enciende un cigarrillo, empieza muy bien su andadura, pero termina tan histriónico que no es creíble. El resto del reparto, con un Eduard Fernández al que le hacen repetir el mismo personaje de forma obsesiva, está diluido en una mala dirección de actores, aspecto en el que Imanol Uribe había demostrado con creces su dominio (ahí está el trabajo de todos los intérpretes de “Días contados”).

Y mejor no hablar de las soluciones de guión (original de Remedios Crespo), especialmente en la secuencia en la que el teniente Ramos (Carlos Santos), cuando es descubierta su traición el Ejército, en vez de pegarse un tiro con su pistola reglamentaria, saca un veneno de un anillo que más parece de los Borgia que de los resistentes antifranquistas de la época, para no profundizar en la simplona metáfora final con el cesto de naranjas que tiene el personaje de Ángela Molina, recluida en un sanatorio mental.

Muchos dislates para una película cuya primera y principal cuestión es ¿si en tiempos de crisis como los actuales, interesa una historia como ésta?

Pero como siempre en la vida, la última palabra la tiene la mayoría silenciosa, el público anónimo, que llenará o no las salas de cine.

 

 

Ruiz de Villalobos

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