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Crítica de «Historia de un matrimonio»: Yo soy California y tú eres Nueva York, por Marta Molins

Historia de un matrimonio

Una relación termina y curiosamente el fin del amor no acostumbra a ser la causa. Se desencadena debido a un cúmulo de frustraciones, falsas promesas, palabras sofocadas, mentiras… hasta alcanzar el punto de no retorno.

Historia de un matrimonio, la nueva película del director Noah Baumbach, estrenada en cines de forma limitada el 22 de noviembre y en Netflix (productora del film) el 6 de diciembre, retrata brillantemente la separación entre Nicole (Scarlett Johansson) y Charlie (Adam Driver) que, además de contar con unas vidas laborales exitosas, tienen un hijo que convierte el proceso en más arduo y doloroso aún. Cabe resaltar las interpretaciones de los protagonistas, sobre todo de Driver, que está soberbio en todo el largometraje, principalmente en la escena donde canta Being Alive, hacia el final de la película, y que eriza los sentidos (en contraposición, la escena donde aparece Johansson cantando con su madre y su hermana es bastante ridícula). La película recuerda a las míticas historias de Woody Allen en las que el drama por amor está servido, aunque con menos comedia y más sobrecogedora, con escenas tensas y duras, como es el caso del juicio.

En Historia de un matrimonio nos invade la sensación de que estamos viendo una magnífica obra de teatro (dos horas y cuarto que se deslizan sin problemas), ya que se trata de un relato intimista, con muchos primeros planos, donde el espectador siente en primera persona los reproches y las frustraciones, empatizando a veces con ella, otros momentos con él. Asimismo, como una Matrioska, Nicole es actriz e interpreta obras de teatro dirigidas por su marido, lo que muestra una prolongación de lo que sucede en su vida privada, donde ella también se ve dominada por las decisiones y opiniones de él. 

“Terminar una relación es como sufrir una muerte”, me dijo una vez una amiga. Existe un luto y no volverás a ver a esta persona (a no ser que tengas un hijo, como es el caso de la película, y tienes que seguir viéndole y manteniendo una relación, negociando, lo que hace la separación de pareja más difícil). Es una película dolorosa, incómoda, que remueve, porque todos nos podemos sentir reflejados en esta disección de una ruptura con quien creíamos que era nuestra otra mitad. Scarlett representa Los Ángeles, una ciudad con “mucho espacio”, amable y acogedora, cerca de la playa de Malibú; en cambio, Driver encarna a Nueva York, una ciudad ambiciosa, perfeccionista, incesante. Dos ciudades hermosas, que forman parte del mismo país, pero que las separa una distancia insalvable.

 

Marta Molins

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