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Crítica de la película «8 apellidos vascos»: Un éxito por partido doble. Por Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Que “8 apellidos vascos”, la última película de Emilio Martínez-Lázaro haya conseguido ser la más taquillera del pasado viernes como recogía José López Pérez en su informe semanal de recaudaciones y que se vislumbre como la que también reinará en este fin de semana, no hace más que confirmar las virtudes de una comedia que vuelve a ofrecer lo mejor del director madrileño, quien con la importante colaboración de sus dos guionistas Borja Cobeaga y Diego San José, ha conseguido hacer una película que se acerca más a la realidad española que otras comedias recientes donde a pesar de utilizar el concepto de español, podían ser de cualquier país. Porque “8 apellidos vascos” es una mirada irónica, que no cínica ni mucho menos irrespetuosa sobre la Españade las diferencias. En la línea de “Bienvenidos al Norte”, la película francesa que firmó Danny Boon en 2008, y que tuvo su remake italiano con “Bienvenidos al Sur”, de Luca Minero, en 2010, “8 apellidos vascos” utiliza una historia romántica –la pasión que se despierta en Rafa, un andaluz de pura cepa, que nunca ha querido salir de su Sevilla natal, por la joven Amaia, una vasca de carácter duro y cerrado, que pasa unos días en Sevilla- para dibujar un mapa tan real como sincero de las pocas diferencias culturales y sociales que se dan de Norte a Sur y de Sur a Norte en nuestra piel de toro. Que Rafa, desesperadamente enamorado de Amaia, se traslade a un pueblo de Euskadi en busca de la difícil muchacha, recuerda a más de una comedia clásica de Hollywood, para desarrollar esta historia de supuestos incompatibles y de regiones aparentemente opuestas.

La aventura de Rafa, que como es lógico se hará pasar por vasco, de ocho apellidos vascos, por lo menos, permite al director y a los guionistas jugar al viejo pero siempre estimulante juego de los equívocos y de las apariencias, que en la película adquiere categoría gracias el trabajo de sus cuatro protagonistas. Una pareja joven formada por una Clara Lago, estupenda en su papel de vasca desconfiada y dura por fuera, pero sentimental y tierna por dentro, y un Dani Rovira estelar, como ese andaluz irredento que no dudará en negar sus orígenes por amor. La otra pareja, la de los maduros, la forma una Carmen Machi, como esa madre postiza y dicharachera que Rafa se saca de la manga en una situación límite, y un exultante Karra Elejalde (un actor de casta al que el cine español sigue olvidando) como ese padre pescador, vasco de pura cepa, duro como las piedras que deportivamente se levantan en Euskadi, pero más blando que el pan cuando se trata de su hija. Ellos son los artífices, junto al excelente guión, los acertados diálogos y la cuida dirección de Emilio Martínez-Lázaro, de que “8 apellidos vascos” sea una rara avis en ese pelotón de comedias a la española de dudoso gusto que en los últimos años inundan las pantallas de los cines con más pena que gloría. En un momento histórico en el que parece que el país pueda desfragmentarse, una película como “8 apellidos vascos”, además de hacer reír puede hacer reflexionar sobre el hecho de que Norte y Sur, Este y Oeste, ni son tan diferentes, ni son tan especiales como se quiere hacer creer. Y es que por encima de todo están las personas.

 

 

Ruiz de Villalobos

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