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Crítica de la película “Los amantes pasajeros”

Se suele hablar de cinco etapas en la filmografía de Almodóvar, la primera es la experimental (abarca sus tres primeros largometrajes y sus cortos anteriores), la de influencia felliniana, la de la influencia de los maestros (desde “Matador” hasta “Tacones lejanos”), la autobiográfica (“Todo sobre mi madre” y “Volver”) y la etapa noir (“La mala educación”, “Los abrazos rotos”, “La piel que habito”).

Las dos anteriores películas de Pedro Almodóvar Caballero (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 24 de septiembre de 1949) “Los abrazos rotos” y “La piel que habito” son de las más flojas de su filmografía.

“Los amantes pasajeros”, su película número 19, pese a sus múltiples defectos, está muy por encima de los dos films citados anteriormente y augura una nueva etapa en su filmografía. Estamos ante una comedia que tiene poca gracia (ese es su defecto fundamental) y en la que varias de las situaciones que se muestran no funcionan, pero hay algún chispazo de humor que nos devuelve al mejor Almodóvar que para mí es el de “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” y “Carne trémula”.

Estamos ante un film menor pero que me da la sensación de que Almodóvar se tomó como un divertimento.

“Los amantes pasajeros” tiene un reparto muy coral en el que destacan Javier Cámara, Antonio de la Torre y José Luis Torrijo.

Cámara es el personaje más lúcido y el que tiene mayor protagonismo.
Pedro inserta en la trama varias situaciones de la actualidad del país: la corrupción, la situación política y la social y añade mordiente y una dosis de denuncia. La clase turista permanece dormida durante el vuelo, algunos aeropuertos no tienen pasajeros y hay un cierto desgobierno general en el avión Chavela Blanca (homenaje a la gran Chavela Vargas), de la compañía Península, pero falta riesgo, chispa, ingenio. Nos muestra, en forma alegórica o metafórica, un país sin rumbo, a la deriva. Algunas de sus obsesiones reaparecen en varias  de las subtramas. Hay varios momentos de humor grueso, cercano al del clan Ozores. Falla, de nuevo, la apertura al melodrama, en este aspecto la escena del teléfono que cae justo en el vehículo de Blanca Suárez lo ejemplifica.

Parece que Pedro Almodóvar esta ensimismado y de ahí que no se percate que por momentos su guión se acerca peligrosamente al ridículo.

Destacan positivamente los títulos, el cartel y el diseño gráfico de Mariscal, la música de Alberto Iglesias que se mueve con soltura en todo momento y se sabe adaptar a las necesidades del cine de Almodóvar logrando siempre excelentes sinergias; y las transiciones y la escena final (seguramente la mejor de la película) entre Javier Cámara y Antonio de la Torre, todo un manifiesto del amor libre.

José López Pérez

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