Jean Becker, hijo del gran Jacques Becker, la sobriedad del cine galo dimensionada en “Le trou” (1960), es ya un veterano (Paris, 1933) que sabe perfectamente que el cine es un cúmulo de emociones y donde las relaciones humanas son el perfecto entramado para potenciarlas. Desde sus inicios a mediados de los 60 con varias películas de género, es a partir de 1998 con “La fortuna de vivir” que Jean Becker encuentra su camino y su estilo de cine que no abandonará. Suyas son pequeñas obras maestras como “Conversaciones con mi jardinero” (2006), “Dejad de quererme” y “Mis tardes con Margueritte”, que ahora potencia con la que es, hasta el momento, su última producción, “Mi encuentro con Marilu”, donde predomina la sencillez, lo límpido y directo, para que las emociones y las interrelaciones personales fluyan como un apacible río en la mitad de su recorrido.

“Mi encuentro con Marilou” bebe de dos anteriores películas del propio Jean Becker: “Dejad de quererme”, donde el protagonista huye de su familia y de su entorno diario aquejado de una enfermedad terminal, al igual que hace Taillandier, aquejado de una enfermedad existencial, y “Mis tardes con Margueritte”, donde se produce el casi imposible encuentro entre el primitivo, pero bondadoso, Germain Chazes, y la delicada y anciana Margueritte, mientras aquí es el angustiado y desasosegado pintor Taillandier el que tiene un encuentro casi imposible con la joven y rebelde Marilu. A partir de estas premisas, básicas para entender el devenir del cine de Jean Becker, “Mi encuentro con Marilu” se estructura en tres partes bien diferenciadas: una primera donde se presenta el ambiente familiar, feliz, sosegado del pintor en crisis; una segunda que se inicia con una huída hacia ningún lugar y el encuentro con Marilu, con el consiguiente intercambio de valores y de afectos, y una tercera, donde, tras un suceso dramático, la separación deja a cada uno enriquecido por la relación con el otro.

Película blanca, que podría haber derivado hacia situaciones morbosas, “Mi encuentro con Marilu” expone de forma sencilla, pero directa, sin recovecos ni falsas pistas, cómo las crisis personales se tocan al inicio de la vida y al final de la misma. Mientras Taillandier se siente agobiado por la felicidad que vive y por la ausencia de inspiración para seguir pintando, Marilu vive agobiada por los errores de una madre que piensa más en ella que en su hija y vive, inconsciente, el descubrimiento de la libertad. No será hasta que los acontecimientos que se producen vayan desnudando a los dos personajes que conectarán para intercambiarse experiencia e inocencia, hasta crear una relación paterno filial tan enriquecedora como ejemplar.

Una película de estas características necesita unos intérpretes que vayan más allá del guión y den a los personajes la dimensión humana que necesitan. En este sentido, Patrick Chesnais es un “monstruo” inconmensurable de la interpretación (recordemos esa maravilla que es “No estoy hecho para ser amado, de 2004), que crea un Taillander tangible, vivo, verdadero, mientras que la joven Jeanne Lambert hace un debut deslumbrante como Marilu, una joven de hoy en día, con todas las dudas de su adolescencia, pero con toda la vitalidad de su inocencia. “Mi encuentro con Marilou”, como las anteriores películas de Jean Becker, es un apasionante cúmulo de emociones y sentimientos pero, también, una reflexión sobre las angustias existenciales que viven jóvenes y ancianos en la sociedad actual.


Ruiz de Villalobos