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CRÍTICA DE LA PELÍCULA “WILAYA”: CONTEMPLATIVA

Distribuida por Wanda, mañana se estrena “Wilaya”, una película que transcurre íntegramente en un campo de refugiados saharauis (de ahí el título), donde todo es provisional y abunda la miseria.

La historia arranca con el reencuentro de dos hermanas que hace 16 años que no se ven, Fátima, la mayor viene desde Valencia, la pequeña que recorre el campo con muletas. Ambas se han educado en dos culturas diferentes.

Fátima acude a la llamada de su hermano mayor, dado que su madre ha muerto. Deberá resolver un dilema importante.

El director Pedro Pérez Rosado se mueve en la delgada línea que separa el documental de la ficción. Se decanta por el estilo contemplativo, de manera que no hay tensión en lo que se cuenta. Se queda en la superficie, para mostrarnos una teórica cotidianidad, en la que no aparecen temas políticos, ni sociales, donde los diálogos son escasos, tópicos y demasiado obvios, y la narración casi no avanza. Este estilo contemplativo provoca que haya poca profundidad, todo acaba quedándose en la superficie.

En algunos pasajes genera cierta sensación de aburrimiento. Se permite algunas licencias en la trama que le hacen perder alguna credibilidad a lo que se cuenta (¡ojo! Spoiler: la protagonista llega a lucir más de una docena de diferentes vestuarios, ni conocemos el precio que paga por el vehículo que acaba transportando casi cualquier cosa, no vemos repostaje de carburante). Exceptuando los personajes de los tres hermanos, el resto están esbozados solamente.

José López Pérez

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One comment

  1. Aparentemente, la nueva película de Pedro Pérez Rosado no dista demasiado de cualquier otro documental sobre ese lugar defenestrado por los diferentes gobiernos españoles desde hace ya demasiado tiempo. Sin embargo, el guionista y director de dicha cinta apuesta con firmeza por la ficción para contar la historia de Fatimetu, una saharaui afincada en España que vuelve a su tierra tras más de quince años para asistir al entierro de su madre.

    ‘WILAYA’ está correctamente filmada, su fotografía es hermosa en algunas secuencias y su montaje roza el notable en otras tantas. Pero hasta ahí llegan los elogios hacia una cinta cuyos diálogos son tan flojos como el carácter de sus personajes. La puesta en escena es paupérrima y la historia está más seca que el propio desierto. Más o menos es lo mismo que pasa con las tres anteriores películas de Pérez Rosado.

    Hay silencios que alcanzan el ridículo y la actitud de la protagonista trasmite poca o ninguna verdad gracias a una actriz (Nadhira Mohamed) de recursos interpretativos extremadamente limitados. Varios aspectos de ‘Wilaya’ son previsibles, pero lo que la hace verdaderamente insoportable es el constante propósito de lentitud al que nos encomienda. Sus intenciones no son malas, pero el resultado es un rotundo e infumable desastre que no se sostiene siquiera durante el primer visionado.

    Muchas escenas son inconexas y se muestran aisladas del resto del contenido, haciendo que el todo parezca más una práctica de fin de curso que una película comprometida con la causa. Con filmes como este, la deuda de España con el Sahara no hace sino incrementarse.

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