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Crítica de Oti Rodríguez Marchante de “1917”: Un milagro de precisión y un prodigio de mirada

Nota inicial del editor: “1917” es nuestra película de la semana. Aquí podéis recuperar mi crítica. Os ofrecemos ahora la de Oti Rodríguez Marchante. También le ha gustado mucho, la ha puntuado con 4 estrellas, sobre un máximo de 5. Y publicamos el artículo, como en ocasiones precedentes, con su autorización expresa, ya que lo ha escrito para el diario Abc, donde colabora desde hace más de 30 años.

 

Es pronto para decir que «1917» será la película de 2020, pero, una vez vista, se puede caer en la tentación (o la idiotez) de arriesgarse y decirlo. Es una película bélica, exclusivamente bélica, como tantas otras, y es una película que narra su historia en un plano secuencia (interrumpido por un desmayo y que se «retoma» con la vuelta en sí del personaje), como algunas otras. El plano secuencia es una toma sin cortes, la filmación de una, varias o todas las escenas sin tomarse un respiro para la cámara, la puesta en escena y la interpretación…, es el alarde del triple salto mortal en gimnasia o «El otoño del patriarca» en literatura, y hay momentos cumbres del cine que glorifican esta compleja y engorrosa técnica narrativa, desde el fascinante arranque de «Sed de mal», de Orson Welles, hasta la pericia gimnástica de González Iñárritu en «Birdman».

Sam Mendes, un cineasta con gran potencial en su torrente narrativo y de sentimientos (encauzado en películas como «American Beauty», «Camino a la perdición» o «Revolutionary Road»), es coherente en el modo de contar su relato de guerra y asume el riesgo de hacerlo en espacio y tiempo (casi) reales, desde que su cámara elige el punto de vista de los dos personajes centrales hasta que los deja varios kilómetros y horas más allá… Es la historia de una misión, una avanzada a través del campo enemigo, que la cámara recoge al minuto y durante cada metro sin pestañear (sin ir a negro, con la salvedad dicha antes).

Pero solo la musculatura y el prodigio técnico no serían suficientes para convertir «1917» en la asombrosa, impresionante y magistral película que es: cómo sigue, filma, sugiere e interpreta la cámara esa acción ininterrumpida; con qué terrible belleza absorbe los momentos de tensión, de miedo, crueldad y perversa hipnosis, y también los de humanidad, solidaridad, compromiso y compasión; hay tanto instante antológico, de asombrosa precisión y de terrible contradicción en los sentimientos, que uno se pregunta cómo Sam Mendes ha podido conjugar la impresionante maquinaria de la puesta en escena con la intimidad de las interpretaciones (solo la del avión derribado y sus consecuencias emocionales en la trama, y hay muchas con parecida potencia y desgarro, te sugieren que más que un rodaje, aquello fue un milagro).

Naturalmente, es agotadora, fiel a la hazaña y a los estímulos de sus personajes, e igual de noble e inhumana en su mirada alrededor. Sobre el trabajo de sus protagonistas, y en especial George MacKay (pero también Dean-Charles Chapman), es de los que ennoblecen la profesión y, desde luego, disuaden de ella a los que solo buscan pasarela y alfombra roja.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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