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Crítica de Oti Rodríguez Marchante de “Cold War” (2018): Obra Maestra de principio a fin

Uno de los estrenos destacados de este fin de semana en España es “Cold War”. Distribuida por Caramel Films, la compañía de Enrique González Kuhn, se puede disfrutar en 52 cines. Podéis recuperar mi crítica directamente aquí.

Ahora os ofrecemos la crítica de Oti Rodríguez Marchante que ha aparecido hoy en la edición en papel, y también en la edición digital, del diario Abc en el que lleva escribiendo desde hace más de 7 lustros. Publicamos el artículo con autorización expresa de su autor, como de costumbre.

 

Pawel Pawlikowski es el director polaco que hizo «Ida», una brillantísima miniatura en blanco y negro sobre una novicia, con la que ganó el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. Era difícil que con su siguiente película consiguiera acercarse a la belleza y la profundidad de «Ida». Difícil, pero no imposible: en «Cold war» lleva la imagen (también en blanco y negro) y la música a lugares a los que la sensibilidad de uno tiene que ponerse de puntillas para alcanzar lo sublime de su altura. Dos conceptos, altura y profundidad, que parecen antagónicos pero que producen similar vértigo, y que Pawlikowski aplica a su cine por fuera y por dentro. La historia que cuenta en «Cold war» produce vértigo de altura en lo que ves, en lo que oyes, y profundo arrebato y mareo en lo que sientes.

Le dedica la película a sus padres, por lo que hay que sospechar que contiene algunos reflejos autobiográficos: el encuentro de un músico que dirige un programa de coros y músicas tradicionales (en la Polonia de postguerra) con una joven en posesión de una voz y una gracia infinitas es el punto de partida para narrar una historia más allá de lo romántico, tan cargada de pasión, amargores, encuentros y adioses, que está en cierto modo impregnada de «efecto Casablanca», y tan perfectamente encuadrada y musicada, dicha, sentida e interpretada, que no hay el menor resquicio en ella por el que escapar a su desesperado, volcánico y demoledor encanto.

El arranque es deslumbrante, con la mixtura de voces, coros e ideologías en esa Polonia soviética, y que forma un primer bloque (podría considerarse una historia en tres bloques y en dos miradas precisamente hacia los bloques) de reunión y separación. La secuencia del músico protagonista esperándola en la frontera para huir a París, absolutamente magistral, es un espejo con el mismo vaho que aquella espera de Rick a Ilsa para huir de París. En el segundo bloque cambia el paisaje y la música, pero no el agotador sentimiento de la historia entre la luz parisina y las notas del jazz, y se cabalga entre precisos y maravillosos planos hacia un final desesperado y de hermosura abrumadora.

La pareja protagonista, Tomasz Kot y Joanna Kulig, especialmente ella, se vierten el uno al otro tal cantidad de química y material inflamable, ese amor rotundo y sincopado, que la fascinante cámara de Pawlikowski los envuelve de ese tejido magnético que dura todos los siempres. No será este año cuando vean una película mejor.

 

@OtiRMarchante

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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