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Crítica de Oti Rodríguez Marchante de la película “El regreso de Mary Poppins” (2018): Todo cambia, para que todo siga igual

Uno de los estrenos destacados de este fin de semana en España (y diría que en todo el mundo) es “El regreso de Mary Poppins”. Tengo la sensación de que va a ser la película más taquillera de estas navidades 2018. Disney estrena la película en un total de 622 pantallas. 558 pantallas en versión 2D doblado al castellano, 34 pantallas en versión 2D VO subtitulada al castellano y 30 pantallas en versión 2D ATMOS doblado al castellano.

Os ofrecemos ahora la crítica de Oti Rodríguez Marchante que aparece hoy tanto en la edición en papel como online del diario Abc, en el que escribe desde hace 7 lustros. Os la ofrecemos como siempre con autorización expresa de su autor. Le ha gustado mucho. La ha puntuado con 4 estrellas, sobre un máximo de 5.

La «Mary Poppins» (1964) de Robert Stevenson no es una película como cualquier otra: está alojada como una bala de plata en el «rosebud» de varias generaciones (personalmente, no recuerdo ninguna peli anterior a ella), lo cual convierte en sospechoso cualquier «remake», «secuela», «precuela» o «tontuela». Y nos ponemos en modo «regreso»: la sospecha se evapora por completo en la primera secuencia, magnífica, londinense, metafóricamente luminosa, pues el recambio de deshollinador por farolero (le pone luminaria a aquel Londres depresivo de los años treinta) es uno de los buenos hallazgos de esta película; otro, naturalmente, es encontrar en Emily Blunt una versión inmejorable (¿mejorada?) de Julie Andrews con paraguas y que se moja.

El sirimiri de la historia también moja: llega Mary Poppins a la casa de la familia Banks, pero ya sus niños son adultos (él viudo, ella soltera) y tienen otros niños a los que enseñar en qué consiste la magia de serlo y en qué consiste la coreografía para que la transición a adulto no te arrebate tus superpoderes. Ni ella, Mary Poppins, ni su sustancia, han envejecido, pero afortunadamente tampoco se han modernizado, e inventan nuevos trucos, nuevas canciones (tan maravillosas como aquellas de los hermanos Sherman), nuevos números para producir un efecto lampedusiano en estéreo: usted y yo, todo cambia; mi hijo, el suyo, todo sigue igual…

La nostalgia es el folio en blanco en el que se escribe esta, o la otra, historia, y ver esos momentos mágicos en los que Dick van Dike (93 años) se marca unos pasos insólitos de baile o Angela Lansbury (otros 93), la anciana de los globos, o esa fantástica coreografía de las bicicletas, o las submarinas en la bañera… Y mantiene intacta su mirada al mundo adulto, al dinero, los Bancos y ciertos valores, aunque, como entonces, lo esencial es mirar el alma infantil y bailar alrededor de ella.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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