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Crítica de Oti Rodríguez Marchante de la película “El reino” (2018)

Yo todavía no he podido verla, pero no obstante eso y dados los antecedentes (“Que Dios nos perdone”, “Stockholm”, las dos anteriores películas del tándem formado por Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen) y visto el tráiler, creo que “El reino” reúne méritos más que sobrados para ser nuestra película de la semana. El jueves publicamos la crítica de Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos que podéis recuperar directamente aquí y ahora la de Oti Rodríguez Marchante que apareció el pasado día 22 de septiembre (cumpleaños de mi madre) en el diario Abc donde escribe desde hace más de 7 lustros.

 

A efectos prácticos, de uso diario, la película del día en el Festival era «El reino», de Rodrigo Sorogoyen, que, no es que sea española, es que es el viejo anuncio del toro de Osborne trasladado a nuestra jugosa jungla política y social: «El reino» es más que una radiografía, es un TAC de estos últimos años en los que la clase política triscaba langostas y hacía negocios como si se las/los merecieran, sin tener ni diente ni talento para ello. Es un documental, falso y por lo tanto lleno de verdad y verosimilitud, de los años en los que triscar y trincar era lo normal, fuera en Valencia, en Madrid, en Andalucía o en Villaarriba y Villaabajo.

 

La película de Sorogoyen aspira a la Concha de Oro, sí, pero ya tiene ganada de antemano la concha de la ostra, pues nos relata con preciso pulso dramático y de «thriller» todo eso que hemos vivido en carne propia, en los telediarios y en las sedes judiciales: cómo la política autonómica y la empresa y los medios de comunicación local se enredaban, paletamente, en un juego de intereses y mafias dignos de Coppola y Scorsese. De hecho, Sorogoyen le imprime un ritmo cocainómano que recuerda a «Uno de los nuestros» para desbrozar una historia de mafia, poder, traiciones y supervivencia: un personaje es expulsado de «el reino» del trinque y se defiende con grabaciones, «papeles de Bárcenas» y ese electrodoméstico tan útil del ventilador para resistir la embestida de la Ley.

 

Todo es auténtico, real, vivido y tan estimulante como vergonzoso que puede uno elegir los nombres que ponerles a los personajes, aunque tiene la precaución la película de no otorgarles ni iniciales reales ni siglas de Partido para que el espectador se consuele, si quiere, poniendo las de los otros… ¡País!… Antonio de la Torre es el protagonista, sí, y lo borda, como todos los actores que le acompañan, pero todos ellos, y también el guionista (Sorogoyen e Isabel Peña) deberían compartir derechos de autor con los enchironados y por enchironar: les han regalado guion y personajes. Hay momentos, escenas, situaciones y frases que merecen tanto entrecomillado de la realidad como la tesis full de Sánchez, y tiene un final desolador, con esa caricatura de Ana Pastor, o sea, del periodismo fetén, que hacen del vómito la única respuesta honrada a nuestra realidad. Ahora vas, Escolar, y lo tuiteas.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine
@OtiRMarchante

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Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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