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Crítica de Oti Rodríguez Marchante de la película “Silvio (y los otros)”: Figura sin grandeza en marco sin belleza

Nota inicial del editor: Uno de los estrenos destacados de este fin de semana en España es “Silvio (y los otros)”. Es la octava película del italiano Paolo Sorrentino (Napoles, 31 de mayo de 1970). Os ofrecemos ahora la crítica de Oti Rodríguez Marchante. Se ha publicado hoy en el diario Abc, donde lleva escribiendo desde hace más de 35 años, y lo hacemos, como siempre con autorización expresa de su autor. La ha puntuado con 3 estrellas, sobre un máximo de 5.

 

Vuelve Sorrentino, te pone la pistola de su cine en la sien y te hace dudar: ¿Es una película larga, desequilibrada, mal estructurada? … ¡Mírala otra vez!… ¿Es una película corta (o que se le nota el recorte), brillante y chocante? «Silvio (y los otros)» tiene de origen dos partes, de unos cien minutos cada una, y se han recortado cincuenta para dejar una sola película de dos horas y media. El retrato de Silvio Berlusconi es como un dibujo deformado de Francis Bacon metido en un colorido tablero de Mondrian, y se empiezan a apreciar sus líneas desde el arranque, con «los otros», pues el personaje de Berlusconi aparece pasada la primera hora. En su ausencia, cuando la cámara se centra en el personaje arribista y hortera de Sergio Morra, a Berlusconi se alude siempre con un «él» y llena tanto la pantalla como si estuviera ahí. Aparece, y la desborda: la entrada en primer plano sonriente de Toni Servillo voltea el cóctel del retrato: ahora la figura es un Mondrian y el fondo un Bacon.

 

No hay apenas planos ni movimientos o escenas que no estén sobrecargados de metáfora, polisemia y ese punto de ruido y mal gusto que tan bien controla y extiende Sorrentino. La intención de la imagen es aplastante: Silvio es un esbozo de Orson Welles en lo alto de la noria y «los otros» son los que hormiguean allá abajo. Y la mezcla de todo es explosiva: la política, el poder, la banalidad de la carne, lo patético de las debilidades humanas, el uso, abuso, confuso, obtuso y difuso papel femenino, ennoblecido en el personaje de la esposa (Elena Sofia Ricci) y en unas conversaciones íntimas, profundas, entre ambos que son lo más sustancial y emocional de la película, lo que no es ruido, por decirlo de algún modo.

De «il cavaliere» se proyecta una idea igualmente confusa, con todo a sus pies, gran director de la bacanal italiana pero consciente de sus inseguridades y de sus impotencias, entre ridículo y temible. «Los otros» son siempre peor, más previsibles, planos e indignos. Es imposible encontrarle a esta elaboradísima pintura la grandeza de su anterior obra maestra, «La gran belleza», pero es cierto que Toni Servillo alcanza de nuevo la cumbre de su personaje, un Gambardella sin Roma, sin lustre.


Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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