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El cine sigue vivo, el Oscar ha muerto. Por Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

91 años en una persona, hoy por hoy (el mañana nunca se sabe), es ya una edad muy, muy avanzada. 91 años en una ceremonia de entrega de premios cinematográficos es casi la muerte. Un año más en los últimos años la ceremonia de los Oscar ha sido una decepción tras decepción hasta llegar a estos 91 años que marcan definitivamente el final de una etapa, tanto en lo que hace referencia al acto social en sí mismo (caduco ya en estos tiempos del siglo XXI, con una vergonzante alfombra roja, aunque sirva para que nuestra querida compañera Helena García haga unas excelentes e inteligentes crónicas de tendencias y modas, y una platea que ya hubieran querido para ellos los reyes más reyes que ha dado la historia, como al reparto de premios, donde todos los invitados deben recibir una parte del pastel para que nadie se enfade demasiado.

La ceremonia de este Oscar de 91 años ha sobresalido por la hipocresía (demasiados aplausos de unos profesionales que se matan entre ellos por un trabajo, demasiadas sonrisitas para ocultar frustraciones y un boato que no responde a la realidad de una profesión donde el trabajo nunca es seguro y el paro muy elevado), por la flacidez de la puesta en escena (algo tan importante en el cine) y por una duración que puede terminar con la paciencia del mismísimo Job.

Pero si la ceremonia es por sí misma, después de 91 años, una ceremonia moribunda, que decir de los premios, ese reparto del pastel, de un pastel que ya no tiene el sabor de los grandes momentos de las grandes películas de antaño (“Ben-Hur”, “Lo que el viento se llevó”, “West Side Story”, “Titanic”), que están prisioneros de los momentos políticos que vive la sociedad humana. Hay que destacar la negritud que ha presidido el palmarés, como si el problema racista siguiera existiendo en Estados Unidos, que al parecer persiste y que no se sabe si alguna vez desaparecerá, con premios peregrinos como los tres conseguidos por “Black Panther” (Mejor diseño de producción, mejor vestuario y mejor banda sonora –el gran disparate de la noche-), o el recaído en ese agitador que es Spike Lee por el mejor guión original.

Afortunadamente, para los que somos anti “Roma”, la peliculita del mexicano Alfonso Cuarón únicamente se ha llevado tres estatuillas, la del mejor director, en este caso extranjero porque también ha ganado el Oscar a la de mejor película de habla extranjera (cuando había una maravillosa película, para algunos comentaristas la pornografía del dolor, como “Cafarnaúm”), y la de mejor fotografía, cuando no deja de ser un ocasional director de fotografía, y entre los nominados había algunos de mayor entidad profesional, pero en una ceremonia donde ha primado lo negro era lógico un premio al blanco y negro.

Los sabios de Hollywood, que deben ser muchos y se matan por ser los primeros se han olvidado de “Madre” el sensacional cortometraje de 17 minutos de Rodrigo Soroyoyen (un director que lo mismo hace un largo perfecto como “El reino”, que un corto extraordinario como “Madre”), y han premiado como mejor corto de ficción a “Skin”, de Guy Nattiv, que no he visto, pero que por el tema que trata viene a sumarse la negritud que ha tenido la gala.

El resto de los premios han seguido las lógicas pautas de las quinielas, quizás con la única excepción de Glenn Close, que se ha vuelto a quedar nominada y sin premio, lo cual no quiere decir que Olivia Colman no se lo mereciera porque está portentosa en “La favorita”. Lo demás dentro de esa corrección de la nada que caracteriza a Hollywood.

Y no comento nada del fantasma sobre volador de Netflix, ni de la patética presentación que desde Movistar se ha hecho de la ceremonia y del palmarés. Pirulí para todos y a la cama a dormir. En definitiva, otra noche en vela en busca de la inteligencia perdida.

Sobre Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Periodista cultural,Crítico de Cine

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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