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El desperdicio alimentario. Por María Cacheda. Cortesía de BioEcoActual

Tal y como hemos hecho en ocasiones anteriores hoy publicamos un artículo de la revista BioEcoActual que dirige Enric Urrutia (también colaborador habitual de nosolocine.net), concretamente de su último número, el 13, correspondiente a octubre de 2014.

 

Cuando hablamos de desperdicio alimentario nos referimos a la comida que se pierde o tira a lo largo de toda la cadena alimentaria destinada al consumo humano. La FAO lo define como el descarte de alimentos aptos para el consumo. El Parlamento Europeo amplía esta definición y habla del conjunto de productos alimentarios descartados de la cadena agroalimentaria por razones económicas, estéticas o por la proximidad de la fecha de caducidad, siendo perfectamente comestibles y adecuados para el consumo humano y que por falta de usos alternativos acaban eliminados como residuos.

Según la ONU, en el año 2050 la producción mundial de alimentos tendrá que incrementarse en un 70% para alcanzar el aumento previsto de la población de 7.000 a 9.000 millones de habitantes. La Comisión Europea estima que al año se desaprovechan más de 1.300 millones de toneladas de alimentos (1/3 de la producción mundial) en buen estado, que equivaldrían aproximadamente a la mitad de la cosecha mundial de cereales. De estos alimentos el 42% proviene de los hogares, el 39% de los procesos de fabricación, el 5% de la distribución y el 14% de los servicios de restauración y catering.

En el Estado Español se despilfarran 8 millones de toneladas de alimentos al año, convirtiéndose en el sexto país que más comida desaprovecha detrás de Alemania, Holanda, Francia, Polonia e Italia.

El desperdicio alimentario representa una oportunidad desaprovechada de alimentar a una población mundial que crece y sería un paso para combatir el hambre y mejorar el nivel de nutrición de las poblaciones más desfavorecidas. Estas pérdidas, además del problema ético y nutricional, plantean cuestiones económicas y ambientales en términos de cantidad de recursos naturales finitos y residuos biodegradables, que contribuyen al cambio climático.

Los alimentos se pierden a lo largo de toda la cadena de suministro alimentario, desde la producción agraria hasta el consumo final en los hogares o en establecimientos de restauración. En los países más pobres los alimentos se pierden en las etapas de producción y procesamiento. En cambio en los países más ricos las pérdidas son generadas por hábitos de consumo inadecuados.

En la fase de gestión, manipulación y almacenamiento, de la cadena alimentaria, la eliminación de los productos tiene en cuenta criterios de calidad comercial exigidos por el mercado como por ejemplo el calibre, el color, el peso, los defectos, etc.

En la fase de transformación industrial se producen pérdidas como consecuencia del deterioro de materias primeras o por peso, forma o apariencia no adecuada, envases en mal estado, sin que la inocuidad, el gusto o el valor nutricional de estos alimentos se vea afectado.

En la fase de distribución, comercialización y venta, además del deterioro del producto, destacan los residuos generados ligados a las fechas de caducidad y consumo preferente, las bajas por la manipulación del producto del consumidor en los autoservicios, la existencia de estándares comerciales y los cambios en las preferencias del consumidor.

En la última fase, la de consumo, los malos hábitos a la hora de planificar y hacer la compra y una gestión inadecuada de los alimentos; como la falta de comprensión de la información en el etiquetado sobre la conservación o caducidad; conllevaa que se produzcan residuos en cantidades importantes que podrían evitarse.

El principal objetivo de las políticas de prevención ha de  ser reducir el derroche a lo largo de todo el ciclo alimentario, desde el campo hasta la mesa. Según el Parlamento Europeo, las acciones concretas a realizar tienen que fundamentarse en dos retos clave: por un lado, recuperar el valor del alimento y conocer la importancia económica social y ambiental que implica la obtención y, por otro lado, tomar conciencia que los restos alimentarios son un recurso, no un residuo.

Para acabar, llegamos a la conclusión, cómo hemos visto a lo largo de todo el artículo, de que no actuar contra el desperdicio alimentario tiene un coste económico, social y ambiental muy elevado. Se puede ignorar esta premisa, pero el contexto actual exige responsabilidad y que se utilicen los recursos alimentarios con sentido y responsabilidad.

 

Maria Cacheda Pérez, Divulgadora Científica   mariacacheda@hotmail.com

©Bio Eco Actual & Maria Cacheda

© Humana Fundación Pueblo para Pueblo

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