Hay semanas, cinematográficamente hablando, que cuesta Dios y ayuda encontrar un personaje con cara y ojos, y otras semanas, como ésta, que los personajes, potentes y provocadores, te aparecen como las setas. Esta es una semana dinámica porque cuando hay una duda es que el motor marcha, es decir que debes exprimir neuronas y sinapsis para acertar en la elección. Dos estrenos de campanillas como “Lincoln”, de Steven Spielberg y “Django desencadenado”, de Quentin Tarantino, ofrecen legítimas dudas a la hora de elegir el personaje de la semana, sin olvidar a Giuseppe Moscati, el eje central de “Moscati: El médico de los pobres”, de Giacomo Campiotti, personaje tan real como Abraham Lincoln y si duda más interesante desde una dimensión humanística, pero que, con toda seguridad pasará desapercibido porque ya pasó la época de los sacrificios y la solidaridad a lo Moscati.

Y en esa duda, entre el personaje real de Lincoln y el personaje ficticio de Django, la decisión no puede ser otra que decantarse por el personaje ficticio. Dos razones poderosas avalan esta decisión, un personaje real puede ser más falso que un personaje ficticio según se presente en la película, mientras que un personaje ficticio puede ser más verdadero que un personaje real según el tratamiento que se le de. Y no me cabe duda, con el margen de error que siempre se tiene, que el personaje ficticio del Django de Tarantino es más real que el real del Lincoln de Spielberg. Mientras Spielberg nos habla en su película de las manipulaciones que llevó a cabo el presidente norteamericano durante la guerra civil de su país para abolir la esclavitud, Tarantino nos ofrece la historia violenta, descarnada de un esclavo libre que lucha por si mismo para ser igual, en lo buena y en lo malo, que los blancos racistas y esclavistas, poco antes de la contienda civil.

Mientras Spielberg ofrece una mirada política, de muy alta política, de un sistema tan problemático como el democrático, Tarantino presenta la verdadera dimensión del problema racista que sigue azotando a los Estados Unidos de Norteamérica. Mientras Lincoln es un poseído por ser alguien en la historia, Django (personaje ficticio no lo olvidemos) lucha por encontrar su lugar en un mundo de blancos racistas sin esperar que ningún blanco luche por sus derechos.

Es evidente que el Django de Tarantino es un Django evolucionado, inspirado en el primitivo Django, pero que poco tiene que ver con los que fueron protagonistas de más de una treintena de películas. Pero mientras Spielberg hace una película casi fúnebre, oscura y opresiva, Tarantino da luminosidad a su Django, lava sus heridas, como Sigfrido con el dragón,  con la sangre de sus opresores, destruyendo con su voluntad de libertad las ataduras de una sociedad racista. Mientras Spielberg se lanza a la piscina de la tragedia sin mostrar la tragedia (es decir el verdadero trato que sufrían los esclavos enla Américade aquella época) Tarantino se lanza a la piscina del sarcasmo y de la ironía para demostrar esa tragedia (recuérdese la secuencia del Ku Klux Klan, las más demoledora que se ha hecho sobre ese execrable movimiento racista). Mientras la sangre no llega a las manos de Lincoln, las manos de Django se vuelven rojas (como le gusta a Tarantino) para demostrar que cada uno debe luchar por si mismo.

Django, personaje aparecido por primera vez en 1966, en el film homónimo de Sergio Corbucci, interpretado por un entonces desconocido Franco Nero, es en la película de Tarantino, como lo fue en varias de las treinta y una que se rodaron sobre el personaje, un negro, en esta ocasión esclavo, al que libera un alemán (la ironía de Tarantino, si pensamos en la actual situación de Europa no está nada mal), y que, como en toda buena película de aventuras y amor (que en definitiva es lo que es “Django desencadenado”), se lanza como caballero andante a liberar a su doncella de las garras del dragón, porque se reconocerá que nunca como en esta ocasión Leonardo DiCaprio ha estado tan dragón, dragón (ese que hay que matar si o si, como gusta de decir ahora).

Django, como se sabe muy bien y no hace falta recordar en exceso, es el personaje más recurrente en las películas del spaghetti western, género al que Tarantino da un cumplido homenaje en su película, pero que no es, precisamente, el punto fuerte de la misma. Es la esclavitud y por tanto la busca de la libertad el leivmotiv de la película de Tarantino que no solo le gusta bañar al espectador en sangre si no que le propone, como se puede comprobar repasando su filmografía, una reflexión sobre el intolerable papel de la violencia a lo largo de la historia y en cualquier ámbito.

Si se repasa el listado de directores que han dirigido películas con Django como personaje central, desde Alberto De Martino a Nello Rossati, pasando por León Klimovsky, Massimo Pupillo, Ferdinando Balde o Sergio Garrone, se puede comprobar que todos ellos fueron directores de tercera, cuarta o quinta fila, y que con Tarantino, Django, el personaje, está en manos de un director de primera línea, con lo que su dimensión sobrepasa la del simple, pero nada repudiable spaghetti western, convirtiéndose, en el nuevo tratamiento que le ha dado el director de “Pulp Fiction”, en un personaje de dimensiones reales.

Es esta nueva dimensión la que hace, con pocas dudas, a Django (la Dno se pronuncia) el único y absoluto personaje de la semana.

 

 

Ruiz de Villalobos