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EL PERSONAJE DE LA SEMANA: LA PERSONA DISCAPACITADA. POR MIGUEL-FERNANDO RUIZ DE VILLALOBOS

El estreno este viernes de la muy recomendable “Las sesiones”, de Ben Lewin (1946), un director polaco afincado en Estados Unidos, director de conocidas series televisivas y que en el cine ha dirigido películas como “El reloj, el favor y el gran pescado” (1991) y “Golpe de suerte” (1994), pone de actualidad la figura de la persona discapacitada, personaje que ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones, y que hace muy poco también se ha podido ver en  la muy notable película belga “Hasta la vista” (2011), de Geoffrey  Enthovern.

Desde sus inicios el cine ha tratado, según las épocas y la sociedad del momento, la figura de la persona discapacitada o, como ahora parece que se quiere redefinir, persona con diversidad funcional. Desde “El jorobado de Notre Dame” (1923), basada en la famosa novela de Víctor Hugo, dirigida por Wallace Worsley y con Lon Chaney haciendo de Quasimodo, que ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones, el personaje de la persona discapacitada ha tenido su protagonismo en películas de todo tipo.

La memoria cinematográfica recuerda títulos significativos e importantes en la Historia del cine como “Luces de la ciudad” (1931), de Charles Chaplin, donde un vagabundo ayuda a una joven ciega de la que se ha enamorado, o como “Freaks” (“La parada de los monstruos”, 1932), de Tod Browning, donde unos seres discapacitados eran exhibidos en el circo sin ningún respeto, reflejo exacto de la época en la que se vivía la discapacidad en la sociedad.

Pero  el personaje del discapacitado entra de lleno en el cine de la mano de Hollywood (¡cómo no!) con el propósito de elogiar a los héroes de la guerra y levantar la moral de pueblo americano  durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos soldados regresaban mutilados y eso se trató en una excepcional película como “Los mejores años de nuestra vida” (1947), de William Wyler, donde aparece un soldado al que le han tenido que amputar las dos manos y se explica cómo se reintegra a la sociedad civil, otros regresaban parapléjicos, como se trata en otro film inolvidable como “Hombres” (1950), de Fred Zinnemann, con un Marlon Brando que hacía su debut en el cine después de triunfar en el teatro de Broadway, pero por encima de todas las películas de aquellos años, en la memoria cinematográfica de cualquier aficionado no puede obviarse esa obra maestra del dolor y de la vida que es “Johnny cogió su fusil” (1971), la única película dirigida por el gran guionista Dalton Trumbo. Este tipo de tratamiento cinematográfico  de los discapacitados por causa de la guerra se prolongó en 1978 con “El regreso”, dirigida por Hal Ashby, donde Jon Voight daba vida a un veterano de la guerra del Vietnam que regresaba con paraplejía, mirada que continuó en “Nacido el 4 de julio” (1989), de Oliver Stone, basada en la experiencia vivida por Ron Kovic, interpretado por Tom Cruise, y que quedó con parálisis de la cintura hacia abajo.

Pero  el tratamiento cinematográfico de las discapacidades abandona el origen de la guerra para centrarse en las discapacidades de la vida corriente, como ya hiciera en su momento Chaplin en “Luces de la ciudad” y así, en 1962, Arthur Penn narra en “El milagro de Ana Sullivan” la verdadera historia de una niña sorda y ciega, que aprende a comunicarse gracias a al apoyo de su institutriz Ana Sullivan. Esta opción por buscar casos reales en los que la discapacidad tenía un protagonismo se proyecta también en la película “El hombre elefante” (1980), uno de los grandes títulos en la filmografía de David Lynch, donde se narra la verdadera historia de Joseph Merrick, exhibido como un monstruo en un circo, durante la época victoriana, y que padecía, según parece, una severa variación del síndrome de Proteus.

Esta preocupación del cine por la figura del discapacitado en una sociedad que empezaba a darse cuenta de la marginación que sometía a las personas con diversidad funcional se proyecta en películas como “Mi pie izquierdo” (1989), que marca el debut en la dirección del irlandés Jim Sheridan, donde se narra la vida de un pintor parapléjico que pinta con el pie, o en “Hijos de un dios menor” (1986), dirigida por Randa Haines, cuya acción se sitúa en un colegio para sordos y cuya protagonista es Marlee Matlin, un joven sordomuda que ha triunfado en el cine y en la televisión como actriz. A todos estos esenciales títulos se pueden añadir otros tantos como  “Rain Man” (1988), de Barry Levinson,  y “Mater amatísima” (1980), del español Juan Antonio Salgot, ambas sobre personajes autistas, “Gaby, una historia verdadera” (1987), de Luis Mandoki, sobre la vida de la escritora Gabriela Brimmer, que nació con una parálisis cerebral, y donde ya se trata el tema de la sexualidad en los discapacitados, así como otras muchas películas que es imposible incluir aquí pero que, con toda seguridad, están en la memoria de los aficionados. El cambio importante en el tratamiento de la figura del discapacitado, tras mostrar su incorporación a la sociedad, tanto desde el punto familiar como laboral, se produce a inicios del siglo XXI, cuando en determinadas películas se descorre el velo de la sexualidad. Es el caso de “Nacional 7” (2000), una película francesa de Jean Pierre Sinapi, donde se narran las necesidades sexuales de un joven que padece una enfermedad muscular, y los más recientes de la ya mencionada “Hasta la vista”, donde tres jóvenes discapacitados quieren perder la virginidad y deciden iniciar un largo y complicado viaje hacia el sur de España, donde hay un prostíbulo para los hombres con diversidad funcional. Y ya el paradigma de este cine que abiertamente habla de las necesidades  sexuales de las personas discapacitadas es “Las sesiones”, una película tan valiente como la vida del protagonista, un personaje real, desgraciadamente ya fallecido, pero que luchó para reivindicar su derecho a todo, incluido el sexo, en la vida.

Con “Las sesiones”, más allá de su calidad cinematográfica, de sus interpretaciones, el cine vuelve a demostrar que es, como dijo el poeta, “una arma cargada de futuro”.

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

 

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