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«El secreto de Adaline»: Romántica, mágica, fascinante. Por Rubén Arnaiz

“El secreto de Adaline”, título castellano para el mucho más adecuado original, “Las Eras de Adaline”, es una película fascinante. Eso no quiere decir que sea una “obra maestra”, ni mucho menos, pero es una película que llega. Y eso no es poco.

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Una historia mágica, un cuento moderno sobre algo improbable… pero para eso está la otra magia, la del cine, para contarla.

Y lo hace desde su modestia, por mucho que la, en principio, necesaria voz en off acabe por ser irritante (parece que algunas de esas “escenas” en off hayan sido pensadas en post-producción para darle un aire trascendental, algo que no necesita para nada).

 

Y sencilla no significa que luzca o deba parecer barata, sino que no es pedante pero tampoco banal.

 

Aunque el guion de J. Mills Goodloe y Salvador Paskowitz habla de las cosas pequeñas que damos por hecho cada día, y las vuelve del revés. Porque en el mundo de Adaline, todo está boca abajo: la eterna juventud de ella, y la definitiva vejez de los demás.

 

Adaline debe dejar su vida (cada vida) para empezar otra, una y otra vez, y ver como toda la gente que quiere muere por los efectos imparables de la naturaleza. La que, por otro lado, le ha negado a ella.

 

Pero en vez de tomar las ideas planteadas en, por ejemplo, “Los Inmortales” (1986, Russel Mulcahy), esto es, vivir al límite, amar hasta el fin, Adaline resulta ser una persona cobarde, con miedos e inseguridades. Es por eso que decide “no empezar nunca nada”, para huir del posible y más que seguro dolor de la pérdida.

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Tiene secuencias magistrales: atención a la relación con su HIJA (una maravillosa Ellen Burstyn) o su perro Reese (con el que comparte uno de los mejores momentos); o ese primer encuentro, entre Adaline y William (un magnifico Harrison Ford), y también detalles que se agradecen (el actor que interpreta a Ford de joven).

 

Lástima que la película, cuando ya no le hace falta, siga siendo salpicada por momentos de la “voz en off”, que intenta darle una trascendencia que la película alcanza por sí sola, gracias al buen hacer del reparto, a lo bonita y tierna de la historia, a la extraordinaria música, (omnipresente pero necesaria) y a la puesta en escena del director.

 

El hecho de que la película no pretenda pasar a la historia, es lo que hace que, desde su profunda honradez y sencillez, al hablar de cosas pequeñas pero tan grandes como la vida misma, llegue al corazón y deje una huella.

 

Quizá no la las grandes películas de la historia.

 

Sólo una. Pequeñita. Como la que deja una hoja de chopo mojada por la lluvia.

 

Pero huella al fin y al cabo.

 

Lo mejor: lo fascinante de sus imágenes, la música de Rob Simonsen y (pese a los fallos) la puesta en escena del director, equilibrada para no caer en la pedantería.

Lo peor: la voz en Off acaba por resultar molesta.

 

Rubén Arnaiz

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