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El smartphone y las pautas sociales. Por Enrique Dans

El pasado viernes Enrique Dans publicó en su página enriquedans.com un artículo que me parece especialmente interesante y que hoy reproducimos de forma íntegra, y como siempre, con autorización expresa de su autor. En él, Dans reflexiona sobre el uso de las aplicaciones de mensajería instantánea. Os dejo, sin más preámbulos, con su artículo

 

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Un nuevo estudio de Pew Research, el primero en el que se pregunta específicamente por el uso de aplicaciones de mensajería instantánea como una categoría separada del SMS, deja especialmente claro su elevado nivel de popularidad – 36% del total de usuarios de smartphones y 49% de los comprendidos entre los 18 y los 29 años – y hasta qué punto están alterando las pautas y protocolos sociales de comunicación.

Los datos son aún más significativos por provenir de los Estados Unidos, un país en el que la persistencia del SMS fue bastante mayor que en otros, lo que ralentizó relativamente el desarrollo de este tipo de aplicaciones: en muchos otros países, estos porcentajes son, sin ninguna duda, significativamente superiores. En el caso de España, una aplicación como WhatsApp se encuentra instalada el el 98% de los smartphones. Otra diferencia radica en la popularidad de las aplicaciones que eliminan los mensajes enviados, tales como Snapchat o Wickr, de popularidad aún limitada en otros países, y que en los Estados Unidos son utilizadas por un 17% del total de usuarios y un 41% entre los 18 y los 29 años.

Hablamos de un cambio de primer nivel: el teléfono móvil que empezamos a utilizar para poder hablar por teléfono desde cualquier sitio ha evolucionado hasta convertirse en un dispositivo de características diferentes, primero enfocado hacia el acceso a información, y finalmente dedicado de manera primaria y fundamental al uso de mensajería instantánea. Que esa evolución está provocando un cambio significativo en las pautas sociales es una evidencia perfectamente aceptada: los cambios van desde patrones de conducta en los que varias personas que están juntas en un mismo sitio dediquen tiempo no a interactuar directamente entre ellas mediante los códigos de comunicación habituales, sino también con terceras personas no presentes a través de mensajería instantánea resulta chocante para cualquiera que tenga más de veinticinco años. La campaña de McCann para popularizar el término phubbing, ignorar a otra persona par centrarse en un dispositivo móvil, es un claro reflejo de esa lucha generacional a la hora de interpretar la comunicación y sus prioridades. Mientras para una generación, la interacción presencial, en un mismo momento y lugar físico, marca claramente las preferencias comunicativas, para la siguiente no es así, y la comunicación simplemente se produce en función de prioridades marcadas por el asunto o el interlocutor, completamente al margen de tiempo o espacio.

9271624_mSon evidencias que se reflejan en mucho más que en el comportamiento o en el diseño de los propios dispositivos: la silla que utilizo para trabajar, la Gesture, contempla el uso prolongado del smartphone como parte habitual del trabajo, y permite, por ejemplo, situar sus apoyabrazos en el ángulo adecuado para reposar nuestros antebrazos cuando utilizamos este tipo de dispositivos, en función de la postura derivada de su tamaño y de la posición de nuestras manos al escribir. Utilizar el smartphone en horas de trabajo empieza a formar parte de la prerrogativa de cada trabajador siempre y cuando mantenga un adecuado cumplimiento de sus objetivos.

El modo de uso también varía: mientras la generación adulta sigue tendiendo a ver la mensajería instantánea como una conversación con salutación y despedida, la más joven opta por una pauta de conexión permanente, en la que no es necesario saludar ni despedirse, porque un comentario puede ser contestado en el momento o posponerse hasta que pueda ser atendido y resulta perfectamente normal mantener una conversación que se pone en suspenso en varias ocasiones debido a otras circunstancias. Otras, en cambio, pueden pasar a tener una prioridad mayor y convertir al usuario en alguien que se abstrae casi completamente de su entorno, provocando frustración a quienes están en ese momento con él.

¿Cuál es la evolución esperada de este tipo de pautas? ¿Veremos una integración de los jóvenes en la sociedad adulta mediante la aceptación de las normas tradicionales de educación y de priorización de lo presencial frente a lo remoto, o por el contrario, a veremos como esas normas cambian y son sustituidas por patrones en los que resulta perfectamente normal combinar o incluso priorizar lo remoto frente a lo presencial? En Australia está empezando a barajarse la posibilidad de instaurar phone breaks cada media hora para que los alumnos puedan atender sus compromisos sociales en sus smartphones sin verse obligados a retirar su atención del contenido de la sesión… ¿absurdo conceptual, aberración y confusión absoluta de las prioridades, o adaptación a un entorno y a una generación diferente?

Nos queda mucho por ver.

Enrique Dans

@edans

 

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