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EN LA MUERTE DE JUAN LUIS GALIARDO. POR MIGUEL-FERNANDO RUIZ DE VILLALOBOS

“Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Cuando un amigo se va queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río”. Estas acertadas, dolorosas, sabias, palabras cantadas por el gran Alberto Cortez, son mi mejor homenaje, sencillo, pero sincero, entrañable y doloroso a un gran amigo como fue Juan Luis Galiardo. Un actor extraordinario, nunca bien apreciado por la crítica como se merecía, un hombre de fuerte personalidad, más vital que la vida misma, incansable luchador, amigo de sus amigos, al que tuve ocasión de conocer hace ya muchos, muchos años, cuando la película “Una familia decente” de ese excelente director que es Lluis Josep Comerón se presentaba en una de las últimas ediciones de la “Semana de Cine Español” de la localidad de Molins de Rei, que tuve el privilegio de dirigir después de dos nombres claves en el cine español como Juan Francisco de Lasa y Juan Munsó Cabús. Juan Luis Galiardo, muy joven entonces, era como un torbellino, infatigable, vitalista, apasionado y entregado a su profesión y a la vida. Con ese vozarrón tan personal, esa efusividad en sus gestos y en sus palabras, la presencia de Juan Luis fue uno de los momentos más brillantes y emocionantes del certamen. De ahí surgió una buena amistad entre el actor y el periodista, que se ha prolongado en el tiempo, cuando Juan Luis venía a Barcelona a presentar alguna de sus numerosas películas. Nuestros encuentros siempre eran demoledores, porque su personalidad era arrolladora, siempre con proyectos, siempre avanzando sin pausa, siempre con nuevas ideas, siempre mejor actor.

La muerte de Juan Luis Galiardo, a esa edad (cómo otras muchas en las que no debería morirse nadie) en la que la vida todavía tiene tantas cosas que decir, ha sido para mí una dolorosa sorpresa, un golpe de cuidado allá donde más duele, en el mismo centro de los sentimientos y las emociones, donde no llegan los medicamentos ni el bisturí. Porque en el caso de Juan Luis Galiardo, para mí, no ha muerto tan solo un actor imprescindible para escribir la historia del cine español (no hace falta recordar que Juan Luis ha trabajado en todo tipo de películas y con todo tipo de directores), si no que desaparece en plena batalla vital un amigo nacido de las divergencias entre un intérprete y un crítico de cine, a la vez los seres posiblemente más antagónicos del planeta, pero también, y ahí está el milagro de la amistad, los más cercanos, porque por encima de todo estaba, está, el cine.

A ti, mi buen amigo Juan Luis, un adiós que es un hasta siempre, porque tu imagen seguirá eterna en el celuloide o en lo digital, como prueba de aunque el amigo ya no pueda volver a estrecharte la mano con esa fuerza vital de su personalidad, su esencia seguirá presente más allá de generaciones y generaciones.

Y como canta el poeta Cortez, “cuando un amigo se va galopando su destino empieza el alma a vibrar, porque se llena de frío”.

 

Ruiz de Villalobos

 

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One comment

  1. ¡Gran artículo! Gracias Ruiz de Villalobos.

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