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Fuera de cuadro: Creer. Por Ruiz de Villalobos

“Creer o no creer, he aquí la cuestión. ¿Qué es más digno para el espíritu, sufrir por creer o tomar las armas contra creencias y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”

Parodiando el famoso soliloquio de Hamlet, el verbo creer (del latín credĕre), según el Diccionario dela Real Academia Española dela Lengua en su primera acepción quiere decir: “Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”.

O sea que según esto, si nuestro entendimiento no alcanza a entender o algo no está demostrado o comprobado, se debe tener por ciento algo que se nos dice, se nos ofrece, se nos propone o se nos impone.

Como yo no logro entender que se me cobre dos veces por tener mi coche en la calle (el impuesto de circulación y las zonas azules y verdes del 90 por ciento de las ciudades del país en el que vivo) debo creer a pies juntillas que debo pagar dos veces por tener mi coche en la calle y circular y aparcar con él.

Como yo no creo en que todos tengamos todos los derechos civiles porque soy de la creencia (seguramente equivocada) de  que los derechos se deben ganar y no nos vienen dados simplemente por nuestra condición humana, debo creer a pies juntillas que quien rompe el mobiliario urbano, por las razones que sean (las legítimas y las ilegitimas) y pasa tranquilamente del hecho y su actitud es reforzada por las normas sociales tiene los mismo derechos civiles que yo.

Cómo yo no creo en los premios (de ningún tipo), porque los premios son simples y descaradas operaciones de marketing, donde ambas partes,  la que da y la que recibe, sacan beneficios, pero cómo los premios son el pan nuestro de cada día y están aceptados tácitamente por la sociedad, yo debo creer a pies juntillas que los premios son útiles, honestos, necesarios e imprescindibles.

Cómo yo no creo en los políticos de ningún pelaje, porque no son más que el vecino que pone la música o el televisor a todo volumen, el conductor que tira la colilla del cigarrillo por la ventanilla de su coche, el motorista que circula alegremente por la acera sorteando indefensos y callados peatones, o el señor que entra en el ascensor y ni dice buenos días, pero la gente, el pueblo, las masas, los votan y los medios de comunicación los encumbran o los hunden, según los intereses y las circunstancias del momento histórico, yo debo creer a pies juntillas en los políticos, en sus actos, en sus decisiones y en su dimensión humana.

Como yo no creo en ningún tipo de religión ni de sistema político, pero la gran mayoría de la sociedad humana necesita creer en alguna religión, en algún sistema político, yo debo creer que debo creer en alguna religión o en algún sistema político.

Como yo no creo en la justicia de los hombres, pero la justicia de los hombres me puede criminalizar, juzgar y condenar, debo creer a pies juntillas que la justicia de los hombres es ecuánime, justa y correcta, cuando la historia del ser humano está llena de injusticias y las leyes, que son las que aplica la justicia, varían según los momentos históricos, según los intereses del poder.

Como yo no creo en nada de nada y a pesar de ello sonrío cada día a la vida y se que sin creer también puedo ser solidario, respetuoso con el otro, egoísta en la medida de que mi egoísmo no dañe al vecino, cumplidor de normas y conductas sociales y sincero en mis quejas, he decidido que seguiré sin creer en nada de nada por los siglos de los siglos sin que por ello me sienta menos humano, menos igual de los que, afortunadamente para ellos, si creen, si necesitan creencias.

 

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

 

Estrambote: “El hombre se hace civilizado no en proporción a su disposición para creer, si no en proporción a su facilidad para dudar” (Henry-Louis Mencken, 23 de septiembre de 1880 – 29 de enero de 1956, fue un periodista, editor y crítico social, conocido como el «Sabio de Baltimore». Es considerado uno de los escritores más influyentes de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX.)

 

 

 

 

 

 

 

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