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Fuera de cuadro: El dolor. Por Ruiz de Villalobos

El dolor no tiene nombre, ni puedes objetivarlo. Es personal e intransferible. Cada dolor es diferente. Y es diferente en cada momento de nuestras vidas. El dolor no tiene adjetivos, ni tiempos verbales, ni preposiciones. El dolor es una frase en sí misma. El dolor viene y va a su antojo, no avisa ni previene, llega y se instala el tiempo que el mismo dolor decide. Vivimos pendientes de dolor propio y ajeno, ese dolor individual y colectivo que ha marcado, marca y marcará el devenir de la especie humana.

Y, es bien sabido, que no hay alegría sin dolor, el hecho mismo del nacer es el ejemplo primigenio, mientras que no hay muerte sin dolor, para el que se va o para los que se quedan. El dolor forma parte de nuestra cultura, de nuestro día a día, de nuestro pasado, presente y futuro. Nunca sabremos cuando llegará, pero tenemos la certeza de que, antes o después, llegará. Y llegará a su aire, dejándonos desprotegidos, helados, pasmados, porque, en nuestra santa inocencia, creemos que el dolor nunca nos afectará a nosotros, que es algo ajeno, de los otros.

Y el dolor, el dolor de cualquier tipo, es universal, forma parte inherente de la condición humana. El dolor, tal como lo define la Real Academia puede ser de dos formas: 1.- Percepción sensorial localizada y subjetiva que puede ser más o menos intensa, molesta o desagradable y que se siente en una parte del cuerpo; es el resultado de una excitación o estimulación de terminaciones nerviosas sensitivas especializadas. 2.- Sentimiento intenso de pena, tristeza o lástima que se experimenta por motivos emocionales o anímicos.

A la hora de elegir un dolor, si se pudiera elegir, ¿qué dolor pediríamos para sentir menos dolor? ¿El dolor físico o el dolor emocional? Esta es la gran pregunta, la que todos nos hacemos y la que nadie sabe contestar con certeza y acierto. Pero además, con el dolor no se puede pactar, no admite tratos, ni dilaciones, llega cuando llega y se instala el tiempo que se instala, sea en lo físico o en lo anímico.

Somos, en el más absoluto valor del término, esclavos del dolor, prisioneros de su identidad, servidores de su condición dolosa. No se puede luchar contra el dolor, pero si se puede entender el dolor, y cuando entendemos algo, que está más allá de nuestra capacidad de raciocinio, podemos llevarlo con la dignidad que debe tener la condición humana.

Si el dolor ataca hay que estar preparado, avisado, perceptible, para saber que la única manera de suavizarlo, nunca de evitarlo, es el amor y la piedad. El amor contra el dolor, la piedad contra el dolor. Con amor y piedad podemos soportar nuestro dolor y el ajeno, podemos mirar hacia adelante sin rictus de amargura, con la frente alta, la mirada serena, el espíritu firme y la vida aclarada, límpida y segura.

Aunque venga el dolor, que siempre llega, nuestra capacidad humana para saber amar y saber desgranar piedad, nos permitirá sobrellevarlo con la dignidad que nuestra especie, tan especial y esencial (para lo bueno y para lo malo), debe demostrar a lo largo de su existencia. Si por alguna razón el dolor debe ser aceptado por el ser humano, es, sin lugar a dudas, por su capacidad de amar y su piedad.

 

      Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

 

Estrambote: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”. (Dante Alighieri, poeta italiano, 1265-1321)

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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