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HISTORIA DE UN POLLO INFILTRADO. POR ALBERTO DÍEZ MICHELENA. POR CORTESÍA DE BIOECOACTUAL

Decir que las personas individuales en sus decisiones concretas de compra influyen en lo que producimos y cómo lo producimos no es nuevo. Tampoco lo es apelar a la responsabilidad de cada consumidor en su elección diaria de compra. Ahora bien, al margen de las prioridades personales de cada individuo, el acierto en la decisión final va a estar condicionado por la calidad del etiquetado. Un buen etiquetado es aquél cuyo contenido es comprensible, pertinente y honesto. El consumidor tiene la obligación de decidir y el derecho a estar correctamente informado.

Veamos cuál es la situación en la que actualmente se encuentra el sector productor de carne de pollo a la hora de etiquetar su producto. En un pollo, tres son los elementos que deben integrarse en cualquier sistema de etiquetado: edad del ave al ser sacrificada (45 días para las gamas más bajas de pollo industrial); alimentación y aspectos relacionados con el bienestar animal tales como densidades o acceso a corrales, exteriores o no.

Para cubrir estos aspectos el Consejo de Europa publicó el año 2008 un Reglamento de obligado cumplimiento en toda la Unión Europea sobre comercialización de carne de aves de corral en el que se establecían cinco categorías de etiquetado según el método de cría de las aves. El Reglamento no obligaba a su empleo pero establecía expresamente que en caso de no utilizarse estas categorías no podrían incluir ningún otro término. En España, a las empresas no les gustaban las definiciones, pero en vez de abstenerse de usar otros términos, tal y como exigía el Reglamento, decidieron ignorarlo lanzándose a una vorágine de términos y acepciones más ilusorias que reales frente a una administración superada e incapaz de poner orden.

Mención aparte merece el uso, primero, y abuso, después, del término “corral”. Esta denominación nace como producto del esfuerzo honesto de una serie de productores que sí incorporaron altos estándares en la producción y se desvivieron por hacer un hueco en el mercado al pollo de “corral”. Con el tiempo y ante el éxito que tenía su producto en el mercado, muchos otros productores se apuntaron el tanto y empezaron a comercializar como “corral”, pollos industriales que nunca habían pisado un corral,generando una competición injusta para los inventores originales del término comercial que no podían competir, dados los mayores costes que suponía la aplicación de altos niveles de bienestar animal. Mientras tanto el consumidor, como siempre, estafado y engañado.

 

LA FRASE:

“El acierto en la decisión final va a estar condicionado por la calidad del etiquetado”.

 

Alberto Díez Michelena, Director de la Asociación Nacional para la Defensa de los Animales, anda@andacentral.org

2014©Alberto Díez Michelena &BioEco Actual

 

 

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