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Hypercapitalismocorporativo y su reflejo e inserción en el mundo del cine por Alexander Katzowicz

Hablar de capitalismo es un término caduco, como lo es hablar de guerra o sociedad, inclusive de cine.

Así como se ha revisado el infame 12 de Octubre como el día de la Raza o del Descubrimiento de América y se lo está denominando finalmente con el nombre correcto: día de la invasión, así hemos de revisar otros términos. Si lo romanos hacían la guerra, y entre lanzas, piedras, espadas y puñetazos había una remota posibilidad de triunfo, frente a unos miles de misiles teledirigidos que llueven del cielo y que acaban con todo, no podemos utilizar la misma palabra. Masacre programada sería más adecuada. Sociedad también es un término prehistórico, cuando vivimos fragmentados y aislados en ratoneras gigantescas, todas interconectadas con otras ratoneras gigantescas. El cine era algo que inventaron los Lumière, que se veía en una sala y que se hacía con celuloide. Hoy el cine se hace en un 99% en video, se ve principalmente en una pantalla digital, y su principal productor es una plataforma de internet. Quedan los festivales de cine, que son reductos de amantes del cine que reniegan de la realidad circundante, o las megaproducciones de súperheroes que llenan los bolsillos de Hollywood y China. Porque finalmente el dinero lo tienen los chinos y los gringos. La prueba está en el propio cine: antes los malos eran los rusos y los chinos. Hoy sólo los rusos (y los musulmanes, pero en menor medida, los gringos no son estúpidos y no quieren perder más de mil ochocientos millones de clientes). Los chinos han comprado las principales casas productoras de Hollywood y ahora los buenos siempre o son chinos o tienen un amigo chino o un niño chino que salva al mundo con un susurro, el canto de una canción, o la revelación de una clave secreta.

Así llegamos al capitalismo de hoy, que nada tiene que ver con el de Adam Smith. Acuñado el término en el siglo XVIII, cuando existían burgueses que manufacturaban ellos mismos sus productos y que explotaban a una docena de obreros, los cuales sometían por carecer de los medios de producción. ¿Qué tiene que ver esa historieta bíblica explicada por Marx a mediados del siglo XIX con empresas como Disney, que tienen más de 200 mil empleados en todo el mundo? ¿Se puede utilizar la misma palabra? Evidentemente no. Ni siquiera hay un dueño, una cara visible, como el señor Walt. No. Ahora son fondos de inversión, fundados con fondos de pensiones, fusionados con fondos bancarios, que manejan hipotecas de cientos de miles de infelices que sudan por pagar malas viviendas y ver películas baratas en Netflix. Disney venía perdiendo valor en la Bolsa desde el meteórico ascenso de Netflix (que actualmente tiene un valor de mercado de 156 mil millones de dólares), hasta que decidió comprar a Fox y abrir ellos mismos su propia plataforma… con Marvel, Pixar, Fox y Disney, lo va a tener difícil Netflix. Es la guerra de titanes, adonde el contenido es el rey y el suscriptor el tirano.

Vivimos en tiempos de las mega corporaciones. Una palabra más correcta para el capitalismo actual sería el Hyper-Capitalismo-Corporativo. Hyper: extremadamente excitado, es la palabra acorde en un mundo que mueve cifras siderales a través de satélites en cosa de milisegundos. Y así como en estos tiempos las fortunas billonarias se han hecho moneda corriente en el habla cotidiana, la contratacara es lo artesanal. Que en el mundo del cine se traduce en cine independiente.

El cine «independiente» lo que menos tiene es de independiente, dependiente completamente de fondos estatales para existir. Si fuera por el circuito privado, el 95% de las películas «independientes» no se producirían. Ayudas de festivales europeos, fondos europeos, fundaciones de ricos que deducen impuestos, se necesitan buenas excusas para que a uno le caiga el dinero: cuestiones LGTB; cuestiones étnicas; cuestiones de violencia doméstica; cuestiones políticas. Contar buenas historias y que las financien de modo privado es casi una ilusión. «Un riesgo»- diría un inversionista. Demasiado larga es la cadena del cine para que dé dinero: producir la película + distribuirla + exhibirla + promoverla. Sin olvidar la competencia feroz y de presupuesto casi ilimitado de los gringos. La fábula de David contra Goliat se torna viable frente a lo que sucede hoy. El 90% del mercado del cine tradicional lo controlan las 7 grandes distribuidoras de siempre (Fox, Disney, Warner, Paramount, Universal, Columbia, United Artists-MGM*), y en ese pequeño 10% se matan todos los «independientes», adonde se incluyen películas coproducidas por canales de televisión y esponsorizadas por marcas gigantescas de bebidas, coches y electrodomésticos. La imposición corporativas es a tal nivel, que, financiando parte de la película, da igual el tamaño de la misma, logran que en films como Misión Imposible Rogue Nation sólo veámonos la marca BMW y en la argentina El Ciudadano Ilustre: Audi.

La posverdad en su máxima expresión. Así es que el cine no comercial hollywoodense se ha vuelto algo de catacumbas, como de fanáticos de los discos de vinilo, que discuten en la periferia de las universidades especializadas, en sus revistas y festivales, cosas que no inciden sobre la vida cotidiana de la gente. Porque la gente («la masa», «el mercado», «el pueblo», todo depende de quién te venda el discurso) hoy consume cine en su teléfono, desde Youtube o Netflix. Los gigantes de internet se han tragado al cine (como se lo han tragado todo). Yendo a un ejemplo directo y palpable en lo que a mí respecta: realicé varias entrevistas al finado Antonio Llorens, fundador de la mítica Lauren Films. En los 90 y hasta el 2003, fue el distribuidor y exhibidor más importante de España. Produjo 20 películas, entre ellas «La ley del deseo» y «Mujeres al borde de un ataque de nervios». Amigo personal de Woody Allen, Jodie Foster, Ang Lee, etc, tenía más de 300 pantallas de cine y era el independiente más poderoso de España hasta que cayó. La historia de cómo lo estafaron es un capítulo aparte.

En el documental («Las intempestivas de Llorens»), pone en ridículo a mucha gente supuestamente poderosa en la industria del cine en España. Sin pudor alguno los moteja de ladrones y payasos. Él, a quien la gente se postraba con tal de darle la mano. Me solía decir «Cuando estás en el poder, los meas y te dicen que llueve oro, qué maravilla». De los 52 min del documental que hice a partir de las entrevistas que le efectué en Berlín y Barcelona, unos 10 min dedica a poner en su sitio a varios productores y directores españoles, los cuales «viven del cuento». No es casualidad que a la gente de cine que lo ha visto le encante, pero ningún festival español se atrevió a programarlo (y con su efecto dominó, «o derrame», dirían los neoliberales, los grandes festivales latinoamericanos, siempre queriendo quedar bien con esa otra expresión caduca «la madre patria», no se atrevieron a programarla). Llorens no era hombre de muchos amigos en vida, porque siempre decía lo que pensaba, y eso no es algo que agrade demasiado a la gente. Muerto, sus palabras zahieren, y lo que menos quieren los programadores de festivales es malquistarse con los que siguen chupando de las subvenciones para jugar a productores. Porque productores de verdad, de esos que colocaban el dinero de su propio bolsillo, como el finado Llorens (que apostó por Almodóvar cuando nadie creía en él), prácticamente no quedan.

Los «productores» del cine independiente de hoy son, mejor dicho: gestores. Llenan infinitas carpetas burocráticas para mendigar subsidios de diferentes instituciones y finalmente, tras mucha paciencia, diplomacia y alianzas con otros gestores, logran producir algo que difícilmente llegue al gran público. El gran público tiene 1 siglo de cultura norteamericana encima. Quiere ver Transformers, Batman, Superman, extraterrestes en 3d. Y basta con ver la realidad numérica para poder constatar lo que digo. Apuntemos a las grandes ciudades occidentales. ¿Cuántas salas de cine independiente hay en cada una? En París es adonde más las hay, porque Francia destila cerca de mil millones de dólares anuales para fomentar su industria y los franceses son grandes consumidores de su propio arte. ¿Pero fuera de París? ¿Cuántas salas de cine independiente hay en cada una de esas ciudades? Se cuentan con una mano. Es tan terrible la falta de salida, que el Estado ha tenido que intervenir en el ámbito de la exhibición, cosa que hasta hace unos años era impensable. La filmoteca de Madrid se ha convertido en sala alternativa de muchas películas españolas modernas que nadie quiere ver; el cine Gaumont en Buenos Aires directamente ha sido comprado por el Estado para que no sólo no cierre como tantos otros cientos de cines, sino para que pasen películas argentinas a precio casi gratuito…

El cine Tonalá, en Bogotá -meca del cine independiente en Colombia- no llega entre sus 2 pantallas a 100 butacas, y su principal negocio es la gastronomía. En la Ciudad de México, a donde se origina el Cine Tonalá, tiene una sola pantalla y tampoco llega a las 100 butacas. Así se ha tenido que reinventar el cine independiente como restaurante para poder continuar como negocio. Mientras tanto el hypercapitalismocorporativo se mata de la risa de todos estos esfuerzos quijotescos. Para arrojar un ejemplo reciente: se estrenó Aladdin -de Disney- el 24 de mayo del 2019. En menos de 1 mes ya ha recaudado a nivel mundial más de 750 millones de dólares. En Argentina, un país destruido por el macrismo, ha recaudado más de 3.5 millones de dólares. En Chile más de 2.5M de dls, y en España… ¡más de 16 millones de dólares! Todos estos números gigantescos representan apenas un 3% de lo que la película facturó a nivel mundial. Algo así es el cine independiente al cine hollywoodense: no representa prácticamente nada en dinero; y menos aún en influencia cultural. No es trending topic; no genera revoluciones, ni caídas de gobiernos, ni siquiera chistes. El cine es un arte agonizante, metamorfoseado en streaming, adonde se ha vuelto -más triste aún- un segundo violín frente a las todopoderosas Series. ¿Por qué las Series tienen tanto poder? Porque enganchan. Y lo que cuenta hoy no es el espectador, sino el suscriptor pago. El espectador puede ver gratis pirateando o en Youtube. Ese no importa mucho. Importa el que paga para que le desplieguen una sarta infinita de films anodinos y sacados como papas fritas. ¡Con sus excepciones, sin duda! Pero uno busca Buñuel, Kurosawa, Bergman, Fellini, y no hay nada en la plataforma número uno del planeta…

A los que amamos el cine nos cuesta admitir esta terrible verdad, pero los números hablan solos, y son más fuertes que las teorías conceptuales. Como en el hypercapitalismocorporativo los nuevos Amos son los discípulos de Mao, que han aprendido de su maestro que la teoría se modifica a través de la práctica, con los estadounidenses ejercen su legendario proverbio «money talks, shit walks». Y si han podido comprar la deuda estadounidense, ¿qué no pueden comprar? No sólo compraron productoras, sino también cadenas gigantescas de exhibición (como AMC). Los chinos serían los nuevos romanos, si los gringos fueran los nuevos griegos… Pero no, los chinos son los friendnemies (amigos-enemigos) de los gringos, aliados traicioneros unidos por el hypercapital. En el medio de todo esto, el presidente norteamericano anda arrancándoles pelitos de las zonas sensibles a los chinos con fuertes tasas impositivas y metiendo en prisión a grandes jugadores del high-tech, como una de las mandatarias en Huawei- el 2do productor mundial de teléfonos. Es que ser productor mundial de teléfonos ya no es solamente fabricar teléfonos. El teléfono es la punta del iceberg. Viene con entretenimiento. Viene con aplicaciones para todo. Viene con dinero digital. Con data que se cotiza y se codicia… En medio de toda esa mega-guerra no tan fría y que pronto será más candente aún, yo veo los blockbusters norteamericano-chinos en los aviones. Disfruto de ver las partes de los efectos especiales. Sufro con los guiones, me lastiman los oídos con diálogos abrumadoramente estúpidos, pero por suerte puedes avanzar apretando un botón en la pantalla y no tener que sufrir tanto. Termino con los ojos llorosos en vuelos de 10-12hs, porque me veo demasiadas escenas de películas**. Es que me gusta estar por los Cielos y ver todo ese mundo fantástico del CGI (computer generated image), no pensar por unas horas, no juzgar, olvidarme de mi asiento incómodo de lata de sardinas, y disfrutar de la «magia». Y eso es lo que le pasa a la gran mayoría de la gente: detesta su trabajo; está cansada al regresar a su casa; quieren divertirse, quieren olvidar. No quieren ver un documental que revele que Monsanto prolifera cáncer por el planeta o que los Océanos están repletos de plástico (de hecho la sección de documentales es la menos vista en Netflix). No quieren pensar. No pensar es fácil. Pensar es doloroso cuando la impotencia es la norma del hypercapitalismocorporativo en la sociedad-ratonera en la que vivimos hoy. Los gobiernos hacen lo que quieren con la gente, impune y brutalmente, ¿y qué le queda a la gente? ¿Manifestarse pacíficamente? ¿Criticar por redes sociales? Ambos signos clarividentes de la impotencia de la gente. Los grandes medios de comunicación son aliados de los grandes farsantes en la política de la derecha, perennes títeres de los intereses de los EEUU. Y no es casualidad que estos grandes medios sean los mismos que producen estas megapelículas que llenan a la juventud la cabeza con estupideces y fantasías, para que terminen viviendo en un apartamento diminuto, con paredes de cartón pintadas de madera, se quejen y maldigan a la oposición política, y no se olviden de pagar la cuota de Netflix, que la Serie de turno les tiene enganchados.

Así que el mundo del cine se ha polarizado básicamente en 2: o megaproducciones de cientos de millones de dólares para el público mundial; o películas para streaming. En ese streaming se incluye el microcosmos del cine independiente, que también tiene su microespacio en el cine tradicional. Después de todo, no es culpa de los estadounidenses el que su cultura se haya impuesto en casi todo el planeta. Son las reglas del hypercapitalismocorporativo, son las reglas del dinero.

Alexander Katzowicz

*Que en realidad son parte de otras corporaciones, siendo Disney (Disney-Fox); Comcast (dueña de Universal); Viacom (dueña de Paramount); Sony (de Columbia y TrisTar); Warner Media y MGM Holdings.
**Hitchcock solía decir que no hay grandes películas, sino grandes escenas… Qué manera de rebajarse estando por las nubes, sedándose con alucinantes efectos especiales.

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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