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«Julieta» (2016) de Pedro Almodóvar: Rojo infierno. Por Ruiz de Villalobos

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Sobre Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Periodista cultural, Crítico de Cine[/autor]

 

“Julieta”, la última película de Pedro Almodóvar, que como siempre ocurre con el director manchego se presentó a los medios catalanes en olor de multitudes, es, en cierta medida, una vuelta de tuerca de los temas melodramáticos que inspiran al director, pero también un giro en su carrera porque huye de ciertos tics que caracterizaron sus últimas producciones, desde “Los abrazos rotos” (2009) a “Los amantes pasajeros” (2013), pasando por “La piel que habito” (2011). Quizás los tres años de diferencia desde su anterior film le han servido para madurar y moderar esa innata capacidad para el melodrama que en demasiadas ocasiones Almodóvar llevaba hasta el pastiche, porque si hay algo destacable en “Julieta” es una evidente madurez, pese a las irregularidades de una película que reflexiona sobre la pérdida y sobre el vacío.

La película está trufada de numerosas referencias cinéfilas, desde la desmesurada utilización del rojo (cortinas, batas, vestidos, coches, ceniceros, blusas, bolsos, etc.) como homenaje a Vincente Minnelli, pero también para dimensionar el infierno de Julieta, a la magnífica presencia de Rossy de Palma, un alter ego de Mrs. Danvers, la famosa ama de llaves de “Rebeca” (1940), pasando por las sutiles referencias a directores como Douglas Sirk y William Wyler.

Julieta-518304442-largeComo en todas las películas de Almodóvar la película se resiente de una excesiva utilización de los flashbacks, cuando lo más interesante es la Julieta ya madura, interpretada de forma excepcional por una Emma Suárez en plenitud interpretativa, esa Julieta que cambia de barrio en Madrid para cambiar de vida, pero que no puede cambiar el vacío que vive ni los hechos que ocurrieron. Sin desmerecer a veteranos como la propia Emma o el argentino Darío Grandinetti, las jóvenes actrices como Adriana Ugarte (Julieta de joven), Inma Cuesta (Ava) y Michelle Jenner (Beatriz), quizás por la propia estructura del guión, no dan la dimensión que la historia requería. Lo que no se le puede negar a Pedro Almodóvar es su capacidad y sensibilidad para el dibujo de lo femenino, que en “Julieta” tiene una dimensión especialmente brillante, mientras que los personajes masculinos, como ya ocurría en las primera películas de su filmografía, tiene un papel secundario. “Julieta” aporta una interesante mirada sobre la pérdida y el duelo, sobre el infierno de la ausencia y a la vez sobre lo volátil de la pasión. Una película mayor en la filmografía de un Pedro Almodóvar que, razones de la edad, parece ser cada vez más sobrio y consecuente con el melodrama, un género que como la vida misma no requiere de estridencias.

 

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Sobre Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Periodista cultural,Crítico de Cine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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