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“Jurassic World” de Colin Trevorrow: Cuando la cosa se desmadra. Por Rubén Arnaiz

Hay dos maneras de afrontar, sentado en una butaca, un film de las características de “Jurassic World”. Una es que te de igual, ir con ganas de diversión y que por lo menos te entretengan con algo digno. La otra es, por supuesto, la de la exigencia que se debe pedir a todas las películas: buena narración, guion decente (y coherente), actuaciones creíbles, y si puede ser, y los tiene, efectos visuales, especiales o lo que sea, lo más realistas posibles.

Bien. Jurassic World no tiene casi nada de lo anterior. Pero eso, lejos de ser un defecto, es lo que salva al film de la mediocridad total, y seguramente lo que hace que se haya convertido en un fenómeno taquillero: la película es un desmadre consentido, y de ahí su éxito.

 

Imagino a Colin Trevorrow (director y guionista) sentado junto a Derek Connolly (guionista) con el guion original escrito por Amanda Silver y Rick Jaffa (responsables de la últimas entregas de “El Planeta de los Simios”), y diciéndose el uno al otro “¿Cómo conseguimos que esto no sea una mierda más de monstruos por ordenador dándose de bofetones?”. E imagino a uno de los dos contestando: “hagámosla ridícula en conciencia”. Y así la reescribieron.

Y voilá. “Jurassic World” es un despropósito, desprovisto de cualquier rigor, no ya científico (¡dinosaurios clonados!, si ya era absurdo en la primera película/libro), sino del puro sentido común.

 

Por eso, precisamente, el director y guionista intenta darle ese tono de “comedia encubierta”

(no como la descacharrante Piraña 3D, otra de bichos digitales, que sí que era una comedia en toda regla), de “no tomarse en serio a sí misma” (por mucha cara de sufrimiento, susto o grito, sabemos que ninguno de los protagonistas, ya sean los dos hermanos, la chica –su tía- o el héroe –un Chris Pratt más comedido de lo habitual – van a sufrir daño alguno irreparable) que tan bien funcionó en, casualidades de la vida, aquella franquicia también de la Universal de finales del Siglo XX llamada “La Momia”, dirigida por Stephen Sommers y protagonizada por Brendan Fraser y Rachel Weisz y que recicló, exactamente igual que aquí, un viejo éxito del horror, o al menos de la seriedad, pero tirando a lo que los americanos llaman tono “campy”.

 

Y eso pese a que el guion intenta dar profundidad y/o relevancia a ciertos aspectos, como la relación de los dos hermanos de padres a punto de divorciarse, o la idea (más que quemada) de “el hombre jugando a ser Dios”, aquí sustituida por la de (más quemada aún) convertir en armas biológicas a algunos de los bichos de turno (en este caso dinosaurios)… Pero conscientes de que la seriedad o el realismo en un film así puede ser un grave error, Trevorrow y Conolly se ventilan toda la “seriedad” lo antes posible (los hermanos se llevan mal “sólo un rato” y la relación amor odio entre Owen y Claire apenas dura 3 o 4 secuencias juntos) y lo cambian por una comedia de Serie B de ritmo imparable, con la intención de que no te de tiempo a pensar en lo estúpido que es todo lo que está pasando.

Dinos listos, dinos muertos, humanos malos, humanos tontos, mucha música (excelente) recalcando cada secuencia, ese color “azul verdoso” de post-producción que debe haber dado pesadillas al Director de Fotografía, y esos dinos que nos siguen dando ganas de ponernos en DVD una vez más el “Jurassic Park” de Spielberg. Atención a la ¿relación? entre los raptors y Owen que, aunque se huele a kilómetros como va a acabar, no por eso su interactuación final es menos emocionante y a la vez ridícula (el primer cara a cara entre estos y el Indominus Rex); la tópica construcción del personaje de Vincent D’Onofrio (igualita que la que el actor se ha marcado en “Daredevil”), que sabes desde el principio que es lo que va a hacer, o aquel momento, absolutamente antológico, en el que uno de los personajes va a despedirse de su compañera con un beso de “héroe” y esta le da un chasco; por no hablar del personaje de Bryce Dallas Howard, que no se quita los tacones en toda la película… ni siquiera en ese final tan divertido (por bochornoso) donde corre delante de….bueno, de “eso”, para llevar la acción a su terreno, y que a mí me recuerda, precisamente, al acto final de esa sinvergonzonería divertidísima (y mala a rabiar) que fue ese otro choque de monstruos llamado “Freddy VS Jason”.

 

Precisamente, cuando al final, la película se vuelve loca del todo y el poco rigor que quedaba le explota al espectador en las narices, es cuando la diversión comienza, con esa batalla final digna de una serie B tipo “King Kong contra Godzilla”, que es puro disparate.

 

Ahora que se ha anunciado oficialmente una secuela para el 2018, y teniendo en cuenta que no queda nada, pero nada más que contar que no hayamos visto (si es que en 4 películas han llegado a contar algo…) sólo nos queda saber si Trevorrow y Conolly (ahora guionistas en solitario) darán rienda suelta a sus desquiciadas mentes y nos brindan definitivamente una versión de aquel guion del gran John Sayles donde dinos y humanos se enfrentaban a híbridos de ambos, o si son capaces de crear algo aún más surrealista.

 

Viendo el final de Jurassic World, no parece descabellado.

 

Lo mejor: la música de Michael Giachino

 

Lo peor: la batalla final es un disparate.

 

Rubén Arnaiz

 

 

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