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«La juventud»: Sorrentino llega al alma desde las cumbres suizas. Por MariaJo López Vilalta, Morocha

0 6955601_3Hace once años el napolitano Paolo Sorrentino nos erizaba la piel con el soberbio film Le conseguenze dell’amore en el que su actor fetiche por excelencia, el no menos excelente Toni Servillo, pudo lucir sus dotes interpretativas y carismáticas al máximo. En 2014 este director hijo de ama de casa y banquero que tras quedarse huérfano con tan sólo 17 años inició unos estudios de economía que abandonó definitivamente a los 25 por el cine, volvió –como antaño- a llevar al cine italiano hasta el panteón de los dioses consiguiendo un más que merecido Oscar a la Mejor Película Extranjera por esa grandiosa La Grande Bellezza de nuevo protagonizada por Servillo. Tras esta indudable inyección de moral y de éxito internacional, Sorrentino se acaba de embarcar en Youth (La juventud) otra gran producción  que pudimos disfrutar el pasado viernes en el pase de prensa en los cines  Renoir Floridablanca de Barcelona.

Lejos de la Roma clásica, pasional y fascinante, Sorrentino vuelve a viajar a aquella Suiza que le sirvió como gélido telón de fondo de Le conseguenze dell’amore, en este caso trepando hasta las cumbres alpinas, para dar con la única localización de su octavo largo, el viejo sanatorio para tuberculosos de Davos (Suiza) en el que el escritor alemán Thomas Mann escribió su obra maestra, «La Montaña Mágica», y que aquí se convierte en un señorial hotel balneario enclavado entre vertiginosos precipicios nevados.

De nuevo rige un tema recurrente del napolitano, la decadencia, que aunque no cae en el patetismo omnipresente de La Grande Bellezza, aquí se rinde sin reservas a la tristeza. Youth es tremendamente triste, pero no de forma gratuita y descarada, sino plagada de tristeza sabia, emotiva y tremendamente sensible. Sin rastro de aires italianos, Sorrentino ofrece un film universal protagonizado por un gigante de la cinematografía internacional como lo es Michael Caine y de otro gran nombre que aquí demuestra una de sus mejores interpretaciones, Harvey Keitel. Dos viejos directores –el primero de orquesta, el segundo, de cine- en el ocaso de sus vidas que Sorrentino contrapone a la juventud de algunos personajes intensos, ingenuos y en constante formación como el protagonizado por Rachel Weisz o el joven neoyorkino Paul Dano. Vejez y juventud, bellos y feos, gordos y delgados, enfermos y rebosantes de salud… El jing y el jang de la vida explicada desde una visión emotiva y llena de sabiduría. Un drama que a veces se deja salpicar de guiños de humor pero que en su mayor parte llega a helar. Y por supuesto, grandeza, no de la talla de La Grande Bellezza, pero sí con grandes momentos de inmensa riqueza visual, de escenas casi pictóricas y surrealistas como las dos que Sorrentino dedica a Michael Caine dirigiendo una ingeniosa orquesta de vacas o a Keitel ante un imaginario ejército de actrices disfrazadas de los personajes más dispares. Si en su anterior largo, el director sacaba toda la punta a la belleza innata de la ciudad eterna, aquí lleva a sus máximas consecuencias su debilidad por el barroquismo y pomposidad potenciados por la intensidad musical que se convierte en un protagonista más de este homenaje a la vida que se escurre irremediablemente.

maxresdefault_37Un verdadero ballet visual en el que una miss mundo que quita el aliento comparte espacio con un obeso con un enorme tatuaje de Marx en su espalda y que depende de una bombona de oxígeno para respirar –excelente tributo a Diego Armando Youth-di-Paolo-Sorrentino-_-Maradona y, de nuevo, a la decadencia del que fue el mejor futbolista del mundo-; una elegante pareja asqueada no intercambia ni tan siquiera una mirada, mientras que una joven masajista cuya hipersensibilidad en la yema de sus dedos contrasta con sus sesiones con la wii, o la presencia de una gran actriz que en plena madurez se vende al mundo de las teleseries –protagonizado por una espléndida Jane Fonda con sus 78 años de edad-…

Youth se muestra así como un mosaico de mil piezas que Sorrentino no siempre consigue que encajen con la habilidad lograda en La Grande Bellezza y con demasiadas y forzadas evidencias de su particular pasión por lo esperpéntico y por la estética al límite. Aún así, las cascada de emociones en forma de obsesiones, culpas, frustraciones y anhelos, hacen de Youth un film profundo, lírico, hermoso y con un magnetismo incuestionable.

MariaJo López Vilalta –Morocha-

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