Dado que consideramos que es de gran  interés, reproducimos integramente un artículo que aparece en el último número de la revista The Ecologist (obviamente con autorización de la publicación), correspondiente a julio-agosto y septiembre, de Dionisio Romero que propone una alternativa a la velocidad que, seguramente, nadie ha pensado. Esta revista trimestral lleva ya 50 números en el mercado.

Os dejo con Dioniso Romero:

Siguiendo las leyes de Kepler, un planeta al aumentar su velocidad pasaría de tener una órbita circular a otra elíptica y, si aumentásemos su aceleración, se alcanzaría la velocidad de escape. En este desarrollo, vemos dibujarse tres figuras sobre el lienzo del universo, trazadas por la fuerza y el tacto de la velocidad; el círculo, la elipsis y la contrafigura del escape.

 

MÚSICA Y POESÍA

La primera figura es, como sabemos, la geometría de esferas perfectas con la que Pitágoras y, en general, las sociedades tradicionales, representaban el cosmos. El círculo, como vemos en el enunciado matemático de Kepler, es amigo de la lentitud y del orden. Así se imaginaba Johannes a los planetas, antes de sus trabajos que le dieron fama, como poliedros perfectos, movidos en la perfecta simplicidad de Dios. Cuando sus cálculos fracasaron en su paciente observación de Marte, no tuvo más remedio que romper con la geometría simbólica. El sistema de Ptolomeo, modelo del universo para la Antigüedad, estaba inspirado en una cultura y una sociedad de movimientos a la medida humana y biológica. El paso del hombre y las bestias trazaban las distancias. La geometría era una derivación matemática de la belleza, nacida de la música, luego del tiempo. Como diría René Guenón, en las sociedades tradicionales el tiempo domina sobre el espacio, por eso la música y la poesía son sus artes principales.

¿Qué pasó para que esta geometría desapareciese? En cualquier libro de Historia, se dirá que la realidad se impuso a la cultura; Kepler descubrió la elipse porque el universo no sigue trayectorias simples –aunque posteriormente Einstein diese la razón al primer Kepler cuando definió la hegemonía de la figura más simple existente, la recta-. En esta aceleración cultural, fue cardinal el interés por la perspectiva en la pintura. Piense el lector que Gioto y sus contemporáneos, con la perspectiva pictórica, conquistan virtualmente el espacio, transforman el lienzo plano en un localizador de objetos y en un simulador de profundidades. La perspectiva no es un descubrimiento del genio renacentista, velado para las artes anteriores. Esta es la manera positivista de contar la Historia, que confunde causas con efectos y no es capaz de salirse de esa seducción acelerada del progreso cultural. Más bien es el producto de una nueva necesidad, de una atracción por lo espacial y factual.

 

LEONARDO Y LA MÁQUINA
No es casual que Leonardo, el celebérrimo pintor, compartiese su talento entre cuadros e inventos, máquinas que se diseñaron en gran medida para conquistar el espacio y aumentar la velocidad; volar, lanzar proyectiles, mover volúmenes, agilizar los pesos, etc. Se estaba imponiendo la necesidad de conquistar espacio físico, legal y político y la perspectiva fue un artilugio conceptual clave para emprender este destino. El arte propagó y difundió la gran confusión entre realidad y virtualidad, con el Renacimiento el hombre está preparado para localizar un objeto y salir presto a su conquista. Es en la reflexión de esta nueva necesidad, donde se comprende mejor el origen de estos cambios y para comprender el origen de una ruta nada más elocuente que observar sus fines. Los fines del camino estético, político y social de la conquista del espacio y de la necesidad de representarlo, legalizarlo y dominarlo lo vemos con pasmosa evidencia en nuestros tiempos. El Renacimiento trazó el mapa, la ilustración dio los argumentos y la modernidad ejecutó el proyecto; la humanidad transformó los yacimientos intangibles del tiempo en los productos fácticos del espacio, desechó los ritmos cíclicos y biológicos de las esferas por el alucinado apetito de las elipsis y de estas al culto insaciable por el escapismo de la velocidad. Este desarrollo se puede aplicar a toda la estructura de nuestra realidad: El mercado con su aceleración cibernética donde la especulación financiera ha deglutido toda tangibilidad o reposo a la moneda, las tendencias culturales con su caducidad promiscua y agitada, la globalización como el cuadro de todos los cuadros donde reducir el espacio a un instante. La lista se puede extender a los nuevos cultos, a las nuevas enfermedades, a los diseños tecnológicos, incluso a la literatura, el cine, la educación, el modelo político, etc. Todas estas realidades tienen en común un mismo apetito y una misma fatiga. El apetito por lo rápido, lo fugaz, lo fácil, lo huidizo –atributos todos del dios Cronos- y la fatiga por una falta de centralidad y sosiego. El hombre para soñar necesita reposar su cabeza, para amar necesita atender su corazón como si fuese a vivir eternamente y para convivir necesita dar vueltas entre sus semejantes en círculos equilibrados.

Paul Virilo ya vinculó en sus ensayos velocidad con política, aunque antes que él pensadores de escuelas muy variadas ya denunciaron el horror implícito de esta pareja. La guerra y su obsesión por la rapidez y las finanzas mundiales son los dos grandes escenarios donde se pueden comprender mejor las artes de esta pareja. Pero también se hace sentir en la obsesión por la uniformidad legal y cultural, por la necesidad de abolir toda espiritualidad y especialmente toda expresión social que celebre tiempos rítmicos y compartidos –liturgias, fiestas ancestrales, descansos sacralizados, evocaciones metahistóricas- Es decir, no dar la posibilidad a que la conciencia humana recupere una noción del tiempo que no sea funcional, aritmética y ahora cibernética. En estas cuestiones, muchos grupos que pretenden transformar la sociedad caen en las mismas estrategias que el Estado. El propio Paul Virilo ya advertía de la labor asociada del ecologismo con el poder, precisamente cuando este ecologismo es incapaz de salir de la dinámica del miedo y las reivindicaciones represivas, que tan hábilmente maneja el poder.

 

CIBERNÉTICA

¿Qué hacer entonces, ahora que nos movemos a la velocidad de la luz y el planeta está anudado en el instante cibernético?  Es decir ahora que todo espacio ha sido devorado por el insaciable dios Cronos. Ya todo está cerca, es decir todo está lejos, todo está aquí, es decir en ninguna parte, ya no hace falta pintar con “realismo”, dado que toda la realidad se sabe ilusoria. Tal vez la sonrisa de la Mona Lisa anunciase esta ironía: “Este cuadro que miras va a ser el cuadro desde donde miras”.

Si la enfermedad es la atracción disolvente por la velocidad, la solución aparente sería el reposo o incluso la inmovilidad. De hecho este es el discurso de muchos análisis bienintencionados, especialmente generalizados en el ecologismo, la Nueva Era y en la propaganda de los llamados desarrollos personales, sin olvidar algunos proyectos comunitarios. Si la velocidad es el tiempo devorando espacio, la lentitud sería el tiempo expandido, pero para que esto sea cierto y saludable se necesita una noción del tiempo fuera del discurso moderno/modernista. No basta con pararse, ni con regalarse una terapia, ni pretender retornar a espacios anteriores, no basta con frenar el bólido porque eso suele provocar otro tipo de catástrofes.

 

¿QUEDARSE QUIETO?

¿Nos bajamos de este planeta a velocidad de escape y nos quedamos quietos? Realmente no hay novedad en nuestro mundo, los materiales están disponibles en todas las épocas. Para los griegos –por poner un ejemplo- la alternativa a Cronos no era el reposo, sino Kairós, la ocasión inspirada, el momento de gracia y, entre ambos, Aión; el tiempo sin movimiento, el eterno estar y retornar, el tiempo de la vida sin principio, ni fin. Tres seres para mostrar la complejidad, riqueza e inefabilidad de la noción del tiempo. Un diálogo tripartito, un desdoblamiento de tiempos diferentes pero en contacto, y en el centro de todos el hombre, que hunde su acción en ese barro entre móvil e inmóvil del tiempo. En esta representación el tiempo no es lineal, no va como una flecha de un sitio a otro, no es la alternativa entre reposo y movimiento, como tampoco es la sucesión entre pasado y futuro. Insistamos, la alternativa a la aceleración no es la inmovilidad, después de todo, la velocidad necesita también sus descansos, como en las autopistas se colocan las áreas de descanso. Es más, toda nuestra cultura del ocio se basa en la instrumentación del descanso como un apoyo a la productividad. Necesitamos una noción de tiempo diferente, sin ese apetito por el espacio, más interesado por el ritmo que por la medida, atento a la presencia del instante, capaz de anonadarse al misterio de no tener extensión, ni magnitud. Recordando estas dimensiones del tiempo, este puede encontrarse con el espacio sin necesidad de devorarlo y sin precisar la ilusoria terapia de la inacción. Más aún, a esta enfermedad de la velocidad de escape sólo se le opone la acción cualitativa. Aristóteles distinguía la acción perfecta de la imperfecta como aquella que no tenía fin, que no era una tarea que se concluye como casi todas las acciones que emprendemos, esta acción indefinida en el tiempo, es el amor y el conocimiento, porque ambas no mueren y se multiplican. Esta podría ser la clave de una acción correcta, porque en este camino uno se coloca fuera del juego de las seducciones del tiempo lineal. Transformar la velocidad de escape en un viaje de retorno a la lucidez va exigir un gran esfuerzo, un combate magnífico para colocar el punto de fuga de la perspectiva renacentista en el lugar donde siempre debió quedarse; en el corazón del que mira y es mirado. No nos libraremos de esta tiranía con escapadas de fin de semana al campo, ni con terapias alternativas, ni con más leyes, ni con falsos activismos, más bien se va a necesitar una ampliación del sentido de la acción humana, de la correcta acción.

 

Dionisio Romero

dionisio@salamacomunicacion.com

Foto: Lucía Gómez

Vía: The Ecologist (used by permission)