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“La verdad”: Sobre el hábitat y otros errores cinematográficos. Por Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

“La verdad” (“La vérité”, 2019), la más reciente película dirigida por el japonés Hirokazu Koreeda (Tokio, 1962), es mala, mejor aún, es peor. Una vez más y al estilo de otros directores que han salido de su hábitat (Woody Allen a la cabeza), el director japonés se ha equivocado al mil por mil al querer trasladar su estilo y su tempo a la cinematografía europea y más concretamente a la francesa, ya que la película es una coproducción entre Japón y Francia, y fue rodada en tierras francesas, con intérpretes franceses y técnicos franceses. La película es peor ya desde su guión, original del propio Hirokazu Koreeda y de Léa Le Dimna (intérprete y traductora del japonés al francés), que parece ser era la que transmitía las órdenes en francés a los intérpretes, ya que Koreeda no habla ni francés ni inglés, algo que desde el primer plano de la película ya se descubre. Ninguna película, hasta la fecha había tratado tan mal ese juego preciso del cine dentro del cine, que François Truffaut enalteció con “La noche americana” (“La nuit américaine, 1973), ni ninguna película había tenido dos interpretaciones tan planas, tan desairadas como las de Catherine Deneuve y Juliette Binoche, perdidas en el marasmo de una historia tan vieja como la misma puesta en escena que ha hecho el director japonés. Tan solo en dos momentos; un plano de transición, de pocos segundos, donde a través de un amplio ventanal se ve un árbol en el jardín de la casa, donde transcurre buena parte de la historia, cuyas hojas van cayendo; y la secuencia del baile en el exterior del restaurante.

Lo demás es ese cine mal llamado de autor, donde el autor brilla por su ausencia, con toda una retahíla de tópicos, presentados en una doble lectura, la relación de Fabienne, una famosa actriz del cine francés, con su hija Lumir, guionista en Nueva York, casada con un actor fracasado y con una hija, que ha vuelto a su país con motivo del libro de memorias que ha publicado su madre, y el rodaje de una película en la que también hay un conflicto madre-hija, todo ello envuelto en dos elementos que la historia va desentrañando, más a golpes que fluidamente, como es el citado libro de memorias que ha escrito la diva y la figura fantasmagórica de Sarah, la hermana de Fabienne, también actriz y fallecida en un trágico accidente.

Una película inútil e innecesaria que podría firmar cualquier director debutante y que pasaría sin pena ni gloria por las reseñas críticas y por las pantallas. Una pena que un director de la categoría de Hirokazu Koreeda, que tiene en su haber grandes obras maestras como “De tal padre, tal hijo” (2013), “Nuestra hermana pequeña” (2015), “Después de la tormenta” (2016) y “Un asunto de familia” (2018), por mencionar tan solo las más recientes de una impecable filmografía, haya caído en la trampa de la deslocalización creativa, porque ha ignorado la única tierra prometida es la de los orígenes.

Sobre Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Periodista cultural,Crítico de Cine

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Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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