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Martes Crítico: con el otoño, cine negro. Por Oti R. Marchante

No es difícil sospechar que el personal cinéfilo estará ya hasta la cocorota de tanto rollo con “La Isla Mínima”, de la que no hay día que no haya algo que contar, por su paso en San Sebastián, su estreno en las taquillas, sus premios en el Palmarés y, ahora, encima, este Martes Crítico. Esta sección va a contribuir también con su grano de arena al hartazón máximo de “La isla Mínima”, y deja caer sobre este tapete unas cuantas críticas, todas ellas laudatorias.

La de Jordi Batlle, en La Vanguardia, que dice que esta película “alcanza su poderío es en la descripción del espacio, filmado con un sentido muy físico de la naturaleza. Como exploración o indagación moral de una atmósfera malsana en el seno de un paisaje intrínsecamente español…”

De Carlos Boyero, entresacamos cuando alude a su parecido con “True Detective”: Él no tiene la culpa de que cualquier cinéfilo que haya saboreado la larga inmersión de dos policías en sus infiernos íntimos y su escalofriante constatación de que el mal anda por todas partes y está desbocado, todo ello ambientado en los pantanos y las marismas de Luisiana, piense en esa inevitable referencia y constate parecidos argumentales, ambientales, de atmósfera, entre la obra maestra que inventó el inquietante Nic Pizzolatto al ver la película de Rodríguez. Mala suerte esa jodida coincidencia.

Y yo, en ABC, termino con un párrafo que parece la ficha de un colegial ante sus primeras películas. Lamentable. “Película triste, crepuscular, magníficamente filmada por fuera como por dentro, con un pulso que no deja ni un instante de latir y cuya atmósfera es una perfecta ecuación de espacio y tiempo. Y que dentro de una ajustada tonalidad de interpretaciones, de adecuado fondo actoral, sobresale la del magnífico Javier Gutiérrez, que encarna con fuerza y sentimiento brutos todo ese conflicto soterrado entre dos mundos, que le pone integridad a lo inmoral y pureza al olvido”.

Quim Casas, en El Períódico, dice La isla mínima convierte el escenario en el que transcurre en un personaje con vida propia. Las marismas del Guadalquivir son el lugar más que apropiado para que dos agentes de policía de métodos e ideología opuestas diriman sus cuitas. Lo hacen en la España de los primeros años 80, en plena y ambigua transición política, con el franquismo sin extinguir, mientras deben esclarecer el asesinato de dos muchachas cometido en estos parajes donde tierra y agua se confunden.

Luis Martínez, en El Mundo, también redondea uno de esos párrafos nacidos para cuña radiofónica: … Lo que sigue es el frío relato de una historia que habla de cadáveres abandonados e hinchados en las orillas de las acequias, de caciques caprichosos, de obreros explotados, de promesas rotas, de dolor y de mentiras. Muchas mentiras. Y todo ello en las tripas de un paisaje irrespirable, por insalubre, por húmedo, por enfermo de vida.

De Mirito Torreiro destacamos este párrafo en Fotogramas, un poco por lo que dice de la película y un mucho por lo fácil que le resultaría a su autor reescribirlo con algo más de sentido: “Porque si, en ‘Grupo 7’, la relación entre los policías tenía algo déjà vu cinematográficamente, aquí resulta del todo inédita: lo que tienen entre ellos el policía demócrata Raúl Arévalo y el escurridizo Javier Gutiérrez es cualquier cosa menos maniquea. Y lo es, en fin, desde el punto de vista histórico, que tal vez sea el que mejor sabe reflejar el film. Ese momento de cambio, cuando muy gramscianamente lo viejo se resiste a morir, pero a lo nuevo le cuesta mucho abrirse paso (en suma, la creación de una ficción esencialmente política), nunca había sido reconstruido así en el cine español”.

Y dicho lo cual, pasamos a el otro estreno, que también se ha visto en San Sebastián, y que es igualmente cine muy negro y que aquí lleva la firma del escritor Dennis Lehane.

Yo, que me lo pasé en grande viendo la película, destaco en una de las varias cosas que he escrito en ABC que … Lo mejor de «La entrega» es la interpretación de Tom Hardy, ese actor tranquilo que crea tensión con la cuerda floja, que se escabulle detrás del andar o el hablar o el mirar de sus personajes, y que tiene aquí la esencia de «Yo, Claudio». Frente a él, el último Gandolfini, en un personaje cómicamente trágico, de presencia abultada y de texto ocurrente, un manual de filosofía barriobajera que llena de escepticismo y graciosa vulgaridad todo el manchurrón negro de la historia.

A Carlos Boyero también le entusiasmó, y ha escrito en El País: La despedida de Gandolfini afortunadamente es muy digna en una película que está a la altura de su talento. El guión lo ha escrito Dennis Lehane, lo cual es garantía de calidad. Lehane escribió varios capítulos de The wire

Fausto Fernández en Fotogramas le pone alguna pega a la película: Puntillista y naturalista retrato lumpen del hampa neoyorquina, es bastante mejor en sus conversaciones con vaso de por medio y en sus amenazas de linóleo sucio que en su violencia explícita. Se diría que el universo Lehane y el del director del film (autor de la estupenda ‘Bullhead’) van a veces por caminos separados (los de ciertas escenas con Noomi Rapace), pero no deja de ser una minucia.

Como se puede apreciar, esta sección de Martes Crítico es una cáscara de nuez en un océano, y cualquier viento, temporal o festival es una amenaza para ella. Seguimos navegando, o a la deriva, que no lo sé.

 Oti Rodríguez Marchante

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