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Martes Crítico de Oti R. Marchante: Las guerritas de las Galaxias

Star o no star, esa es la cuestión: estrenaron eso de “Star Wars, el despertar de la fuerza” (de lo que realmente sabemos algunos es del despertar a la fuerza, aunque justo hoy le dan vacaciones a los chiquillos) pero, a pesar de las miles de pantallas que tenía a su disposición en España, no hubo ni una sola previa a su estreno que le permitiera a la crítica de, por ejemplo Barcelona, hacer su trabajo a tiempo. Para mí fue una bendición, lo confieso, porque me da lo mismo el despertar de la fuerza, que el madrugar de los clones o el trasnochar de los sith… Todo me queda muy a mil años luz, con lo que tener que escribir sobre ello como si realmente le encontrara alguna diferencia esencial, pues me incomoda. Mañana o pasado me acercaré al acontecimiento planetario con mis hijos y, en cuanto el ruido me lo permita, pues me echo una cabezadilla. No sé si me explico. A pesar de mi indiferencia hacia las cosas de la Galaxia, recojo algunas opiniones muy diversas, incluso la de un señor de La Vanguardia, Pedro Vallín, crítico ocasional por falta de pantalla barcelonesa, que aprovecha su ocasionalidad para llamarme triste y viejo, acertando sólo en un cincuenta por ciento:

Star_Wars_El_despertar_de_la_Fuerza-275649473-large“El despertar de la fuerza” es perfecta, tan sólida que hay que ser muy triste y muy viejo para no rendirse a su voluptuosidad visual y sentimental. Apoyado en el vértigo y el humor, Abrams ha hecho lo que debía: un filme frenético, emocionante y devoto del sincretismo galáctico fundado en 1977. Y así ha puesto fin a la añoranza de todo aquello, para poder levantar, sobre sus humeantes ruinas, nuevas catedrales.

Probablemente, con mi amigo Carlos Boyero, Vallín ha acertado de pleno, pues Boyero en El País, aún sin poner mal la película, es pura desidia hacia ella:

 Me he entretenido moderadamente con este circo anfetamínico. Deseando que durara un poquito menos. Son mis gustos. Pero entiendo que para infinidad de espectadores esta película les regale el éxtasis. Y es fantástico que el cine, en la gran pantalla, a oscuras, en tres dimensiones espectaculares, siga disfrutando de un público masivo y entusiasmado en épocas que auguran su definitiva agonía.

Tampoco encuentro esa rendición a su voluptuosidad visual y sentimental en Carmen Lobo o en Juan Manuel Cuéllar.

Lobo en La Razón: Ansía emparentar con la idea original de Lucas, recomponer el universo primitivo… La obra vuelve a una neblinosa nostalgia…

José Manuel Cuéllar en ABC:Todo en «Star Wars, el despertar de la fuerza» recuerda a la idea original, tanto que hay un número ilimitado de guiños que no se sabe si son homenajes, referencias o simplemente ideas copiadas. Hay mucho láser (muy modernizado), mucha batalla aérea (adelantada en técnica).

Y José López en No Solo Cine queda también muy viejuno y tristón, pues no habla de perfección, ni de solidez, ni de su voluptuosidad visual y sentimental:

Lo más flojo de “Star Wars 7” está en el guión dado que en algunos momentos flaquea más de lo necesario, es muy superficial. Sin embargo como película escapista (entretenida) es todo un ejemplo. Excelentes efectos especiales, mucha acción, personajes potentes, guiños a anteriores episodios (sobre todo los 4, 5 y 6 que son los que se rodaron antes).

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Mientras tanto,  los demás críticos han visto otras cosas, y me temo que tan voluptuosas y sentimentales, como por ejemplo esa de “45 años”, film de viejunos y para viejunos del que hablan, y muy bien,

Antonio Weinrichter en ABC:

Prodigio de sutileza, como ya hemos dicho, esta película se sustenta sobre un trabajo espectacular (pero precisamente porque elude lo sentimental, lo explícito, los subrayados) de dos actores longevos que prestan toda su gravitas a los personajes: el inefable Tom Courtenay (el de, y no elegimos el título a azar, «Billy el embustero») y una arrebatadora Charlotte Rampling, sobre la que bascula el punto de vista de una película que se constituye en todo un documental de su forma de negociar su digno personaje.

 

Sergi Sánchez en La Razón:

Si no nominan a Charlotte Rampling, los Oscar deberían cambiar de nombre… Se deshace en elogios sobre la actriz, cuyo rostro, dice, es capaz de expresar la complejidad de un drama que es menos pequeño de lo que la modestia del filme sugiere. El drama de ese tiempo que no hace sino destruirlo todo.

Y Salvador Llopart en La Vanguardia:

La genialidad del director reside en el control: 45 años podría haber sido un grito desesperado, lleno de reproches y recriminaciones, un drama desaforado. Pero Haigh, por el contrario, hace que viva –y crezca– en los espacios que dejan las palabras. En las miradas, en el movimiento de los cuerpos. Hasta que se impone un gesto. Un gesto puede ser suficiente para que la barca de ese amor de 45 años esté a punto de zozobrar en medio de la tormenta que agita su vida cotidiana.

Y otros prefieren hablar de otra guerra, la de la mujer por conseguir su derecho al voto en “Sufragistas”. El más soliviantado de la crítica por esa falta de derechos es Javier Ocaña, que en El País se pone muy, muy tenso; no sé yo hasta dónde hubiera llegado de vivir en aquella época, hubiera sido un titán de los derechos de la mujer:

Media humanidad, como poco, quedaba al margen de las decisiones, y Sufragistas, película británica compuesta en su mayoría por mujeres, nos escupe a la cara la vergüenza. Con rabia, con delicadeza, con elegancia, con justicia, con verdad, con pasión. Porque aún queda mucho por hacer

Algo más templados, pero igualmente certeros están

Nuria Vidal en su blog:

Sufragistas-537337336-largeSufragistas, la película, evoca esta lucha y lo hace sin victimismo, pero tampoco con un afán de venganza. Lo hace con inteligencia, con humor incluso. Y sobre todo con respeto. El respeto que se merece todo aquel que lucha porque la sociedad sea más justa. Toda la sociedad, no solo una parte.

Y Salvador Llopart en La vanguardia:

La genialidad del director reside en el control: 45 años podría haber sido un grito desesperado, lleno de reproches y recriminaciones, un drama desaforado. Pero Haigh, por el contrario, hace que viva –y crezca– en los espacios que dejan las palabras. En las miradas, en el movimiento de los cuerpos. Hasta que se impone un gesto. Un gesto puede ser suficiente para que la barca de ese amor de 45 años esté a punto de zozobrar en medio de la tormenta que agita su vida cotidiana.

Y aprovecho para rescatar mi crítica sobre Sufragistas este detalle que subrayo:

… el gran momento revolucionario, de contenido ideológico, se lo reserva la directora, Sarah Gavron, a Meryl Streep, una especie de Victor Lazslo en «Casablanca» pero de los derechos de la mujer, que hace su escena de «La Marsellesa» y le ofrece contenido épico a la historia (Meryl Streep, que tan precisamente interpretó a Margaret Thatcher, estableciendo un hilo psicológico entre los dos personajes que tal vez hiera la sensibilidad de los crujientes críticos de la dama de hierro).

Y dicho todo lo cual, este tipo triste y viejo (y cansado) le reta al señor Vallín a una carrera; no, a dos: una carrera de correr unos cuantos kilómetros, no muchos, diez o doce, y otra de reírse de sus alrededores.

¡Feliz Navidá!

 

Oti Rodríguez Marchante

@OtRMarchante

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