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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante: La guerra en interiores

El cine de estreno de este fin de semana ofrecía, como más destacable, la película “Alma Mater”, no exactamente bélica pero sí reflexiva ante una situación extrema de guerra. Más o menos, la crítica ha mostrado concordancia con ella. Con la francesa “El buen maestro”, no ha ocurrido lo mismo, y algunos señalan con desagrado su intención de no irse hasta los extremos de lo que critica (el sistema educativo, el pulso entre rebeldía y aprendizaje) y otros, como yo mismo, la alaban precisamente por eso, por situarse en un lugar equilibrado y, por lo tanto, ser más complaciente con aquellos que decidan verla.  Y un tercer título que no he visto, ni probablemente veré, pues está lejos de mis preferencias, “Los hambrientos”, otra vuelta de tuerca al fenómeno zombie.

Sobre “Alma mater” esto recojo de lo que tenía a mano (las críticas de La Vanguardia sigo sin saber dónde buscarlas un lunes o un martes):

Nuria Vidal entra, como suele, en el meollo del asunto y en el terreno personal:

En ningún momento puedes dejar de verla. En ningún momento puedes no sentirte interpelado ¿Qué haría yo? En este círculo de tensión, miedo, aburrimiento y dolor, hay un instante alargado de paz. Un único instante donde todo es silencio. La cámara se detiene en la madre que acaricia la gran mesa del comedor, el símbolo de lo que han perdido: la seguridad, el confort, la familia, la tradición. Hace calor, las persianas están bajadas, la madre acaricia el frescor de la mesa y se tiende sobre ella, apoya su rostro en la superficie pulida de esa mesa que es su vida y cierra los ojos. Ese momento me da todas las respuestas que he estado buscando.

Javier Ocaña cree en la película:

En un emplazamiento asfixiante y limitado, el director aplica una puesta en escena ágil pero sin aspavientos ni temblores de cámara. Y, de un pasillo a otro, de una habitación a la siguiente, convierte una vivienda y a un puñado de personajes en el centro del universo más espinoso de la conducta humana.

Quim Casas, en cambio, no acaba de creérselo:

Todo el drama se concentra en este espacio inalterable, del que no se puede salir pero tampoco entrar, con los francotiradores amenazantes en el exterior. Pero si el anterior filme de Van Leeuw era muy físico y casi abstracto, este se acerca demasiado a una forzada teatralidad.

Oti Rodríguez Marchante da la impresión de creérselo aún más de lo conveniente:

La sensación de realidad, de verosimilitud, incluso da qué pensar: ¿no estaremos dónde parece que estamos?… El director, el belga Philippe Van Leeuw, le otorga al plano y al movimiento de cámara (ese recorrer los pasillos de la casa con la tensión a cuestas) una función notarial que realmente es abrumadora, y consigue el pequeño milagro de encontrar ahí, entre el horror, la humanidad y la vida que pende de un hilo, y pequeños dramas tan enormes como la gran tragedia que los envuelve.

A “El buen maestro”, película de Oliver Ayache-Vidal, le da uno de sus célebres palos Nando Salvá

Nando Salvá:

Un profesor de un prestigioso instituto parisino es transferido a una escuela de la periferia y poco a poco, mientras logra que sus problemáticos alumnos exploren su potencial y su interés en la literatura, él mismo aprenderá a ser más persona. El buen maestro, en otras palabras, es puro cliché. 

Javier Ocaña la sitúa, bien, en la liga del gran público:

El buen maestro acude así a buena parte de los arquetipos del subgénero, pero es sincera y nunca les tiene miedo, incluso al doble paralelismo del amor no correspondido y al cliché de la novela guía en la que se pueden encontrar concomitancias con la vida real, en este caso Los miserables. Porque, sabedor de que juega en la liga del gran público, Ayache-Vidal es tan convencional en la puesta en escena como resolutivo en su didáctica cinematográfica, con un notable uso de las miradas.

Y Oti Rodríguez Marchante justifica que no sea tan extrema y “real” como otros títulos de profesores voluntariosos y alumnos desquiciantes:

El director de esta película, Olivier Ayache-Vidal, prefiere licuar su mirada (retrato a la acuarela) y ofrecer un dibujo de ambientes y de personajes no tan duro ni tan extremo como el de otros títulos (el baremo sería la magnífica «La clase», de Laurent Cantet) y deja una historia con más corazón que tripa, y desde luego entretenida, equilibrada en el drama y la comedia, útil y didáctica.

Y Sergi Sánchez y Jordi Costa se encuentran a gusto en esta historia nada convencional de zombies, “Los hambrientos”:

Sergi Sánchez

¡Qué placer disfrutar de una película de zombies sin coartadas! No se trata sólo de seguir los pasos de George A. Romero (Robin Aubert le reserva una dedicatoria), sino de combinarlas con la extática melancolía de las imágenes, con un sentido del humor que desengrasa las tragedias individuales y una especial habilidad para hacer de los zombis unos seres misteriosos, capaces de reunirse alrededor de una extraña pirámide hecha de objetos personales, como si fueran miembros de una secta sonámbula.

Jordi Costa

Los hambrientos recurre a una de las más socorridas corrientes temáticas del terror contemporáneo: la película de zombis o su variante, la de la apocalíptica infección viral. Aubert no se preocupa ni de justificar el contexto de su ficción –poco importa cuándo empezó esta pesadilla: lo que está claro es que los personajes llevan largo tiempo lidiando con ella y perdiendo (y sacrificando) seres queridos en el proceso-, ni de proporcionar una lectura alegórica al arquetipo zombi: si su película aporta alguna novedad o variable temática es la de sugerir, solo sugerir, que los infectados podrían estar esbozando algún tipo de indeterminada organización social, cuyo funcionamiento y objetivo le resultarán al espectador tan inasibles como a esos personajes abocados a correr (y matar) por su vida.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

 

@OtiRMarchante

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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