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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante: Los perros de Wes y la colita alegre de la crítica

Muchos estrenos este fin de semana pasado y algunos de ellos interesantes, como “Custodia compartida”, “Un lugar tranquilo”, “Sergio & Sergei”… Y luego además está el de Wes Anderson, “Isla de Perros”, el preferido por los críticos, aunque no haya tenido mucha repercusión en las salas. Como yo no soy muy fan de Wes y sus pelis, pues entiendo que  se flaquee en ese momento supremo cuando hay que retratarse en la taquilla… Las fabulosas críticas, el saco de estrellitas y, en fin, el mega halago a “Isla de Perros” no ha surtido efecto, tal y como confiesa Alejandro García Calvo en tuit (llorando estoy mientras veo los resultados de taquilla de ISLA DE PERROS, probablemente mejor película de 2018…).

Lo que yo pienso de “Isla de Perros” es otra cosa y podría resumirse en este párrafo de mi comentario en ABC:

El dibujo es atractivo, como lo son los muñecos y los imaginativos fondos, y también la animación siempre enfocada a subrayar la perplejidad animal. Pero el problema de «Isla de Perros» no está en lo formal, que ahí se divierte Anderson, sino en sus canales de transmisión, que, siempre al servicio de su concepto de la modernidad, no les da rienda suelta: ni es gracioso en lo cómico, ni dramático en lo triste, ni emocionante en la emoción, con lo que uno puede asistir perfectamente a su historia mientras se lima una uña del meñique. Incluso, dependiendo de la exigencia de cada cual, podría llegar a considerarse aburrido lo que te cuenta. Es como una manita de mate en los interiores de una caja brillante. 

Mucho más rotundo que yo es José López en No Solo Cine:

En su cine siempre me carga lo que cuenta, no me interesa. Con “Isla de Perros” (hay críticos que dicen que ha creado un nuevo y magistral modelo de animación) tengo la sensación de que sigue haciendo cine para ricos, que cada vez le interesa menos lo que narra y más la forma. Me he aburrido muchísimo. No me interesa nada en absoluto lo que cuenta, la historia. Anderson ha tomado muchas decisiones arbitrarias, entre ellas que los perros hablen en inglés, y los humanos en japonés, pero que esa parte no esté subtitulada.

Salvador Llopart aún conserva algo de modales y aunque subraya la “importancia” de Anderson (Bienvenidos al universo peculiar e intransferible de Wes Anderson), también advierte de algún escollo: (Demasiado complejo para poder decir que es infantil, aunque a veces lo parezca)…  Y termina su crítica casi pidiendo excusas por recomendarla: Tan solo es una historia de un niño y su perro, es cierto, pero nos arrastra por sus vericuetos como si fuera un agujero negro de pura melancolía. Otro Anderson, ni más ni menos.

Quim Casas hace un análisis mucho más elogioso de Wes Anderson y su película, y que acaba así:

Es imposible describir los mundos domésticos e íntimos de Anderson. Ahí reside el secreto de la fascinación que continúa ejerciendo su obra. En ‘Isla de perros’, además, ese mundo se mezcla de forma hermosa con el de autores tan diversos como Akira Kurosawa, Guy Maddin y Jan Svankmajer.

Luis Martínez en El Mundo ya va a saco (Paco) y títula su crítica: Obra maestra de humanismo animal. Y elijo solo un párrafo encendido dentro del incendio global:

Tomando como inspiración tanto los modales callados de Miyazaki como el humanismo violento del primer Akira Kurosawa, el director compone una extraña odisea que más que copiar reconstruye desde dentro el sentido mismo de cada gesto, de cada renuncia, de cada logro que nos define. Somos tan artificialmente humanos que llegamos tarde a la posibilidad de ladrar de forma digna y salvaje. Y en efecto, sin renunciar al humor hierático, al sarcasmo descontextualizado o a la simple tontuna, cada fotograma de la película vive atravesado por una rara fatalidad triste. Entre la desolación y el vacío, los personajes (el niño y su banda de perretes sin dueño) se mueven animados por la paciencia que aporta su más íntima dignidad. O animalidad. Y así hasta la creación de un universo geométrica y carnalmente perfecto.

Sergi Sánchez ya le aplica una de sus célebres “mahou cinco estrellas” y deja un elogio que, en cierto modo, explica su escaso éxito posterior en la taquilla:

Cada marioneta de ‘Isla de Perros’ podría considerarse un ideograma; cada gesto, un personal giro caligráfico; cada emoción pura se corresponde con un trazo más o menos ligero, más o menos oscuro, de esa letra jeroglífica. Es significativo que, en este hermosísimo haiku, donde cada arqueo de ceja canino cuenta tanto como un trozo de sushi cocinado en stop-motion, algunos de los diálogos en japonés no estén ni doblados ni subtitulados. Para Wes Anderson, que se ha convertido en el cineasta humanista que siempre aspiró a ser, el lenguaje de la animación es el camino más corto hacia nuestros corazones. Con ‘Isla de Perros’, se ha convertido, definitivamente, en el mejor amigo del hombre.

Y no menos disuasorio es este otro párrafo con el que arranca Jordi Costa su comentario en El País:

Cada plano de Isla de perros está diseñado con el gusto por el detalle, el cuidado en la composición y la exigencia en el equilibrio de una bandeja de bento. Cada corte de su montaje está ejecutado con precisión de un itamae-san preparando una impecable ración de sushi. Y al propio Wes Anderson no deben de escapársele esas metáforas, porque, en un momento de su película, las hace explícitas en una secuencia donde la preparación de un suculento plato se convierte en síntesis de las virtudes plásticas y dinámicas de una película que logra canalizar su acusado sentido del artificio en una caligrafía visual que apuesta por la síntesis y la esencialidad y nunca sucumbe a la tentación del desbordamiento barroco. 

…. Y visto o leído todo esto, resumiría el océano con este gota de ejemplo: una vecinita mía de 14 años y sus amigas se fueron a ver “Isla de Perros” el viernes (con todas las contraindicaciones por mi parte) y huyeron despavoridas a la mitad… No vieron el humor hierático del que habla Luis Martínez, ni el hermosísimo haiku al que se refiere Sergi Sánchez, ni tampoco la precisión de un itamae-san a la que alude Jordi Costa…

Y no cuento lo que me dijo Carlos Boyero al salir de verla, porque es literalmente irreproducible sin que esta página de No Solo Cine incorpore el famoso sistema del odorama, como John Waters.

Pero, como siempre, quien pone la nota justa es Nuria Vidal, que así comienza su entrada de blog esta semana:

Antes que nada: la película estrella de la semana es “Isla de Perros”, de Wes Anderson. Pero aún no la he visto. Así que se quedará para una próxima entrada….

“Una próxima entrada”… , que no es lo mismo que un “Hasta luego, Lucas”… Y, en fin, lo que hace esta semana Nuria es volver a esa línea clara de la crítica que consiste en el “de qué va” y en el “por qué me gusta”. Y se lo aplica a esos otros estrenos tan interesantes que aludía al principio: Custodia compartida (“porque no cae nunca en el melodrama y obliga al espectador a mirar directamente el problema”), Sergio & Sergei (“…Todo eso está en este film sencillo, hecho con muy pocos elementos, mucha imaginación y sobre todo una nostalgia no del pasado que fue, sino del que pudo haber sido. Pesadilla histórica.”), Un Lugar Tranquilo (“Porque los actores funcionan solo con sus miradas, sus gestos. Porque te mantiene en tensión sin sustos, y acabas participando de su miedo, aguantando la respiración para no hacer ruido”).

Otras opiniones relevantes sobre estas películas en un rápido repaso, que Wes Anderson se ha comido el pedazo gordo de la tarta:

Alberto Bermejo en El Mundo sobre Custodia compartida:

… La evolución de la película resulta imparable y, sin abandonar ni por un segundo esa sensación de rigor, se adentra en las respectivas motivaciones, sentimientos y emociones, en la intimidad de los personajes, sin perderse en vanas recapitulaciones, hasta retratar en su profundidad el infierno cotidiano en el que deriva esa pugna monstruosamente irracional.

Carlos Boyero también vive intensamente esta película y escribe de ella en El País:

Es una película áspera, incómoda, sin concesiones sentimentales, con un tono voluntariamente terroso, apegado a la realidad. Y te asalta el escalofrío con la tenebrosa estadística que esta te ofrece. Que se repite en cualquier lugar la aparición de enloquecidos o fríos salvajes que asesinan a su pareja y a los hijos que engendraron ejerciendo la venganza más sádica.

Oti Rodríguez Marchante intenta, en su comentario de ABC, mantener la incógnita de quién tiene la razón, pero…

Xavier Legrand, ofrece en esta primera, larga y templada escena inicial el punto de vista del matrimonio irreconciliable, y mantiene al espectador con ciertas dudas sobre quién de ellos, padre o madre, tiene la razón y si son justas las peticiones de ambos sobre la custodia… Dudas que despeja en cuanto la historia pasa de lo objetivo a lo subjetivo, y la cámara plena de autenticidad de Legrand va desmenuzando los comportamientos de ellos, y la violencia pasa a ser un elemento visible gracias a que el relato se instala en los ojos de Julien, el niño, interpretado con gran verosimilitud por Thomas Gioria.

Y de Un Lugar Tranquilo recogemos este párrafo de Luis Martínez en El Mundo:

El siempre inquieto Krasinski se limita a reformular los patrones más evidentes de la serie B para entregarnos un artefacto tan cuidadosamente obvio que no queda más que rendirse. Tan evidente en su formulación que asusta. Y mucho. Tan meticuloso en su silencio que hipnotiza. Digamos que estamos ante una cinta tan exactamente igual a cualquier otra que sólo puede ser el más irresistible de los alienígenas de la temporada. 

Es evidente que esta semana el Martes Crítico hubiera dado para mucho más, pero es aún más evidente que yo no. Y si alguien es capaz de llegar, leyendo, hasta estas líneas, le pondremos un sello en el carnet de martescritiquero, y cuando recopile cinco sellos tendrá derecho a una pulga de tortilla y una caña de cerveza.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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