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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante. Una de romanos (Todos los caminos nos llevan a Roma)

Las salas de cine se han adornado este fin de semana con un porrón de estrenos, y algunos interesantes. Títulos como “Galveston”, “Ralph Rompe Internet”, “Suspiria”, “Kursk”, “El regreso de Ben”, “Rey de ladrones”, “Apuntes para una película de atracos”…, y muchas más, pero aún ha cabido, por unos días y en muy pocos cines, “Roma”, la película de Alfonso Cuarón, una maravilla. Le dedicaremos a ella todos los comentarios que nos caben aquí. Esta semana había que escribir de esta película, y todo el que ha podido, lo ha hecho. Ofrecemos una selección:

Nuria Vidal

Y sobre todo Roma, me ha provocado una contradicción. Pensaba que sería un film que me emocionaría, que me llevaría incluso a la congoja del recuerdo. Y me encontré con un fragmento de vida que podía ser la mía (o parecida, aunque en mi casa nunca hubo criadas y mucho menos nanas) o aún mejor, la de mi hermana que en 1970 vivía muy cerca de la Colonia Roma y tenía dos niños como Toño y Pepe. No me emocionó, pero eso es lo mejor de todo. No necesito emocionarme para acordarme de mi casa, mi familia, el colegio, la calle, los troles las tolvaneras, el temblor… Eso lo tengo dentro de mí y me acompaña siempre. Por eso le agradezco a Cuarón que no me haga emocionarme con sus recuerdos sino volver a los míos.

Carlos Boyero

Ocurren cosas mágicas de vez en cuando en el cine. Este año he tenido esa infrecuente sensación con dos chorros de vida titulados Cold War y Roma. Ambas rodadas con sentido en inolvidable blanco y negro. Una en Polonia, la otra en México. Las dos bucean en recuerdos familiares. Pavel Pawlikowski en la vida de sus padres. Alfonso Cuarón en una época de su infancia, acompañado de sus hermanos, sus padres y una sirvienta indígena y probablemente analfabeta que veló por todos ellos, que en medio de la desolación sentimental, el abandono y la mezquindad que se ensañaron con ella tuvo fuerzas y generosidad para seguir arropando en todos los sentidos —la secuencia de los críos a merced del encabronado oleaje del mar provoca el escalofrío— a esa familia burguesa que habita en la ciudad de México.

Oti Rodríguez Marchante

Sin alarde, con la aparente sencillez de un ejercicio más de ese músculo raro que llamamos memoria, la cámara de Cuarón penetra, o se deja penetrar, sin agresividad en esa historia llena de alegría, amor, consuelo y protección hasta que, de modo sutil y natural, también permite que la violencia, la oscuridad y los miedos entren y masajeen ese músculo. Todo es emotividad sin cálculo, reflejo como de lo recién rodado, sentido, pero en la parte final se desborda hacia algo tan enorme, tan poderosamente puro, angustioso y gozoso, que se sale de ella como quien llega a la orilla de un mar agresivo y revuelto. Una película de la memoria y para la memoria.

José López

Todas las escenas son formidables, me gustaría destacar 5 en concreto: La de la playa, la de la visita a la tienda de muebles cuando en el exterior se produce una revuelta, la del entrenamiento masivo en un descampado practicando artes marciales (era la época en la que en cine triunfaban Bruce Lee y las películas de kárate), la de la cena cuando la madre cuenta a su prole lo que les ha ocultado sobre su padre y la del hospital que tiene una sensibilidad increíble pese a que muestra una realidad muy dura.

Quim Casas

Cuarón tiene estilo, pero ese estilo es inclasificable o, si se prefiere, dúctil y camaleónico. Solo de esta forma puede pasar de la gran producción estadounidense a una introspección tan personal, tan documental aunque la película no lo sea en el sentido estricto del término, filmada con una elegancia que en ningún momento es estetizante (las escenas en la playa, por ejemplo) y con un blanco y negro que podría rivalizar con el de la reciente Cold war. El cine en blanco y negro, afortunadamente, parece que ya no asusta en términos comerciales.

Luis Martínez:

La actriz natural o no-actriz Yalitza Aparicio encarna el punto de equilibrio siempre inestable de una familia que se desmorona entre las cenizas de una ciudad en armas. Son tiempos del denominado halconazo en un México, como el de ahora, recorrido por todas las contradicciones posibles. Y hasta alguna que otra imposible. Cada escena, cada cuadro de la película, se ofrece al espectador como un universo perfecto y completo. Allí, en la superficie siempre cristalina de una pantalla tintada de un blanco negro metálico, furioso, enigmático y perfecto, asistimos al drama mínimo de una mujer que se enamora. Eso y, al fondo, un hombre-bala que atraviesa el cielo. Eso y un coche descomunal que apenas cabe en un garaje transformado de golpe en metáfora. Eso y el dolor. Sólo el dolor. Y eso.

 

Sergi Sánchez

La intimidad, a lo grande. Si hay algo llamativo en Roma es la creación de un espacio íntimo, cómplice, entre el espectador y la vida que se despliega en la pantalla. Es, en comparación con Hijos de los hombres o Gravity, una película pequeña, aunque sus estrategias formales –la citada duración de los planos, un bellísimo blanco y negro, el uso de una riquísima profundidad de campo en los planos generales, en especial en la felliniana visita a un barrio de los suburbios con demostración de artes marciales incluida– no escatiman medios para que, sin darnos cuenta, hayamos puesto un pie en todos los lugares que Cleo, calladamente, habita.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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