Home / Críticas / Martes Crítico de Oti R. Marchante: Casi todo a favor de Scorsese

Martes Crítico de Oti R. Marchante: Casi todo a favor de Scorsese

El cine de Martin Scorsese justifica por sí solo la existencia de los críticos de cine, y el hecho de que haya estrenado su película en la primera semana de 2017 justifica que esta sección de los Martes continúe dando la matraca (ya sé que es una palabra que ahora no se usa, pues el hombre de su tiempo prefiere utilizar “brasa” o incluso alguna otra que desconozco). Para hablar mal de Scorsese tiene que gustarle a uno meterse en el jardín y pisotear las flores, y por eso comenzaremos el repaso con Carlos Boyero, el crítico de El País que no se arredra ante ningún terreno vedado, y que ha escrito el único comentario (que yo he leído) poco elogioso de “Silencio”. Sostiene que es aburrida y soporífera, en cual caso yo que él hubiera titulado mi crítica: Scortse-tse. Sé que no es un chiste sutil, pero habrá alguno por ahí que no lo entienda.

Recojo algunos momentos de Carlos Boyero sobre la película:

… Y confías en que el sacrificio de los cristianos, sus dudas, su miedo, su coraje, su estupor ante el converso más ilustre, su capacidad de resistencia, su claudicación aparente o real, termine implicándote, que Scorsese te transmita sensaciones tan volcánicas. Pero todo es monotonía y tiempos muertos. Y el deseo de que acabe de una vez algo inútilmente dilatado… Hay momentos que me hacen despertar. Las apariciones del inquisidor japonés, un villano sinuoso con permanente sonrisa de conejo. O la presencia, por desgracia breve, de ese actor notable, de voz hipnótica y personalidad tan poderosa que responde al nombre de Liam Neeson. Muy poco esperando tanto.

De mi comentario en ABC sobre la película, que es, en general, elogioso, tampoco se desprende la devoción sentida en otras críticas:

Todo es magnífico en la película (también reiterativo, cruel e irónico), y las interpretaciones de Andrew Garfield y Adam Driver están acordes con la tensión mesiánica de la historia, aunque la mejor, la más sorprendente, sibilina y perversa es la del japonés Shin’ya Tsukamoto y su personaje de gran budista inquisidor, donde despliega una imaginación en las artes del hacer sufrir realmente prodigiosas, y con cara de Fu Manchú. La ambición de Scorsese en “Silencio” es enorme, y también su despliegue y su intuición algo patológica de lo religioso. Y es excesivamente larga, pero no plomiza. Aunque algunos prefiramos al otro Scorsese, el más físico que metafísico, el que muele a golpes la pantalla.

Luis Martínez en El Mundo se hace dos preguntas, suponemos que oportunas:

..se discute de Dios, cuando el que sufre es el hombre. ¿Se puede querer a Dios y renunciar al hombre? ¿Cuál es el sentido último de esa extraña paradoja que el tiempo ha dado en llamar sacrificio?

Pero antes había visto otra discusión:

Silencio se mantiene en un virtuoso equilibrio entre la fiebre y el éxtasis donde lo que se discute es la distancia que media entre la representación y la realidad, entre lo divino y lo humano, entre la fe y la razón.

Quim Casas en El Periódico ha entendido otra cosa que yo, personalmente, no acabo de ver:

‘Silencio’ filma y opone dos mundos en el fondo igual de atávicos, el de los jesuitas que pretenden colonizar religiosamente el Japón feudal del siglo XVII y el de los japoneses que se niegan a ello -están en su perfecto derecho, viene a decirnos Scorsese-, aunque lo hagan utilizando la tortura como instrumento.

Lo que ve Sergi Sánchez en La Razón es al seminarista Scorsese, y alude a lo que ve el crítico Richard Brody, que el tío ve hasta “Centauros del desierto”:

En una imagen poderosísima de «Silencio», el padre Sebastiao Rodrigues (Andrew Garfield) ve su reflejo en el agua. Es el rostro de Cristo. Es una idea hermosa: por un lado, certifica la equivalencia de su martirio en el Japón de finales del siglo XVII con el de Jesús perseguido y crucificado por los romanos, y por otro, sugiere que esa persistente búsqueda de la fe, enfrentada con el no menos doliente silencio de Dios, es, en realidad, una búsqueda del yo, un viaje que entiende el sacrificio como una forma de narcisismo. En un solo plano, pues, Scorsese pone de manifiesto la complejidad de su proyecto, una película que lleva haciendo desde que era seminarista, desde que crucificó a Barbara Hershey en «Boxcar Bertha», desde que adaptó a Nikos Kazantzakis en «La última tentación de Cristo». Es la película del hombre que se debate entre lo terrenal y lo divino, siempre a solas, con una cruz que le quema en la mano. El crítico de «The New Yorker», Richard Brody, ha dado en el clavo: por fin Scorsese ha hecho su «remake» de «Centauros del desierto».

Y Jordi Batlle en La Vanguardia ve una película “de contenido”:

Cargada de complejidad y espesor dialéctico (película de contenido, como decíamos antes a la mínima de cambio), Silencio no deja de ser una obra con mucho cine clásico en su vientre, concretamente el patrón narrativo del cine de aventuras con pareja de héroes (Andrew Garfield y Adam Driver tomando el relevo de Walter Huston y Hunphrey Bogart o de Sean Connery y Michael Caine) abismándose en tierras muy lejanas e ignotas.

Lo de Scorsese era el estreno fetén del fin de semana, pero había otro título que también ha cosechado mucho entusiasmo crítico, y eso que es una peli de zombis, “Train to Busan”, del coreano Dang-ho Yeon.

Alberto Luchini en El Mundo dice de ella:

Suspense, acción, emoción, humor negrísimo, crítica social, melodrama familiar, notas etológicas sobre el mal intrínseco al ser humano y los inevitables y muy bien dosificados toques gores cohabitan armónicamente en un filme que no hace de los efectos especiales su razón de ser.

A mí me cuesta trabajo tomarme en serio este género, pero reconozco en lo que escribo en ABC que tiene más miga que corteza:

Es más fácil encontrar en la pantalla un miembro humano sin devorar que un instante de respiro, y puestos a buscar alguna reflexión en el avispero de ese tren, la única masticable es que tienen más peligro y maldad algunos seres humanos acorralados que esos pobres zombis tontos de solemnidad.

 

Jordi Costa en El País habla de todo en su comentario de “Train to Busan”, incluso de la película:

Tres años antes de que Orson Welles pudiese decir que el cine era el tren eléctrico más caro del mundo, Alfred Hitchcock ya había elaborado una literal ilustración de la idea en su gozosa Alarma en el expreso…….En 1972, Eugenio Martín firmó una de las aportaciones más gloriosas del terror de pipas español con Pánico en el Transiberiano….  (Y ya al final le toca el turno a Train to Busan)… La película es capaz de ir poniendo a prueba su impecable punto de partida en set-pieces de imbatible brillantez: el recorrido por los estantes superiores de un vagón, el descenso a una estación invadida… Muy cerca del final, Sang-ho logra la inenarrable síntesis de melodrama, aliento trágico y cursilería.

Lluis Bonet en La Vanguardia es sumamente elocuente con la película coreana de zombis, lo cual se agradece:

Todos los lugares comunes del efectista y reiterativo cine de zombis están presentes en “Train To Busan”, pero aunque no lo parezca se trata de una relectura que transforma esta película en una experiencia única.

Un estreno español, “Contratiempo”, consigue el efecto contrario, es decir, no convencer a casi nadie.

Antonio Weinrichter en ABC se explica estupendamente:

 Pese a ejemplos brillantes como «Sospechosos habituales», es un tipo de película que se agota en su pirotecnia: no aguanta un segundo visionado porque todo dependía de ese truco y porque el mcguffin que, según Hitchcock, es solo una especie de excusa para poner en marcha la maquinaria narrativa, ocupa aquí todo el espacio de una trama en la que no hay nada más…

Luis Martínez, en El Mundo, también se explica, pero de otro modo:

Fue Borges el que dijo que Dios creó las noches y los espejos “para que el hombre sienta que es reflejo y vanidad”. Para eso, cabría añadir, y para que Oriol Paulo se entretenga en componer laberintos tan virtuosos y grotescamente ingeniosos como éste. Porque Contratiempo, como antes lo fue El cuerpo, es básicamente un espejo en plena noche donde todo lo que se acierta a ver es el brillo de una duda. Tan lírico.

Javier Ocaña más que explicarse, se confiesa en El País:

Confesión inicial: este crítico pasa por una época en la que reniega especialmente de la obligatoriedad de la verosimilitud para todas las películas. Se ha subrayado “todas”, que es lo que además parece que reclama una mayoría del público, porque justo ahí reside el problema. Hay películas que deben ser creíbles, y películas que no tienen por qué serlo. …   En Contratiempo, en torno a un accidente con resultado de muerte, a un secreto y a una venganza, hay una buena cantidad de inverosimilitudes; también de casualidades forzadas, incluso de arbitrariedades. Pero ese no es el problema. Si hay que despotricar de la película, que no sea por eso. Y sí por su nula originalidad.

Y Beatriz Martínez en El Periódico es más comprensiva que comprensible:

En ‘Contratiempo’ vuelve a demostrar que es capaz de manejar a su antojo los elementos con los que cuenta para configurar una película de misterio eficaz y llena de capas yuxtapuestas para hablar de la culpa y la venganza, la manipulación y el poder. Lástima que, por el camino, en ese afán por retorcer la trama, se generen incongruencias y las claves del enigma se encuentren más encaminadas a despistar con elementos postizos, que realmente a construir un relato verosímil.

Y traigo al Martes Crítico una perla de Nando Salvá, que en El periódico, trata a Xavier Dolan y a su película, “Solo el Fin del Mundo”, como sólo él sabe hacerlo:

Xavier Dolan llevan tanto tiempo regalándole los oídos que ha dedicado más energías a nutrir su ego que a mejorar como artista. Como resultado, la sexta película que lleva rodada con solo 27 años es la peor de su carrera. En ella cuenta la historia de un joven que vuelve al hogar tras 12 años de ausencia para contarle a su familia que se muere, pero no puede porque los miembros de la prole –encarnados por un reparto a toda luces sobrecalificado— no dejan de gritar, a él o entre sí… En otras palabras, ‘Solo el fin del mundo’ es un persistente peloteo de gritos y lloriqueos y demás muestras de histerismo.

 

Y terminamos con Nuria Vidal, que en en su blog habla de tres desiertos (entre los estrenos de este fin de semana), el físico de la película de Jonás Cuarón, el místico de “Mimosas”, película de Oliver Laxe, y del desierto del alma, en la película de Martin Scorsese, “Silencio”, de la que considera que:

… deja muy claro que el sincretismo religioso que se produjo en Latinoamérica, en Japón era completamente imposible. Esta historia en manos de un director mediocre o peor aún de un director dogmático, sería insoportable. Pero es Scorsese el que se enfrenta al reto y lo hace con una película tan austera en su belleza, tan sensible en sus personajes y tan rigurosa en su discurso que uno no puede más que sentirse arrastrado a compartir con él y con sus misioneros, el dolor del silencio de Dios.

En fin, que lo único realmente cierto tras el estreno de la espiritual película de Scorsese es que el cineasta es incapaz de probar la existencia de Dios, pero, en cambio, prueba por completo la existencia de un saco de críticos de cine. Algo es algo.

Oti Rodríguez Marchante

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

Check Also

Crítica de la película “Liga de la justicia” (2017)

“Liga de la justicia” es un blockbuster aburrido, que tiene muy poca trama y muchas …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *