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El Martes Crítico de Oti R. Marchante. Con la crítica entre los dientes

Como me exilio durante algún tiempo, aprovecho mi huida para meterme con agresividad y baba de Alien con algún que otro crítico. El estreno de “Alien Covenant”, película que desde luego no es “Alien el octavo pasajero”, y el estreno de “Maravillosa familia de Tokio”, película que desde luego no es “Cuentos de Tokio”, nos permite observar cuánta falta de humildad y (lo que es peor) criterio tenemos los críticos de cine en cuanto nos ponen una gorra. Especialmente dirijo mi crítica feroz a Javier Ocaña, que se ha puesto como una hidra con la película de Yamada. Lean este párrafo:

Javier Ocaña, en El País:

¿Una familia de Tokio maravillosa? No, sobre todo si la mayoría de sus personajes son tan insoportables. No imperfectos, humanos o ambiguos, sino indefendibles. Comenzando por su anciano patriarca, un machista rancio al que finalmente Yamada indulta con un desenlace penoso. ¿Ozu? Más bien un destilado barato. Para comparar Cuentos de Tokio con esto, mejor sería hacerlo con La ciudad no es para mí, de Pedro Lazaga, con Paco Martínez Soria, que al fin y al cabo también trataba los mismos temas.

A ver…, digo yo… Si al viejo japonés de la película lo llama rancio machista, no sé de lo que sería capaz de llamarle Javier Ocaña a mi abuelo manchego. ¿Insoportables los personajes?… Obviamente no conoce al sargento Marguerit que tuve yo en la mili. Qué falta de ¿talento? para ver esta película, o al menos para escribir de ella. O igual es que tenía Ocaña un mal día; bueno dos, el que la vio y el que la escribió. Y pongo a continuación el arranque del comentario de José López Pérez en No Solo Cine para contrarrestar lo dicho:

La nueva película de Yoji Yamada (Osaka, Japón, 13 de septiembre de 1931), “Maravillosa familia de Tokio”, sabe combinar a la perfección comedia, drama y melodrama. Es excepcional. Una Obra Maestra. Es la demostración del amor que Yamada siente por el séptimo arte. Tiene 85 años pero está más lúcido y activo que nunca.

Y obsérvese el modo elegante de Jordi Batlle en la Vanguardia para, viendo lo mismo que Ocaña, no sacar pecho:

Precisamente titula Jordi Batlle su crónica sobre la película con el supuesto “insulto” de la de El País: “Martínez Soria en clave Ozu”, pero le busca y le encuentra todas sus cualidades:

Una película de comicidad serena, cortés, deliciosa… Yamada lo contempla ( a su Martínez Soria) como Aki kaurismaki a sus criaturas: con cariño, afecto, fina ironía… Esa es la palabra que la película derrocha en abundancia: simpatía.

Francisco Marinero en El Mundo también ve a Ozu, pero no vomita (quizá porque en realidad sí ha visto a Ozu):

Yamada vuelve a hacer un homenaje a Ozu con el marido viendo en televisión Cuentos de Tokio y asumiendo entonces su situación; Yamada no es Ozu, pero la veracidad sí se encuentra entre sus cualidades y el tema de la soledad está siempre presente aunque con la original paradoja de estar tratado a base de mostrar convivencia.

Nuria Vidal es respetuosa y ve lo que tiene de bueno el asunto, desde que ruede Yamada hasta que homenajee a Ozu sin matar a nadie:

El veterano director japonés, que a sus 87 años rueda su película número 84 (me doy cuenta cómo ha cambiado el mundo al comprobar cuántos directores de más de ochenta años siguen trabajando activamente, hecho insólito hace un tiempo en que a los setenta años ya era complicado que les permitieran dirigir). Volviendo a la familia de Yamada, solo decir que sigue la estela de Ozu, como ya hizo en Una familia de Tokio, pero con más sentido del humor, con más ironía. Ya desde su planteamiento: la abuela de la familia cumple años y cuando su marido le pregunta que quiere que le regale, le dice con total naturalidad: el divorcio. Este hecho conmociona los cimientos de toda la familia que de pronto se replantea los roles de cada uno de ellos en  el conjunto.

En cuanto a mí, Oti Rodríguez Marchante, tampoco encuentro motivos para tirarme de los pelos en lo que escribo en ABC:

Con enorme maestría y con voluntad de no alejarse en exceso del espíritu de Ozu, Yamada borda los caracteres de esa familia, de cada uno de sus miembros (qué gran retrato del viejo cascarrabias), hijos, cónyuges y nietos, y ofrece un combinado perfecto entre lo trivial y lo profundo, con un sentido del humor que no sólo resulta hilarante sino que apunta y acierta en dar esa sensación de derrumbe de todo aquello que se creía sólido.

Ahora le toca el turno a “Alien: Covenant”, película de Ridley Scott, también un señor mayor y respetable. Es cierto que nadie le falta el respeto, sino que, precisamente por tenérselo, le meten porrazos va y viene al no estar a la altura de sí mismo. No me parece mal, a mí tampoco me ha entusiasmado la secuela de la precuela, pero no me ha entrado alopecia por verla (creo que ha sido por otros motivos).

Mi amigo Carlos Boyero lo trata a Ridley Scott sin aprecio y sin menosprecio. Por él, Scott no hubiera rodado esta película. Vale:

Carlos Boyero en El País:

O sea: ¿por qué, para qué retorna el octavo pasajero?  Para una historia que ni siquiera es mala, rodada con tanta efectividad como ausencia de alma, mezclando la ideología de la estomagante Prometheus (dios, el creador, el control o la culpa sobre sus criaturas, chorradas enfáticas) con la trama en la que la inolvidable teniente Ripley se proponía seguir viva y derrotar a ese alien implacable que desconoce la piedad… A diferencia del primitivo Alien, aquí se habla mucho y ocurren pocas cosas. 

Al amigo Salvador Llopart titula “Esto ya lo he visto, y mejor”, y hace un comentario feroz, pero hay indicios de respeto:

No, con Alien no se juega. Ni precuela de la primera ni poscuela de la última ni nada. La cosa no cuela. Hay mucha decepción en esas dos estrellas con las que uno adorna/castiga esta reseña… Scott no tiene aquí ni norte ni guía…

A Luis Martínez en El Mundo me ha costado un mundo sacarle un párrafo; intuyo que la pone bien, pero sin volverse loco:

En la anterior película avasallaban hasta el más soporífero aburrimiento y ahora, de manera bastante menos agresiva, simplemente ilustran el caminoLa estrategia consiste básicamente en recuperar el nervio, en reproducir la tensión de la huida a ninguna parte, del mordisco por la espalda, de la baba que anuncia lo peor… Y no hay reproche posible. La cinta se mueve sin descanso entre la excitación y la fiebre añadiendo a la galería de villanos el peor de todos ellos. 

Y a mí, ante la imposibilidad de encontrarme un pedazo inteligible en mi escrito, opto por poner esta pieza entera en la que pretendo ser profundo y consigo ser engorroso:

En realidad sólo hay un elemento añadido y que ha adquirido cierta complejidad dramática en las dos últimas películas, que es la presencia en la trama del concepto androide: en esta aventura aquel David que interpretaba Fassbender en «Prometheus» se convierte en Walter, una versión humanoide mejorada y que le permite a Ridley Scott llevarse el auténtico duelo de esta película al terreno de la robótica: los dos caracteres de Fassbender, tanto el de David como el de Walter, son los mejor elaborados para las reflexiones que propone sobre la moral, todo ese grumo de pensamiento y comportamiento que solo concebimos en el ser humano, y que aquí es trasplantado a lo puramente antropomórfico. Hay más pasión en la lucha por la supervivencia entre los dos androides, entre sus dos códigos éticos, que en la de unos patosos humanos frente a esa malformación genética que son unos alienígenas que dan más asco que miedo, muy lejos de aquel que a punto estuvo de zamparse a la teniente Ripley.

Dicho todo lo cual, me dirijo hacia mi exilio: unos días en la Costa Azul, sin dar ni chapa, invitado a ver películas, codeándome con la flor y nata del séptimo arte, fiestas con actrices, largas charlas con directores prestigiosos, veladas en magníficos yates anclados frente al Palacio del Cine… Es lo que tiene Cannes, que a los plumillas nos tratan como a divas. Allá donde haya una brizna de respeto, detrás estará uno de esos seguratas del festival, que llegan ya bien reídos a la inauguración para no tener ni que sonreír en las dos semanas posteriores. Total, que hay que ir armado de valor, paciencia y madurez para soportar toda la tontería y nadería que se junta, y también, claro, unas cuantas películas buenísimas. Aurrevoire.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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