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Martes Crítico de Oti R. Marchante: Racismo, paraísos perdidos y partidas de ajedrez

Salimos de un fin de semana en el que no ha habido grandes estrenos, pero sí a porrillo. Una cantidad indecente de títulos y al menos la mitad de ellos pertenecen al género de si te he visto no me acuerdo. Pasaremos por el escáner de la crítica sólo tres, el de “Un Reino Unido”, porque escribe de él Boyero; “Z, la ciudad perdida”, porque la dirige James Gray, que nunca debe pasar desapercibido, y “El jugador de ajedrez”, porque es película española y aquí se le da bolilla al cine español.

De “Un Reino unido”, Carlos Boyero escribe en El País con esa frialdad con la que a veces castiga al cine que no le conmueve:

La directora Amma Asante es sumamente correcta narrando este problemático amor y sus derivaciones pero no existe nada en su película que te sorprenda o alborote tus fibras sensibles. El tono es moderadamente convencional y una música melosa y abusivamente utilizada pretende en vano que sueltes lagrimitas ante la dura supervivencia de este matrimonio ejemplar. No es una película molesta ni irritante pero tampoco conmovedora. En mi caso, aclaro.

Nando Salvá, en El Periódico, echa mano de su peculiar estilo para mostrar la indiferencia que le ha causado:

Las vergüenzas del colonialismo europeo reciben un tratamiento simplificado, sentimental y reconfortante… Aunque valiosa entendida como lección de Historia, es una película paralizada por su propio tacto… Pero los aspectos más escabrosos del racismo son obviados, y los amantes son tan nobles que resultan tediosos. Al final, su historia no llega a convencernos de por qué debe ser contada.

Salvador Llopart titula su comentario en La Vanguardia “Buenas intenciones”, y su consideración no mejora las anteriores:

Bien hecha y bien interpretada, sobre todo por Rosamund Pike. Pero blanda –y blanca- como un merengue…

Y tras bromear algo sobre los angelitos negros de Machín, viene a decir que con solo buenas intenciones no se hace un filme emocionante.

Mejor prensa ha tenido el estreno de James Gray, “Z, la ciudad perdida”,  de la que Javier Ocaña se harta a encontrar referencias en su escrito en El País:

Gray aborda la épica del perdedor, todos en su filmografía lo son, encajando a la perfección los prejuicios raciales con las maquinaciones de los poderes políticos y económicos, y la aventura con el autodescubrimiento, en una película que, por sus ambientes, sus personajes y sus simbólicas estructuras de río arriba, podría emparentarse con el Werner Herzog de Aguirre, la cólera de Dios Fitzcarraldo, pero que lo trasciende, o lo evita, con su particular humanismo sereno y con un clasicismo narrativo y de puesta en escena que hace pensar más en John Huston, o en Peter Weir, que en el director alemán.

Quim Casas le dedica muchos elogios en El Periódico, aunque la valora por debajo de otras obras suyas:

Gray mezcla romanticismo victoriano, la influencia bélica de la época, el ansia de conocimiento, drama familiar y aventura física –tupida selva, serpientes venenosas, enfermedades, rituales caníbales, el lento avance por los ríos amazónicos, el conflicto entre civilizaciones– hasta configurar una de sus obras más atrevidas y a contracorriente, quizá no tan redonda como sus thrillers melodramáticos sobre familias de delincuentes y la frágil línea que separa el bien del mal, pero igual de intensa, bella, personal.

Sergi Sánchez se muestra sorprendido en La Razón con esta película de James Gray que, considera, no se parece a las otras suyas:

Su cine, esencialmente neoyorquino, no hacía prever un viaje a la selva amazónica, el regreso de la leyenda de El Dorado, otra vuelta de tuerca al género de aventuras exóticas… En el último tercio de metraje, cuando la película penetra lentamente en el reino de lo fantástico, y su presunto clasicismo se disuelve en la transparencia espectral de las imágenes.

Jordi Batlle también habla en La Vanguardia de ese tramo final de la película, “concerniente a los lazos que se estrechan y unen a padre e hijo”, y habla de “la capacidad de Gray para transmutar la realidad del relato en un estallido hipnótico, mágico, cercano al cine fantástico (la noche, las antorchas…) o al infierno de Apocalypse Now”.

Oti Rodríguez Marchante, en ABC, elogia lo que no ha hecho Gray con su historia:

James Gray evita también el doble «peligro» que pide esta historia: se aleja del encanto peliculero de Indiana Jones y regatea el síndrome Lope de Aguirre: no hay espectáculo ni locura en la empresa de Percy Fawcett, sino curiosidad intelectual y ambición científica. También hay una extraña ambición en Gray al abarcar todas las expediciones que hizo Fawcett al inexplorado mundo amazónico (…) Probablemente hubiera sido más «cinematográfico» centrarse en cualquiera de esas expediciones, pero no estaría en ella toda la complejidad del personaje.

En cuanto a “El jugador de ajedrez”, de Diego Padilla,no se puede decir que haya causado entusiasmo crítico, aunque personalmente creo que está un peldaño por arriba de lo que rezuman los comentarios sobre ella:

Javier Ocaña en El País le reprocha academicismo:

… El ajedrez sólo sirve como marco, pero jamás como metáfora de nada. Es un tema de imagen, de apariencia, pero nunca de complejidad. Incluso el protagonista, gran ajedrecista, parece incapaz de adivinar las jugadas vitales de sus oponentes, las que lo llevan a una prisión francesa durante años alejándole de su familia, cuando la estrategia se ve venir a la legua. Pretende ser cine clásico, pero solo es académico. 

Luis Martínez en El Mundo le reprocha academicismo:

… La película se empeña desde el primer movimiento en las tablas. Predecible desde la salida, todo sigue los dictados melodramáticos de una producción vocacionalmente académica; anodina hasta la exasperación. Es más, el propio juego desempeña un papel sin justificar, cuando no completamente arbitrario. Es ajedrez como podría ser el parchís. Peón por peón.

Beatriz Martínez, en El Periódico, le reprocha academicismo:

‘El jugador de ajedrez’ se convierte, en ese sentido, en un ejercicio de academicismo tosco y un tanto casposo, demasiado formulario a la hora de poner en imágenes una historia que funciona alrededor de un mecanismo narrativo tan previsible como plano. La película adapta la novela homónima de Julio Castedo y mezcla una serie de ingredientes bélicos que entroncan con el cine de espías para contar un relato de supervivencia y de amor en tiempos de guerra que no termina por adquirir la fuerza emocional, la relevancia histórica ni el alcance metafórico esperado.

Y Oti Rodríguez Marchante en ABC arranca su comentario sin reproches y con este párrafo que está muy cerca de ser brillante, y no lo digo porque sea mío. O bueno, sí:

Como en «El séptimo sello», el personaje central de esta película, Diego Padilla, juega una partida de ajedrez contra la Muerte, aquí vestida de oficial nazi, y es un momento (el mejor de la película) que te hace amar el cine por cómo lo cuenta y el ajedrez por lo que cuenta. El oficial da por perdida la partida y el joven ajedrecista voltea el tablero y coge sus fichas y mueve hasta que el oficial vuelve a dar por perdida la partida, pero Padilla voltea de nuevo el tablero y a conseguir la misma situación ventajosa… Puede uno quedarse prendado de las reflexiones que todo esto provoca hasta el punto de perderse el hilo de esta historia.

Y colorín colorado, este Martes Crítico se ha acabado. Me voy a ver el nuevo Alien de Ridley Scott, y me llevo un bocata de patitas de calamar en su tinta para cuando el bicho se venga arriba.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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