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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante: El aguardiente de Del Toro

En general, los críticos han mostrado su entusiasmo con la película de Guillermo del Toro, “La forma del agua”, y aunque yo personalmente no estoy seguro de que esté para tantos Oscar como los que opta, también me siento atrapado por su forma y por su agua, y porque es una historia que guarda en su ingenuidad toda su malicia… Pero la peli maliciosa del fin de semana es “The Party”, pequeñita y con mala leche, como suele suceder.

Empezamos nuestro paseo por las críticas por el jugoso arranque de Núria Vidal sobre “La forma del agua”, en el que explica lo básico, que suele ser lo más difícil de saber.

Nuria Vidal:

“El agua adopta la forma de lo que sea que la contenga en ese momento, y aunque el agua puede ser algo muy apacible, también es la fuerza más poderosa y maleable del universo. Así es también el amor, ¿verdad? Independientemente de la forma que tenga aquello en lo que depositamos nuestro amor, éste se adapta, ya sea a un hombre, a una mujer o a una criatura”. Me gustan mucho estas palabras de Guillermo del Toro. Bueno, en realidad lo que me gusta de verdad es su nueva película, La forma del agua.

Carlos Boyero explica otra cosa:

Con La forma del agua creo que ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona. Me fascinan sus imágenes, me preocupa el presente y el futuro de sus atribulados personajes, me creo algo tan irrazonable como el romance (abarrotado audazmente de sexo en un presunto cuento de hadas) entre el sufriente monstruo anfibio y la muda que jamás perdió la pureza, me da mucho miedo el villano, me empapo sin esfuerzo de esa atmósfera tan insólita, me transmite emoción, sentimiento y magia. Y puedo entender ante la arriesgada y poética fabula que ha filmado Guillermo del Toro que determinados espectadores la encuentren irreal e incluso ridícula. Pero no estoy dispuesto a discutir con nadie sobre ello. O entras, o te quedas fuera. 

Luis Martínez ve ahí cine sonámbulo:

Sobre la figura obstinadamente pura de su protagonista, Del Toro levanta una fábula que quiere ser a la vez “antídoto contra el trumpismo” (la expresión es del director) y reivindicación apasionada de la imaginación. La cinta navega, de forma literal, sobre la retina del espectador como un animal alucinado y herido. Es cine sonámbulo tan evocador como decididamente incómodo. Es cine, en definitiva, sobre la necesidad de lo otro, de lo extraño, de todo aquello que, desde la sombra, construye y desarma la propia realidad. Es cine que invoca a la imaginación como la única herramienta política contra la más grosera de las evidencias.

Quim Casas subraya lo anómalo:

Dirimir el interés de ‘La forma del agua’ en si es un cuento de hadas o un relato de zoofilia parece, teniendo en cuenta quien es su director, un ejercicio un tanto estéril. Fascinado por los universos acuosos y húmedos de H. P. Lovecraft, autor que desarrolló particulares criaturas marinas y submarinas en sus historias de terror, Guillermo del Toro ha planteado en varias de sus películas aspectos que reencontramos aquí. Quizás ahora sea más frontal, pero la fascinación por lo anómalo, la deformación y la mutación, y el choque entre nuestro mundo y estas criaturas sobrenaturales, ya estaba presente, en mayor o menor medida, en títulos como ‘Mimic’, ‘Hellboy’ o ‘El laberinto del fauno’.

Salvador Llopart encuentra sus disidencias:

La forma del agua habla de amor sin avergonzarse ni olvidar el poder del sexo entre una mujer tan muda como aislada (Hawkins) y un monstruo marino tan inquietante como, a la postre, entrañable. En cierta forma, también es la historia de tres disidencias: la muda protagonista, mágica en su silencio como Chaplin; su amiga (Octavia Spencer), sometida a la vida doméstica, y el vecino gay (Richard Jenkins), perseguido. Incluso por él mismo. Los tres frente al sistema que tiene el rostro desencajado de Michael Shannon.

Sergi Sánchez va a lo negro, el sexo:

Lo más hermoso de la película de Guillermo del Toro es el modo en que explica el amor como un idioma físico, sensual, más allá del texto, convirtiendo así la columna vertebral de su relato en la crónica de dos cuerpos sin voz que se aman y se desean invocando la pureza de una imagen que no necesitaría hablar para explicarse. No debe de extrañarnos, pues, que el cineasta mexicano erotice la inocencia de su heroína y se permita el lujo de mostrar, aunque con la justa dosis de pudor, lo que parecía irrepresentable: esto es, que las princesas y los monstruos también disfrutan del sexo.

José López no es tan apasionado con la película:

Hay películas que ganan mucho tras su visionado, no es el caso de “La forma del agua” ya que a medida que avanza va perdiendo interés, se va desinflando y termina siendo previsible, e incluso parte de su resolución es rutinaria. Justo lo contrario de lo que sucede al principio donde la originalidad logra brillar como en pocas ocasiones. No tiene el empaque y la fuerza de la película de Del Toro que más podría parecerse a esta, “El laberinto del Fauno”. 

Y Helena García Castaño, también en No Solo Cine, es reticente, pero a favor:

Coincido con mis compañeros Jose y Natxo en que “La forma del agua” empieza fuerte, para ir apagándose en su última parte. Eso no quiere decir que sea peor, si no que la magia y emoción que te envuelve al principio va desvaneciéndose, dando paso a una sensación puramente de espectador de un thriller. Pero, en mi opinión, y porque objetivamente soy menos cinéfila que ellos, reconozco que su desenlace me sorprendió y, aún hoy, no logró decidir si estoy o no de acuerdo con este final.

Oti Rodríguez Marchante no porta gran cosa, pero lo pongo aquí porque es amigo:

De esta película se sale absolutamente empapado, por su forma de gran alberca y por su contenido acuático. Pero, ¿cómo se entra?, desde luego no por las escalerillas de algún borde, sino en plancha, o en «bomba», por su arranque de fábula (voz en off), por su reconocible música de Alexander Desplat, por su estética de un futurismo de anteayer, por ese universo retro y fantástico propio de Guillermo Del Toro tan propicio a que otros, como Jeunet, reclamen como «propio», y por esos personajes entre la ingenuidad de “Amélie”, la delicadeza de Cocteau y la humedad de alcantarilla.

Sobre el estreno de “Cuando dejes de quererme”, una de intriga, conviene leer este párrafo de Javier Ocaña y su queja porque no es la película que él quisiera que fuese, y le reprocha que sea como el director quiere, es decir entretenida:

De hecho, a Legarreta y a sus guionistas los subtextos se les escapan vivos, pues sólo aparecen con convicción en los últimos minutos —el miedo, la presión social y política, el amor en todas sus vertientes—, y se verbalizan en textos muy explícitos, no vaya a ser que el espectador tenga que darle un poco a la cabeza. Viene la comparación a cuento porque no parece que sea casualidad y sí tendencia en el cine español anteponer el entretenimiento sobre la reflexión, la luz sobre la sombra, incluso en una película sobre el conflicto vasco, dárselo mascado a la platea. Dicho esto, digamos que Cuando dejes de quererme es, y como quiere ser, una película básicamente entretenida. 

Beatriz Martínez la ve de otra manera:

Dos argentinos que regresan a Euskadi para investigar un asesinato del pasado. Este argumento podría dar pie a una película cómica o a un ‘thriller’ políticoEl debutante Igor Legarreta apuesta en su ópera prima por mezclar ambos géneros y sumarle unas gotas de romance y otras de misterio familiar para componer una película sobre la memoria histórica y la necesidad de reconciliarse con las raíces, que mira hacia atrás como una forma de desenterrar las miserias de nuestro presente. 

Lluis Bonet también la ausculta con buenos ojos:

Esta ópera prima de Igor Legarreta soslaya en todo momento los excesos dramáticos y procura reflejar el macilento interior de unos seres duramente golpeados por un pasado en constante reaparición. Hay numerosos saltos temporales y algunos incluyen referencias al terrorismo de ETA. El cineasta vasco describe a la joven protagonista como la “personificación viva del personaje sin hogar, cuya existencia ha quedado marcada por el lugar que la vio nacer”.

Y Oti Rodríguez Marchante a punto está de descubrirnos algo:

El director, Igor Legarreta, dosifica las intrigas para envolver al espectador en el suspense de unos hechos pasados y de unos amores raros, y en la investigación que se funde con cierto tono de comedia (gran actor Eduardo Blanco) y con una historia casi romántica entre el agente de seguros Miki Esparbé y la sorprendente Flor Torrente. 

Sobre “The Party”, la película maliciosa de la semana, bastará saber lo que dice de ella Alberto Bermejo:

Una comedia mordaz, afilada y bien engrasada para hacer volar por los aires buena parte de las convicciones autocomplacientes de una determinada élite, como es la vieja izquierda desencantada, acomodada y resignada a aceptar las contradicciones del sistema. Eso es en esencia el magnífico nuevo trabajo en blanco y negro de Sally Potter con un guion milimetrado, de diálogos relampagueantes, con espíritu de obra teatral en un acto, en torno a siete personajes reunidos en el espacio casi claustrofóbico.

Aunque es Antonio Weinrichter el que la borda en este párrafo:

Es el título más asequible de Sally Potter, que empezó haciendo cine feminista de alta teoría, consiguió adaptar a la Woolf en un «Orlando» a mayor gloria de la androginia de Tilda Swinton y luego… se distinguió sobre todo por su oído para seleccionar la música de sus películas. Aquí su buen oído se amplía para escribir unos diálogos cortantes y brillantes que modulan la cascada de shocks. No vale la pena caer en el spoiler, sólo aventurar que tenemos, seguro, permiso de Potter para reírnos más de una vez de tanta desdicha junta hasta el maravilloso clímax final, un gag perfecto: Oscar Wilde lo hacía mejor pero en esta era de «post-humor» aún sorprende la eficacia de la inteligencia para deconstruir un cierto grupo social. 

Y hasta aquí puedo escribir, que es lo mismo que decir que hasta aquí podéis leer.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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