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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante: A la Warner no le gusta la de Clint Eastwood

Debería haber sido la película del fin de semana para la crítica, pero “15:17. Tren a París”, lo último de Clint Eastwood, le fue escamoteada a los críticos por decisión (supongo) de la Warner, que lanzaba así el mensaje de que no confiaba en ella. Y pasó a ser la película de los críticos “The Florida project”, la cual, por cierto, se merecía ese puesto, digamos, a juzgar por los comentarios que ha tenido una y otra. Porque hubo algún crítico que sí vio lo de Eastwood, como Federico Marín, de ABC, o Carmen Lobo, de La Razón, en un pase a última hora y con la esperanza de que alguno no llegaran. Y eso es no conocer a Luis Martínez, de El Mundo, que también escribió el viernes de ella, porque para que haya una peli que no vea Luis Martínez antes de su estreno es preciso que no se haga, y ni aún así  se libraría de su crítica. Es un crack.

En fin, los comentarios de “15:17…” no son buenos, pero aquí están:

Federico Marín

En la escritura vuelve a confiar en la guionista de «Sully», Dorothy Blyskal, quien titubea con la estructura, aunque quizá sea una decisión de montaje. El caso es que alguien decidió alterar la narración lineal y «hacer un Iñárritu». Al mexicano le suele salir bien su falta de confianza en el orden natural, pero en el cine de Eastwood, tan cristalino, el invento tiene tanto sentido como colar un alienígena. La cosa es leve, pero lastra el ritmo al principio, por no hablar de su afición woodyallenesca a hacer turismo en Europa. Luego está la dirección fantástica de unos actores que ni siquiera lo son y la magistral manera de colocar la cámara donde menos molesta. Disfruten de lo bueno de Clint, porque no puede quedarnos mucho.

Carmen Lobo:

Sí, algo falla y la emoción no se produce, como le sucedería con «El francotirador» (2014), por ejemplo. Un largo «flash-back» al principio (abundan en la cinta, porque el breve, rápido hecho en sí no daba para los 95 minutos del metraje) introduce al espectador en el mundo, diez años antes, de los jóvenes cuando todavía son niños, en las complicaciones a las que se enfrentan siempre las madres solteras, en los castigos escolares y los juegos con pistolas aún de plástico. 

Luis Martínez:

Toda la película está enfocada a la muy efectiva, eso sí, escena final. Hasta llegar aquí, la cinta navega por un confuso, retórico y algo predecible gazpacho donde todo se mezcla: Dios (“Dios no entiende de estadísticas”, se escucha), la patria, el destino, los bailes en Ámsterdam y el ardor guerrero. Todo ello tan machirulo (o recio) como rutinario. De repente, Eastwood insiste en sus modales más toscos, cuando no simples, que tan buen resultado le dieron en taquilla de la mano de ese monumento a la confusión que es El francotirador.

 Nando Salvá también la tenía vista para desgracia de la Warner:

Eastwood decidió contratar a los héroes reales de esta historia para que se interpretaran a sí mismos, presumiblemente para enfatizar la verosimilitud de la película. Al parecer también decidió que, pese a la falta de experiencia, no hacía falta dirigirlos. Error. Y a los efectos de esa incapacidad interpretativa hay que añadir un guion que no ofrece reflexiones sobre el destino o los mecanismos del coraje ni sobre el contexto de terrorismo global en el que el suceso tuvo lugar ni nada que no sea el heroísmo de tres americanos devotos de Dios, las armas y la bandera. ¿El resultado? 80 minutos de escenas banales que carecen por completo de complejidades psicológicas y suspense y drama sucedidas por unos pocos minutos de acción impecablemente rodada. 

José López se fue de urgencia el mismo viernes a verla:

Sorprende que el film es algo descuidado, su factura falla,  y, también, que el desenlace no tenga el ritmo requerido. Le falta épica. Todo queda como una mera anécdota, es muy superficial, cuando la historia que cuenta me parece que podría haber dado para más… “15:17 Tren a París” en definitiva me ha parecido mejor de lo esperado, pero no está a la altura de las mejores obras de Clint Eastwood.

Y recojo también un comentario de Huges, cronista deportivo y político de ABC, porque hace un análisis muy interesante y más elogioso:

Hughes:

Yo no sé nada de cine, pero me pareció una película especialmente emocionante. Es la siguiente en una serie de retratos del héroes americanos: American Sniper y Sully. Y la que diciendo menos quiere decir más. El protagonista es simple, es un hombre simple, de inteligencia pobre. Yo no sé si se ha visto bien la impresionante simplicidad de la película y cómo Eastwood les retrata en toda su candorosa humildad. La valentía del protagonista cuando acepta exhibir sus limitaciones. Es enternecedor su paso por Europa, su mirada a las cosas, a cosas que le exceden. Se abandona toda pretensión. Son de una normalidad absoluta.
Es que esos minutos de los tres en Europa son un hito. Su bondad y candidez parece tener algo anestesiado, alguna carencia. ¡Su paso es tan puro!… Creo que llega al grado cero de su retrato del americano normal.

De Florida Project, en cambio, todo son elogios, o sea que la Warner en realidad le vino a hacer un favor esta pequeña pero gran película:

Carlos Boyero:

… Esas criaturas no han perdido la alegría de vivir, corretean con jolgorio durante todo el día, conocen prematuramente el ritmo, la picaresca, los engaños y las inconfesables normas de la calle, muy mal se tiene que dar la cosa para que no pillen por el morro su ración diaria de helados y chuches. Y me quedo colgado con la desbordante criatura de seis años que interpreta (o vive con absoluta naturalidad) la niña Brooklyn Prince, con su alegría, su incesante correteo, su imaginación práctica, su instinto de supervivencia.

Antonio Weinrichter:

Generoso, Baker mira con igual falta de moralismo a los adultos –son todas mujeres sin marido que malcuidan a sus infantes, si bien se reserva un personaje de ángel de la guarda irresistible para el tantas veces inquietante Willem Dafoe. Y nos reserva a nosotros espectadores un final tan emocionante como la canción de «santa» Judy Garland que hablaba de ese arcoíris inalcanzable para estas niñas.

Nuria Vidal:

Al salir de la proyección de The Florida Project, la crítica comentaba que esta película desmentía la famosa frase de Hitchcock de que nunca hay que trabajar con niños. Otros la comparaban con el cine de Ken Loach. Yo no estoy de acuerdo con ninguna de las dos cosas. El cine que hacía Hitchcock era imposible hacerlo con niños: el mago necesitaba manipular, controlar y despreciar a partes iguales a sus actores y eso, es muy difícil de hacer con un niño. Baker, en cambio, les cede todo el protagonismo, los sigue, comparte con ellos su vida, sus risas, su inocencia y su irresponsabilidad. Incluyendo entre sus niños no solo a Mooneey y sus amigos sino también a su casi adolescente madre, Halley.

Y Luis Martínez tiene, como es habitual, algo que decir de ella:

Es una película construida de recuerdos olvidados, de ilusiones vanas y de color melocotón. Y pese a ello, pese a su libérrima condición onírica, tan naturalista y fiel al crudo exotismo de la realidad como un documental de Wiseman. La cinta cuenta la vida de Moonee (Brooklynn Prince), una niña entregada a asuntos tales como hacer la vida imposible a cada adulto que le rodea (especialmente a un sufrido Willem Dafoe), comer helados gratis y perseguir algo. ¿El qué? Eso no lo saben más que sus pies.

En fin, algo que no es la primera vez que ocurre y que no será la última. Pero con Clint Eastwood, rechina.

@OtiRMarchante

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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