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Martes Crítico de Oti Rodríguez Marchante: Con Pixar y Álex de la Iglesia hemos topado

Esta semana de estrenos daba para mucho trabajo crítico y para distraerse en las preferencias de cada cual. Para mí, había tres películas para el pódium, la de Pixar, “Coco”; la de Méndez Esparza, “La vida y nada más”, y una tercera más sencilla y muy emocional titulada “Wonder”. Este pódium cambiaba ligeramente en otros críticos, como José López, que tengo la impresión de que sustituiría la de “Coco” por la de Alex de la Iglesia, “Perfectos desconocidos”. Y varios más no dejarían fuera la de Lhantimos, “Sacrificio de un ciervo sagrado”. Se apuntan en racimo algunos comentarios sobre estos títulos:

Carlos Boyero habla de su alergia a los teléfonos móviles y de la afición de Álex de la Iglesia a dilatar los finales de sus películas y a desmadrarse en ellos. Pero es, a pesar de ello, favorable a “Perfectos desconocidos”:

… A los cinco minutos estoy enganchado a las situaciones tragicómicas, tensas, patéticas, surrealistas, corrosivas que plantea esta película impecablemente dirigida (…). Aquí demuestra en un espacio cerrado que puede ser un narrador sutil, revelador en los pequeños gestos, consciente del valor de una mirada, un pequeño gesto, un silencio incómodo, una elipsis.

 

Nuria Vidal reúne tres estrenos en torno al concepto de “desconocidos”, “La vida y nada más”, “Sacrificio de un ciervo sagrado” y la de Álex de la Iglesia:

Lo interesante del film de Esparza es la manera como nos plantea este neodocurrealismo, con actores no profesionales que se meten en las vidas de unos personajes que son y no son ellos mismos. Sin música, con elipsis atrevidas y soluciones nada maniqueas a situaciones que responden a la vida y nada más.

Lanthimos no es un director convencional y con este material que podría ser un melodrama o una película de terror, construye un artefacto poblado de aliens escapados de los ladrones de cuerpos de Siegel, seres sin emociones, sin sentimientos, perfectos en sus comportamientos y reacciones. De una apatía y una indiferencia ante el mundo que dejan en evidencia con unos diálogos neutros, sin emoción. Incluso la terrible decisión del sacrificio, digna como se ha dicho en muchas críticas, del mejor Haneke, carece de la frialdad que el austriaco impregna en sus historias.

El ritmo no decae nunca, los giros se encadenan de una forma continua, todo lo que sucede es verosímil. Comedia negra casi de Agatha Christie (¿quién es el asesino de esa noche de luna roja?) acaba derivando hacia una revisión de Melancolía, el planeta de Lars von Trier que iba a acabar con el mundo. De alguna manera los perfectos desconocidos seguirán siéndolo al final salvo para uno de ellos: el único que ha sido capaz de dar un paso atrás para poder seguir adelante. Uno de los mejores trabajos de Álex de la Iglesia en mucho tiempo.

 

Luis Martínez se ocupa de “Coco” y de “Perfectos desconocidos”, y con muchas reticencias:

Cada uno de los elementos que deberían hacer de Coco algo así como la enésima obra maestra de la factoría acaban por desvelar de manera demasiado evidente el artificio que los mueve. Pocas veces antes todo resultó, pese a los logros a la vista, tan melodramáticamente inane, tan aparatosamente tramposo.

La estrategia de Álex de la Iglesia consiste en negarse a sí mismo, en pelear contra “la enfermedad” (la definición es suya) del estilo. Lejos de la tentación del exceso con la que tantas veces ha ahogado buena parte de sus premisas más brillantes, ahora De la Iglesia se somete voluntariamente a una dieta estricta de sí mismo. Sólo cuenta lo que duele, lo que avanza, lo que escuece, lo que se desangra. Cada actor (todos brillan) se adapta al ritmo interpretativo del que tiene a su lado hasta arrojar una imagen fiel de un caos provocadora y debidamente domesticado. Y todo ello, en un ambiente apocalíptico que empapa cada fotograma y, con inteligencia, aleja el texto original del cargante casticismo que sepultaba a la cinta predecesora. Eso sí, lástima de final tan cobarde.

Nando Salvá escribe de “Coco” y, aunque se le ve con ganas, no se la carga. Y de “Wonder”, que le molestan un poco sus buenas intenciones. Hubiera preferido dureza y reflexión. Ea.

‘Coco’ no posee la originalidad de ‘Ratatouille’ ni el lirismo de ‘Wall-E’ o la inventiva de la primera parte de ‘Up’. En cambio, echa mano de una paleta visual deslumbrante para compensar una narración algo formularia que acarrea mensajes genéricos sobre la importancia de la familia y de venerar a nuestros ancestros, y que no saca jugo del ecosistema en el que transcurre como sí hacían ‘Buscando a Nemo’ ‘Del revés’. Y pese a ello es un alarde de ingenio creativo por parte de Pixar en tanto que logra hablar de la inevitabilidad de la muerte de un modo que resulta endiabladamente entretenido para el público infantil y a la vez invita al adulto a reflexiones de peso. 

“Puestos a elegir entre estar en lo correcto y ser amable, es mejor ser amable”, dice alguien al principio de ‘Wonder’, y esa máxima ilustra cada una de las escenas de la película. En lugar de hacer una película veraz y reflexiva, el director Stephen Chbosky ha preferido hacer una afectuosa, y llena de buenas intenciones y mensajes a favor de la tolerancia y la cordialidad que nunca suenan del todo sinceros.

Sergi Sánchez apunta solo algunas de las cualidades de “Coco”, pero su apuesta es claramente por la de Lanthimos:

Es precisamente en la representación de ese Otro Lado que parece un parque temático diseñado por mayas pasados de peyote donde «Coco» despliega una inventiva cromática difícil de igualar: a quién no le gustaría estar muerto por unas horas si fuera a cambio de visitar semejante paraíso fosforescente. No es el único hallazgo formal. Los creativos de la Pixar no se cansan de mejorar el volumen de sus personajes, la textura de la piel humana –el vello aterciopelado de Miguel, el rostro agrietado de la abuela Coco– y el hiperrealismo de sus movimientos de cámara.

Así las cosas, el contenido alegórico del filme, que podría emparentarlo con el «Teorema» de Pasolini en su crítica a las hipocresías de la burguesía… Es inevitable que el rigor formal con que Lanthimos dispone los elementos de esta fábula cruel nos recuerde al Kubrick de «El resplandor» y «Eyes Wide Shut». Sin abandonar algunos de sus más reconocibles rasgos de estilo –sobre todo, en la dirección de actores y el automatismo, entre ausente y perturbador, con que recitan los diálogos–, la película despliega su maldición entre simetrías espaciales y movimientos de cámara siniestros.

Javier Ocaña es más receptivo y generoso con “Wonder”:

Aunque resulte materialmente imposible no soltar unas lágrimas, el director de la también estupenda Las ventajas de ser un marginado (2012), basada en una novela propia, nunca fuerza la tuerca de lo melifluo. Sus toques de fantasía, con un crío que se refugia en una realidad paralela, la de Star Wars, para hacer frente a la batalla diaria que le espera, y su sentido del humor acompañan siempre al evidente melodrama que domina el conjunto, elegante y respetuoso.

Jordi Costa apuesta por “La vida y nada más”:

Méndez Esparza es un hijo (o nieto) del neorrealismo, esa estética de ruptura que, como bien supo interpretar André Bazin, no solo consistía en la suma de escenarios reales y actores (ocasionalmente) no profesionales, sino que también tenía que ver con una forma de narrar (un relato fragmentario y abierto como la vida) y con una ética de la mirada.

…………………

Con tantos estrenos y tanta variedad de comentarios y críticas, la cosa hubiera dado para un Martes Crítico 2, o para un posterior Jueves Crítico…, pero lo dejamos para mejor ocasión, porque el puente nos trae ya nuevos estrenos.

Sobre Oti Rodríguez Marchante

Crítico de Cine

 

@OtiRMarchante

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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