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Martes Crítico: «Puro vicio», ¿el tormento o el éxtasis?». Por Oti R. Marchante

Ya sé que hay otros estrenos, pero lo mío es “Puro vicio”, la película por la que la mayoría de los espectadores no van a sentir ni el menor interés, y que, en cambio, es la que más juego le ha dado a la crítica, abierta como un melón (en realidad, como un campo de melones, o melonar). Traigo a continuación un manojillo de frases de algunas críticas sobre la película de Paul Thomas Anderson para que el personal se divierta leyéndolas. En realidad, es curioso apreciar que, diciendo más o menos todas lo mismo pero con distinta cara y distinta labia, unas lleguen a la conclusión de que es una obra maestra y otras una porquería insoportable.

file_125206_0_newsommusebigJordi Costa en Fotogramas: Anderson se enfrentaba aquí a un reto envenenado (llevar a la pantalla el imaginario multirreferencial y el fraseo meándrico de Pynchon), pero sus decisiones han estado regidas por una irrebatible inteligencia. En lugar de canalizar el barroquismo del escritor a través de un exceso de forma, ha apostado por la síntesis: limpiar la superficie de guiños para ir al hueso, al sentido esencial de este relato sobre la desintegración de la Contracultura en el albor de una era de delación, miedo, paranoia e instrumentalización de la disidencia.

inherent-vice-movie-imageLa frase final del comentario de Carlos Boyero en El País: El tormento dura dos horas y media. Y crees que no va a terminar nunca.

Sergi Sánchez dice que «Puro vicio» es una manera brillante de añadir una capa de extrañamiento a una película más melancólica y romántica que el texto que adapta, más pendiente de retratar el fin de una época que de celebrar sus paranoias.
Salvador Llopart, en La Vanguardia: “Puro vicio”, donde todo es chachi y guay, añade una mirada irónica y resulta un ejercicio de carácter(es). Donde el humo ciega tus ojos. El humo de los canutos, claro.

Nuria Vidal: La trama es tan liada, tan confusa, se abre en una espiral que sabes dónde empieza pero no donde te lleva, que acabas por desconectar de lo que te está contando. La verdad es que me importa muy poco lo que le ocurra al fumado de Doc, su larguirucha y desaparecida novia, el policía corrupto y dominado por su mujer y toda la fauna que llena la pantalla en distintas secuencias.

Mikel Zorrilla en Blog de cine: Soy consciente de que Anderson podría estar buscando un tono que refleje lo fumado que está su protagonista y que eso afecte de forma irremediable a la narrativa de la película, pero lo que no puedo perdonar es la innecesaria contradicción en la que cae una y otra vez. Si lo que sucede realmente no tiene tanta importancia como para ahondar satisfactoriamente en ello, ¿por qué tienen tantísimo peso las conversaciones centradas en los múltiples casos que investiga su protagonista? Ese cansino tira y afloja entre ser y no ser relevante me llevó a desconectar por completo de lo que sucedía, ya que llega un punto en el que se vuelve todo tan confuso que la única forma de disfrutarlo es dejarte llevar sin poner ningún pero a nada.

Carlos Reviriego en Sensacine: Los meandros de la trama, en perpetuo movimiento hacia la digresión narrativa, son verdaderamente irrelevantes. Lo que importa aquí, como no en vano también ocurría en el clásico El sueño eterno, es el espíritu freewheelin’, son los retratos y las atmósferas, el descomunal talento y perfección de escenas aisladas (la tórrida seducción fetichista), el sentido de la sensibilidad que se apropia de la alucinante fotografía, su deriva accidental, su tono embriagador, sus desapariciones y reapariciones, la electricidad entre actores y personajes, como ese impagable duelo entre Phoenix y Owen Wilson.

 

Oti Rodríguez Marchante en ABC: Una novela de Thomas Pynchon en manos de Paul Thomas Anderson es como la historia de Penélope y Ulises en versión Sara Montiel: «tejiendo espero, al hombre que más quiero»… El cineasta brillante de la amargura echándole paladas de bruma al escritor en su covacha. La historia de «Puro vicio», pura novela negruzca, se parece tanto al Chandler de «El sueño eterno» como Joaquin Phoenix a Bogart o Irina Shayek a mi tía Obdulia. Son casi grotescos los esfuerzos de Thomas Anderson, el pedazo de cineasta que hizo «Magnolia», o «Pozos de ambición», o…,, por encontrarle sentido al humor sesentero en la California «jipi» y por ponerle un runrún de metáfora al sueño americano con resaca de marihuana y Vietnam.

…………

He vuelto a leer estos pedazos de críticas, y creo entender en ellas que la película es una adaptación confusa de una obra confusa, que no le da importancia a una trama que no la tiene, que la atmósfera tal y la atmósfera cual, que supuestamente habla del fin de una época, que ha canalizado el barroquismo con sencillez, que sugiere a otras obras y otros personajes clásicos del género negro, que hay que atarse a la butaca para no salir corriendo o lo bien que está tejido el aburrimiento en “puro vicio”…

Tontás, que diría José Mota. Es un suplicio y, como tal, a unos les desagrada y a otros les complace. Personalmente, prefiero un suplicio algo más llevadero, no sé, por ejemplo, un viaje trasatlántico en Ryanair o un concierto de Sergio Dalma.

Oti Rodríguez Marchante

 

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