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Martes Crítico: Sobre curas, taxistas y piratas

Hay dos estrenos este último fin de semana que han sido bendecidos por la crítica: se han llevado un saco de estrellitas cada uno. Son “El Club” y “Taxi Teherán”, film chileno y film iraní. Doy por supuesto que el lector de esta sección conoce de qué van estas películas y las circunstancias de sus directores, especialmente las del iraní Panahi. O sea, que voy directo a lo que se ha opinado de estas películas, y empiezo con Carlos Boyero, que, en El País, se pone las botas a costa de la alitosis de los curas:

El_Club-502329318-large…. Yo la odio (se refiere a la halitosis). Son las señas de identidad en mi recuerdo de mucha gente apestosa que me deseducó cuando era un niño. Y ese aliento apestoso en las obligadas confesiones, ese olor a anís y a coñac en sotanas rancias, el tocamiento y el abuso (y nunca vi lo que ocurría en las habitaciones cuando se apagaban las luces, pero sí vi a críos humillados, secretamente violados, a gente a la que no le dejaron elegir su sexualidad, todo entre brumas o evidencia)… La fotografía áspera, casi oscura, tan parecida al tono más grisáceo de la existencia, de la película de Pablo Larraín El club ambienta el encierro por parte de la jerarquía religiosa de cuatro o cinco curas pederastas que se pasaron demasiado en su vicio hacia los niños. 

En El Mundo, Alberto Bermejo le pone la nota máxima, y habla de las virtudes de la película, de su fotografía, de la investigación como de asuntos internos a esos personajes enclaustrados y dice que nos revela la condición moral de los penitentes sin entrar en demasiados detalles escabrosos (bueno, digo yo, hay momentos en los que escuchar lo que se dice es francamente penoso e incómodo, por su rudeza y su descriptiva brutalidad sexual).

Sergi Sánchez en La Razón titula “La mirada del forense”, por la contundencia inapelable del bisturí, dice… “No hay más juicio en este trabajo que la falta de juicio …, y la eficacia no proviene de su supuesta crítica a la hipocresía de la institución eclesiástica, sino de su capacidad desde una asfixiante claustrofobia de representar la rapidez de contagio del Mal (mi opinión, o sea, la mía de Martes Crítico, es que Sergi se lía un poco en toda esta parte…, no en lo que opina, que allá cada cual, sino en su modo de explicarlo; en fin, no sé, lo leeré otra vez).

Salvador Llopart, en La Vanguardia, termina su laudatio con una frase muy, muy buena: Si fuera un anuncio, diría: “El Club”, casa en el infierno con vistas privilegiadas al cielo. Muchas posibilidades.

Y, en fin, yo no quiero quitarle méritos a esta película ni a la mirada de Larráin, pero no es de las que yo aconsejo a mis seres queridos para echar la tarde en el cine. En mi crítica en el ABC intento dejar claro mi rechazo aunque sea una buena película, y hablo de los momentos escabrosos: especialmente tras la aparición de un personaje-bomba, un tipo que sabe qué tecla tocar para que estallen, en los que tanto el texto como su acomodación en la imagen son excesivamente duros y rasposos para espíritus delicados. La cantinela o relato de ese personaje sobre las hazañas de esos curas te animan a salir un momento a respirar a la calle; tremendo ejercicio de desnudez inmoral y tremendo retrato de un apocalipsis personal, sea del abusador o del abusado.

Taxi_Teher_n-836596251-largeTaxi Teherán también ha gustado mucho, y tanto Sergi Sánchez, como Lluis Bonet o Jordi Costa se vuelcan en su análisis y en su loa, y en su creatividad al titular: “Un genio al volante”, “No hay bajada de bandera”, “Insumiso al volante”… Yo intento también elogiar la sencillez del discurso de Panahi y la inventiva para mostrarnos la grafía y la verdad del lenguaje cinematográfico, y lo titulo “los recursos del cineasta vedado”, que no está mal, ya lo sé, pero no tiene ese hallazgo de lo del insumiso.

Y me extiendo en la opinión de Nuria Vidal sobre esta película en su blog, por realmente sorprendente e ingeniosa… Sólo anoto el arranque:

¡Taxi¡ Gracias. Lléveme a… ¡dónde usted quiera! Eso le diría al conductor de un taxi si me encontrara cara a cara con un director de cine conduciendo. Y ¿dónde nos llevaría, por ejemplo Marc Recha? Seguramente a dar una vuelta por Hospitalet, esa ciudad que tan bien conoce, o por Vallbona, junto al río Besos a buscar conejos. Si en lugar de Recha fuera Cesc Gay, creo que escogería enseñarnos los pequeños teatros independientes de la ciudad y ofrecernos un café en cualquier restaurante acogedor donde se pudiera charlar. En cambio, Villaronga nos arrastraría hacia esos barrios que no se suelen visitar y sabría enseñarnos la belleza de la sordidez de sus calles y sus gentes. Podíamos seguir así con tantos otros directores de cine. Pero el taxi que hemos cogido lo conduce Jafar Panahi y las calles que recorre son las de Teherán.

Y dicho todo lo cual, cerramos este martes, casi miércoles, con lo que debiera abrirlo, el estreno de la semana, “Pan: viaje a Nunca Jamás”, que ha tenido críticas en esa zona templada: a nadie le ha parecido ni muy bien ni muy mal. De hecho, a mí parece haberme gustado algo más que a la media, tal vez porque veo en ella un par de horas en las que entretener a mis hijos. En mi crítica en ABC a punto estoy de entrar de lleno en un discurso de contenido sobre la esencia de Peter Pan (leer el primer párrafo), pero me freno afortunadamente: La esencia de Peter Pan, que es la resistencia a hacerse mayor, solo la perciben los adultos, y ahí está su gran contradicción: una historia infantil impermeable para los niños, que lo que ansían es hacerse mayores (luego, ya bien mayores, claro está, lo detestan y entienden la esencia de Peter Pan). Disney nos lo presentó bien dibujado y ya volátil y peterpanesco, pero esta película lo recoge antes, desde el mismo día que nace y su madre lo abandona en la puerta del hospicio.

Pan_Viaje_a_Nunca_Jam_s-934215620-largeMenudo lío me he hecho yo, y si alguien entiende algo, que me lo cuente. Esto, evidentemente me desacredita para ir haciéndome el listo sobre otros críticos y lo mal que se explican

Oti Rodríguez Marchante

@OtiRMarchante

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One comment

  1. Me he dado cuenta: primero pongo alitosis y luego halitosis, así estoy seguro de ponerlo al menos una vez bien. Pido disculpas por esa alitosis ortográfica que debe significar otra cosa: dolor en las alas, o algo así. Se escribe halitosis, pero doy como justificante a mi falta de ortografía el hecho de que no sea una palabra que esté en mi diccionario habitual…

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