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Obsolescencia programada: ¿empresas o usuarios?. Por Enrique Dans

Me parece especialmente interesante el artículo de Enrique Dans y su enfoque, que publicó en su página el pasado miércoles (22-2-2017) y que tituló directamente Obsolescencia programada: ¿empresas o usuarios?.

Lo reproducimos íntegramente, como en otras ocasiones, con la autorización expresa de su autor.

 

Fede Durán me llamó para documentar su artículo en Actualidad Económica titulado “Obsolescencia programada: ¿está limitada la vida de los productos?” (pdf). Hablamos sobre hasta qué punto las marcas crean productos específicamente diseñados para durar un tiempo determinado, o si cada día más, el desarrollo tecnológico va a tal velocidad que sencillamente hay productos cuya vida no tiene sentido prolongar, porque han surgido nuevas prestaciones desde que llegaron a nuestras manos que hacen que prefiramos adquirir uno de fabricación más reciente.

 

En muchos sentidos, el modelo de negocio de Apple, compañia mencionada específicamente por Fede en el artículo, consiste en dar a sus clientes una razón para acudir a sus tiendas y gastarse dinero todos los años. En un cierto número de dispositivos, aunque no en todos, las prestaciones que ofrecen los modelos recién puestos en el mercado eclipsan de tal manera a los anteriores, que generan una especie de frustración en una buena parte del mercado en caso de no proceder a su actualización, lo que genera segmentos de mercado que, en función de su poder adquisitivo y de la criticidad que otorgan a la función, oscilan entre actualizar únicamente cuando el dispositivo antiguo sufre una avería u ofrece prestaciones ya inaceptables, frente a adquirir los nuevos modelos prácticamente en el momento en que están disponibles. De hecho, para marcas como Apple, los problemas pueden surgir si el diferencial en prestaciones del nuevo modelo es percibido como no suficientemente llamativo o convincente, como pueden ser los casos del iPhone 7 o de los últimos MacBook Pro.

 

¿Cuánto debe durar un dispositivo como un smartphone o un ordenador? Algunos de sus componentes, como las baterías, miden su vida útil en términos de ciclos de carga, lo que lleva a que prolongar esa vida media nos genere una clara incomodidad. Si la marca opta por convertir en su diseño esa batería en no reemplazable, está claramente optando por una obsolescencia programada y condicionada a la duración de uno de los componentes que más rápidamente deteriora sus prestaciones. Que esa limitación tenga o no sentido está en función del incremento de prestaciones que la marca prevea para el resto de los componentes del dispositivo: si en el supuesto momento de reemplazar la batería, el diferencial de prestaciones del resto de los componentes es notable, lo normal será que la marca opte por proponer un reemplazo completo. Que los consumidores lo acepten o no de buen grado, o reclamen la protección de las autoridades competentes en materia de consumo depende básicamente de lo mismo: si en el momento en que el terminal pierde prestaciones, los nuevos no son diferencialmente mejores, seguramente expondrán sus quejas por verse obligados a actualizar un producto que, a su juicio, aún funcionaba perfectamente. En este factor, obviamente, influyen muchos otros elementos vinculados a la marca, a la fidelidad de sus usuarios, al componente de imagen que el producto lleve aparejado, etc.

 

La idea de “bien de consumo duradero” se ha modificado de forma brutal a lo largo de todas las categorías de productos, y supone una fortísima presión en términos medioambientales que muchos consideran completamente insostenible. Aunque en la mayoría de los electrodomésticos aún esperamos a que se nos estropeen para sustituirlos a pesar del componente cada vez mayor de tecnología que contienen, en el caso de un smartphone, de un tablet o de un ordenador resulta cada vez más habitual ver duraciones sorprendentemente cortas para el precio que poseen y que llegan al punto de cuestionar su clasificación como bienes de consumo duradero, y resulta igualmente normal ver tanto a las marcas como a muchos usuarios argumentar esa corta duración en función del avance de la tecnología. En la industria del automóvil, en cierta medida, pasa lo mismo, y es esa concepción de obsolescencia lo que está detrás de tendencias como el vehículo conectado, que permite actualizar determinados componentes y sistemas en determinados momentos de la vida del producto en lugar de mantener la concepción original de bien cuyas prestaciones permanecen igual, o incluso se deterioran, desde el momento que lo compramos hasta que nos desprendemos de él.

 

¿Querríamos realmente seguir usando un smartphone tres o cuatro años después de haberlo adquirido, mientras vemos pasar varias generaciones de modelos nuevos con prestaciones de las que nos apetecería disfrutar? En la respuesta a esa pregunta está la clave que nos lleva a deducir si la responsabilidad de la obsolescencia programada está realmente en los fabricantes de dispositivos… o en nosotros mismos.

Enrique Dans

@edans

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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