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Películas que hay que odiar. Por Ruiz de Villalobos

Preámbulo

 Las circunstancias de la vida son imprevisible y por ello, como se debe hacer en el mar cuando hay oleaje, hay que dejarse llevar por las olas, nunca nadar a contracorriente y aprovechar la marea para llegar a la playa sano y salvo y con la mochila cargada de experiencias. Viene a cuento esta entrada un tanto extraña y falsamente poética, porque un día de esos en el que uno se sienta delante de televisor, sin ideas preconcebidas, dejando correr el dedo sobre el mando a distancia, las circunstancias, el destino, te hacen tropezar, en uno de esos canales temáticos que tanto abundan, con una película que tenía más que olvidada, casi ignorada, como es “El graduado”.

Y fue tanto el furor, la indignación que me invadió que nació en mi cabeza la idea de proponer a José López Pérez, ya saben al alma mater de este blog, pero también el magnífico amigo que nunca dice no a cualquier extravagancia mía, una sección, abierta a todos los compañeros de este blog, donde se pudiera escribir, comentar, analizar esas películas que hay que odiar para poder sobrevivir con un poco de inteligencia y libertad en esa maravillosa locura que es el cine.

Y como no podía ser de otra manera la primera película que hay que odiar es, cómo no, “El graduado”

 

“El graduado”

Realizada en 1967 por Mike Nichols, de verdadero nombre  Michael Igor Peschkowsky, nacido en la ciudad alemana de Berlín en 1931, que ha estado en activo hasta 2007, cuando dirigió “La guerra de Charlie Wilson”, y que desde su debut en 1966 con la versión cinematográfica de “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, la famosa y estridente obra teatral de Edward Albee, tan sólo ha dirigido dieciocho películas, un documental, un cortometraje, una miniserie de dos capítulos y una telemovie, “El graduado” es el segundo largometraje de esta corta y poco brillante carrera, trufada de películas tramposas, siempre ambiciosas pero, en general, vacías de valor y siempre realizadas a la sombra del oportunismo y de la comercialidad, con ejemplos tan claros como  “Silkwook” (1983), “Se acabó el pastel” (1986), “Armas de mujer” (1988) o “A propósito de Henry” (1991).

Basada en una novelita muy menor de Charles Webb, cuyo único mérito consistía en arrancar la historia con la relación de un joven estudiante recién graduado y la esposa del socio de su padre, la señora Robinson, inmortalizada más allá de las imágenes por la canción que compuso Paul Simon ex profeso para la película y que interpretan el propio Simon y Artur “Art” Garfunkel, uno de los dúos más populares y de mayor éxito de la década de los 60, la película es una encantadora sucesión de disparates, desde unos diálogos que rayan la idiotez a unos intérpretes que salvando a la maravillosa Anne Bancroft, una actriz de origen italiano nacida en El Bronx en 1931 y fallecida en2005, ala edad de 73 años, y que en la película da vida a esa compleja norteamericana, más contradictoria que perversa, están fatales y hunden todavía más la película, especialmente por unos secundarios de cartón piedra.

Es cierto y así se debe entender, que la historia de la película estrenada a finales de los 60 con un toque hippie que ahora resulta tan anacrónico como divertido, fue en su época piedra de escándalo en una sociedad tan puritana como la de los Estados Unidos por esas relaciones, casi incestuosas, entre un casto joven y una, no se sabe bien si pervertida o desespera, mujer casada, de la cual por cierto no se explica nada de su relación matrimonial, excepto su primera experiencia sexual con su marido en un coche.

Dicen que el tiempo pone las cosas en su sitio y que el polvo del tiempo empaña muchas cosas, pero la pátina de “El graduado” nunca brilló, la película nunca dejó de ser una trampa moral y ahora se hunde como un pecio que ya no sirve para nada y el mar lo engulle para que todos se olviden de él. Una película cuyo casting es ya de entrada nefasto y equivocado, porque si miramos las edades de sus tres protagonistas, dan ganas de reír. Dustin Hoffman, en el peor trabajo de su carrera, tenía 30 años, cuando el personaje era un recién graduado, Anne Bancroft tenía 36 esplendidos años, y Katharine Ross, antes de que enamorara al personal en “Dos hombres y un destino” dos años después, tenía, como la joven e inocente Elaine, 27 años, nueve menos que su madre en la película.

Pero todos estos errores, hijos de la comercialización de la película, se pueden entender, mientras que la nefasta, pobre y patética puesta en escena de Mike Nichoks no tiene perdón. Como ejemplo, la secuencia en la que Ben Braddock, el joven y enamorado graduado va a Berkeley (que cómo es lógico no podría faltar por aquello de estar al día del movimiento hippie) en busca de Elaine, y en la que Nichols hace un terrible, deleznable y repugnante zoom (era la moda en la época de un nuevo sistema óptico que  en la televisión española institucionalizó Valerio Lazarov) desde la perspectiva del joven y a través de una fuente con tres ninfas para acercarse a Elaine que sale de la universidad con sus compañeras.

Toda la película está trufada de ese lenguaje desnortado, de esas situaciones falsas, donde se quiere combinar el humor (la larga secuencia en el hotel del primer encuentro entre la señora Robinson y Ben) con el dramatismo (el descubrimiento por  parte de Elaine de la relación de su madre con Ben), para finalmente no proponer nada de nada, un sin sentido narrativo y argumental de una mala novela y una peor película a la que por eso hay que odiar, por falsa y mojigata.

 

 

Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

 

 

 

 

 

 

 

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