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TESTIMONIO SOBRE HAITÍ DE ELENA LÓPEZ-GIL, COORDINADORA DE PROYECTOS DE LA FUNDACIÓN NUESTROS PEQUEÑOS HERMANOS (NPH). POR HELENA GARCÍA

Conozco a Elena López-Gil desde hace 23 años. Vivíamos en la misma escalera y aún recuerdo como si fuera ayer los momentos que venía a casa a hacerme de canguro. No nos llevamos mucha diferencia de edad, así que esas tardes con ella era como quedar con una hermana mayor.

Siempre ha tenido la vocación de ayudar a los demás y desde los 15 años ha ido colaborando como voluntaria en diferentes acciones sociales. Su apego a la orden de los franciscanos hizo que un día la fundación Nuestros Pequeños Hermanos se cruzara en su vida. Empezó como voluntaria, involucrándose progresivamente en la fundación, hasta acabar como Coordinadora de Proyectos, un trabajo que la llena por completo. Hace unos días sus amigos y conocidos recibimos un mail suyo, en el que relataba sus impresiones sobre el reciente viaje que realizó a Haití junto a personas que apoyan a la fundación NPH para conocer cómo evolucionaban los proyectos puestos en marcha en este país. Me ha impactado tanto que tengo la necesidad de compartirlo con toda la gente posible. Si a vosotros os pasa lo mismo, por favor, haced lo mismo. Más adelante intentaré publicar una entrevista con ella.

 

“Hola a todos, acabo de regresar de Haití, vía Miami, y me encuentro con un día lluvioso, precedido de inundaciones graves en el resto de España. Me cuentan sobre un referéndum y sobre la próxima huelga de autobuses. Pero yo sólo pienso en Haití y me pregunto cómo es posible que exista un país tan pobre a tan sólo 2 horas de avión de U.S.A., donde parece que los funcionarios del aeropuerto estén permanentemente enfadados sin motivo. Me pregunto también porque las imágenes que me habían llegado de Haití, antes de conocer el país, no reflejan la realidad de un país en el que es imposible estar sin emocionarte. Y en el que es facilísimo pasar de la emoción a la conmoción. Y de la conmoción a la irritación. Y de la irritación a la impotencia. Y de la impotencia a la responsabilidad. Y de la responsabilidad a la esperanza. Por eso hoy me siento responsable de denunciar la gran injusticia que vive el pueblo haitiano, ignorado por el mundo, devastado por catástrofes naturales y azotado por la miseria, la enfermedad y la muerte, que aniquilan cualquier esperanza de recuperación. Y sin embargo, me resisto a quedarme sólo con imágenes de muerte (estadísticas aterradoras de mortalidad infantil, madres del hospital esperando a que un milagro remedie la enfermedad incurable de su hijo, hombres escalando por el muro de la ONU con platos vacíos que los soldados se resisten a llenar de comida, o funerales para montones de bebés que no tienen a una madre que les llore). También me quedo con imágenes de vida, como la del padre que acompaña a su hijo de cuerpo inerte al centro para discapacitados y le da de comer con sumo cuidado para que no se atragante. O la del profesor de escuela que perdió a su mujer e hija en el terremoto de 2010, que alienta con gran fervor a sus alumnos a aprender todo aquello que su hija ya no podrá asimilar. Y me quedo con la labor de una fundación que sabe cómo cuidar, educar, alimentar y dar un futuro a miles de niños y jóvenes que han podido recuperar su dignidad. Por último, me pregunto que más tiene que ocurrir en el mundo para que seamos conscientes de que está en nuestras manos hacer algo para que la vida se vuelva más soportable para todos los que no tienen ni siquiera la posibilidad de hacer una huelga para defender sus derechos. Unos derechos que no tienen nada de universales porque una parte del mundo mira para otro lado o a su propio ombligo. No me corresponde a mi juzgar. Sólo puedo actuar dentro de mis posibilidades. Y decido apadrinar un niño haitiano al que tal vez no conozca, pero sí conozco a dónde irá mi aportación y se que será uno de los mejores destinos que podría haber teniendo en cuenta la paradoja de que cada vez llegan menos fondos, a pesar de que cada vez hay más necesidades.

Hoy más que nunca, reconozco lo privilegiada que soy y lo orgullosa que me siento de trabajar en la Fundación Nuestros Pequeños Hermanos.

¡Un beso a todos y gracias por escucharme!

Elena”

Un artículo de Helena García

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2 comments

  1. Compartiremos este excepcional testimonio con nuestra gente!!!. Gracias!!!.

  2. A vosotros Xavier! Hacéis una gran labor. Un beso fuerte.

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