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“WONDER WHEEL”: LA NORIA DE LAS PASIONES. Por Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

Woody Allen vuelve al drama y lo hace con la soltura y profundidad que ya había mostrado en anteriores películas y vuelve al drama con la mujer como gran protagonista. Es curioso comprobar en la filmografía de Woody Allen como los hombres son los protagonistas de sus comedias, mientras que en esos dramas/tragedias, que cultiva de tarde en tarde, son las mujeres las grandes protagonistas. Con “Wonder Wheel” vuelve a poner a las mujeres como las grandes protagonistas de la historia, con lo que la película se emparenta de forma clara con algunas de sus películas anteriores como “Interiores” (1978), “September” (1987), “Otra mujer” (1988) y “Blue Jasmine” (2013).

Además, como le gusta tanto, Allen desarrolla la acción en los años 50 y en un lugar que para él tiene un significado especial como es Coney Island, justo en el momento en que el parque de atracciones vivió su momento de máxima popularidad. A la sombra de la gigantesca noria, emblema del lugar, Allen, como siempre guionista de sí mismo, desarrolla una intensa historia de pasiones y traiciones, de sueños y de fracasos. Con esa luminosidad que Vittorio Storaro (que ya había colaborado con Allen en su anterior película “Café Society”) sabe crear, la película ofrece ese ambiente de felicidad, de las playas, de los paseos, del ir y venir de la gente, del ruido y actividad de las atracciones. Y en ese mundo, aparentemente feliz, bajo esa noria que gira eternamente, en un espacio cerrado, evidentemente teatral, se vivirá el drama de Ginny, una mujer anulada en su carrera de actriz, atada a Humpty, un hombre seguramente bueno pero vulgar y a un hijo desequilibrado, obsesionado con el fuego.

Con la voz en off (nunca la voz en off ha sido mejor tratada que en las películas de Woody Allen, quien seguramente aprendió de “Ciudadano Kane”), de Mickey, un joven salvavidas que quiere ser dramaturgo y escritor, se narra una intensa historia de pasiones, que bajo esa noria incansable, devendrá en tragedia. La contraposición de la luminosidad de Coney Island con la penumbra de la vivienda de Ginny, desarrolla de forma física la historia de amor y de pasión que se establece entre ella y Mickey, que se romperá cuando aparezca la pizpireta hija de Humpty, una joven y bella Carolina. Con directas referencias a algunos de los clásicos dramaturgos del gran teatro estadounidense, Woody Allen juega con el contraste entre ambos mundo, para desarrollar, con la ayuda de excelentes intérpretes, esta historia de pasiones y traiciones, que se puede situar entre las mejores que ha dirigido el director neoyorquino.

Como siempre ocurre en las películas de Allen, junto a la trama central aparecen tramas subsidiarias, en este caso centrada en el personaje del hijo de Ginny, Richie, un niño pirómano, con el que el director/guionista proyecta su airada mirada hacia determinadas cosas, y el ejemplo más claro es cuando Richie provoca un incendio en la consulta de la psicóloga que lo trata. En el cine de Woody Allen no hay lugar para timoratas interpretaciones, y una vez más el reparto de la película está a la altura de las intenciones del director. Una excelente Kate Winslet, que se come la pantalla, es la sufrida Ginny, mientras que la joven y lozana Juno Temple, es la Carolina tsunami que llega para romper el equilibro de la noria de la vida y demostrar que con Allen todas las actrices mejoran. Por su parte, Jim Belushi, luciendo camiseta como en los mejores dramas de Tennessee Williams, dibuja sin mácula a Humpty; Justin Timberlake recrea gracias a su buen físico al volátil Mickey, y el joven Jack Gore pone su buen granito de arena para que el fuego sea, también, protagonista de la historia.

En definitiva, una nueva obra maestra de Woody Allen, superada ya su etapa europea, con lo que se demuestra que el artista no debe navegar por aguas que no sean las propias

 

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About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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