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Baudelaire en estado puro. Por Oriol Pérez Treviño

Jueves, 19 de agosto de 2021

Charles Baudelaire

Fue el filósofo y antropólogo francés Paul Ricouer (1913-2005) quien acuñó aquella conocida expresión de los «filósofos de la sospecha» para designar con ésta los tres máximos exponentes en el cuestionamiento, o sea, la sospecha, de los fundamentos de la filosofía occidental. Estos filósofos fueron, como es conocido, Sigmund Freud (1856-1939), Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Nietzsche (1844-1900) que, desde diferentes aspectos, tergiversaron o quisieron aportar nuevas visiones al sanctasanctórum de dicha filosofía: la Razón. Freud demostró cómo esta razón es sólo una parte de la mente humana al existir, por ejemplo, el inconsciente; Marx nos enseñó, brillantemente, como la Razón no hace avanzar más a la dialéctica de la historia sino que lo realiza de verdad la lucha de clases y para Nietzsche el hombre era algo que debía ser superado, lo antes posible, para avanzar hacia  un nuevo ideal como lo era el Übermensch que, por estas latitudes, hemos conocido como Superhombre cuando, posiblemente, le procedería algo mejor y parecido a como «por encima del hombre» o, como ha escrito alguien, «ultra-humano».

No me hagan decir el porqué, pero siempre he pensado que la feroz crítica realizada por Nietzsche sobre la utilidad de la cultura, utilidad que, de alguna manera, le llevó en El nacimiento de la tragedia (1872) a condenar las tragedias de Eurípides respecto a las anteriores de Sófocles y, especialmente, Esquilo, de alguna manera ya palpitaba en una figura de la cultura occidental que, personalmente, me parece clave y esencial: Charles Baudelaire (1821-1867), uno de los bautizados por el poeta Paul Verlaine (1844-1896) como «poeta maldito».

No es, sin embargo, la vertiente poética que el articulista quiere hablar de Baudelaire sino a propósito de uno de los dos volúmenes que la extraordinaria y elegante Editorial Flâneur ha publicado últimamente en lengua catalana. Y lo ha hecho, tal y como ya nos tiene acostumbrados, en una edición bilingüe donde la traducción ágil, precisa, a la vez, que bella de David Cuscó i Escudero convierten este libro en uno de esos volúmenes que no debe faltar en ninguna biblioteca seria.

Cuscó y dicha editorial han querido celebrar el bicententario del nacimiento de esta importante figura de la cultura europea, nacida en París un 9 de abril de 1921, con una doble edición de dos importantes obras ensayísticas: L’spleen de París (1869) y El pintor de la vida moderna (1863), esta última la obra que escogemos para el artículo de hoy.

Y lo hacemos, precisamente, a partir de la premisa antes mencionada de como Baudelaire, mucho antes que Nietzsche, realizó una serie de formulaciones teóricas que serían claves en el logro de ésto que hemos acabado conociendo como modernidad. Lo tenemos que decir cuanto antes. Antes que, en 1869, los pintores Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) y Claude Monet (1840-1926) pintaran juntos en el restaurante La Grenouillère de Paris y empezaran a tratar el material pictórico en una nueva dimensión que daría lugar a la aparición del conocido movimiento impresionista, hizo falta que alguien asentara unas bases teóricas que señalasen el papel de la pintura en la modernidad. Mucho me parece que ese alguien fue Baudelaire que, dos años antes de la escritura de El pintor de la vida moderna ya había demostrado su excelente ojo clínico en el diagnóstico artístico y estético. El autor de Las Flores del Mal fue el único que demostró haber entendido como nadie la propuesta de la ópera Tannhäuser de Richard Wagner (1813-1883) en su estrena francesa en el Théâtre Impérial de la Opéra de París el 13 de marzo de 1861. Lo que para la gran mayoría fue un escándalo, empezando por el operista de mayor éxito de entonces en París, Giacomo Meyerbeer (1791-1864) y al que, por cierto, en este mismo estreno Wagner no pudo evitar de agradecerle los apoyos recibidos en algún momento de su carrera lanzándole, públicamente, treinta monedas, para Baudelaire había en este drama musical la misma esencia de la modernidad que él había intentado materializar en su poema de las Correspondencias perteneciente a Las Flores del Mal:

La nature est un temple où des vivants piliers

Laissent parfois sortir de confuses paroles;

L’homme y passe à travers de forêts de symboles

Qui l’observent avec de regards familiers.

 

Comme des longs échos qui de loin se confondent,

Dans une ténébreuse et profonde unité,

Vaste comme la nuit et comme la clarté,

Les parfums, les couleurs et les sons se répondent

 

La naturaleza es un templo donde pilares vivientes

Dejan salir a veces palabras confusas;

El hombre lo recorre a través de bosques de símbolos

Que lo observan con miradas familiares.

 

Como largos ecos que de lejos se confunden,

En una tenebrosa y profunda unidad,

Vasta como la noche y como la claridad,

Perfumes, colores y sonidos se responden.

 

Sólo dos años después, Baudelaire que, no lo olvidemos, había empezado su carrera literaria como crítico de arte como lo demuestran sus magníficos dos volúmenes de los Salones 1845 y 1846, decidió reflexionar a fondo sobre arte y modernidad. Sus aportaciones no sólo abonaron el terreno para el desarrollo del citado impresionismo sino, posiblemente, también para las futuras vanguardias y en consideraciones que aún nos salpican de lleno. Uno de los primeros pilares del ensayo es la plena conciencia de cómo la modernidad va asociada a lo que es transitorio, fugitivo y contingente y, por tanto, el arte que se deriva de ésta también debe integrar estas características.

Estructurado en trece capítulos, Baudelaire hace un despliegue de sus pensamiento y visión de la sociedad moderna, la que cada vez se iba asentando más, en aquel momento, con el desarrollo de la revolución industrial y que estaba comportando una serie de cambios muy importantes que, obviamente, ya no sólo implicaban una transformación radical de la sociedad conocida hasta entonces, sino también del papel que debía jugar el arte. En este aspecto, Baudelaire se mojó de lleno en defensa de un artista al que ensalzó, pero, bajo el acróstico de CG y que se corresponde al del pintor y dibujante francés, pero de origen holandés, Constantin Guys, Ernest-Adolphe-Hyacinthe-Constantin (1802-1892).

Podemos escribir, así como para Baudelaire, Guys constituye la esencia de la modernidad y como de ésta se derivan una serie de reflexiones que rebasan el mundo del arte, sino que nos adentran en nuevas nociones: el artista como hombre de mundo como lo era Guys, la multitud, la inocencia del niño en el artista, la denuncia del dandy como personaje arquetípico de la burocracia, unos análisis sobre la mujer que bien nos irá que no lean ninguna de las entrañables feminastras de nuestra tribu porque, a tenor de cómo van las cosas, igual proponen el cierre de la editorial, el papel del maquillaje o los carruajes.

Estamos, por tanto, en frente de uno de los textos fundamentales para la comprensión de un momento histórico muy complejo del que, sin embargo, compartimos de él su complejidad y transformación adentrándonos en una trama laberíntica que, sin embargo, es idéntica a la que podemos tener si nos decidimos a plantear, en algún momento, como debe o debería ser el arte en estos tiempos de crisis sistémica global.

Fue un 26 de febrero de 1888, veinticinco años después de la publicación de El pintor de la vida moderna, cuando Friedrich Nietzsche comunicó a su editor Peter Gast su aprecio por la obra de Baudelaire. Y es que parece como, en efecto, Nietzsche tradujo e integró Baudelaire tanto en forma de entusiasmo como de indignación, pero lo cierto es que leer al poeta francés nunca deja indiferente. Nos sitúa en una resonancia extraña de enigmas y misterios de un autor que realizó una de las no menos extrañas y mistéricas definiciones de la vida. La vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Baudelaire en estado puro.

Oriol Pérez i Treviño

@Oriol676388017

 

BAUDELAIRE EN ESTAT PUR

 

Dijous, 19 d’agost de 2021

 

Va ser el filòsof i antropòleg francès Paul Ricouer (1913-2005) qui va encunyar aquella coneguda expressió dels «filòsofs de la sospita» per designar amb aquesta els tres màxims exponents en el qüestionament, o sia, la sospita, dels fonaments de la filosofia occidental. Aquests filòsofs van ser, com és conegut, Sigmund Freud (1856-1939), Karl Marx (1818-1883) i Friedrich Nietzsche (1844-1900) que, des de diferents aspectes, van tergiversar o van voler aportar noves visions al sanctasanctòrum de l’esmentada filosofia: la Raó. Freud va demostrar com aquesta raó era només una part de la ment humana en existir, per exemple, l’inconscient; Marx va ensenyar, abastament,com la Raó no fa avançar mai la dialèctica de la història sinó que ho fa de veritat la lluita de classes  i per a Nietzsche l’home era quelcom que havia de ser superat, quan abans millor, per avançar cap a un nou ideal com era el de l’Übermensch que, per aquestes latituds, hem conegut com a Superhome quan, possiblement, li escauria alguna cosa millor i semblant a com «per sobre de l’home» o, com ha dit algú,«ultra-humà».

 

No em feu dir el perquè, però, sempre he pensat que la ferotge crítica realitzada per Nietzsche sobre l’utilitat de la cultura, utilitat que, d’alguna manera, el va portar a El naixement de la tragèdia (1872) a condemnar les tragèdies d’Eurípides respecte a les anteriors de Sòfocles i, especialment, Èsquil, d’alguna manera ja palpitava en una figura de la cultura occidental que, personalment, em sembla clau i essencial: Charles Baudelaire (1821-1867), un dels batejats pel poeta Paul Verlaine (1844-1896) com a «poeta maleït».

 

No és, però, del vessant poètic que l’articulista vol parlar de Baudelaire, sinó a propòsit d’un dels dos volums que l’extraordinària i elegant Editorial Flâneur ha publicat darrerament. I ho ha fet, tal i com ja ens té acostumats, en una edició bilingüe on la traducció àgil, precisa, a la vegada, que bella de David Cuscó i Escudero converteix aquest llibre en un d’aquells volums que no ha de faltar en cap biblioteca seriosa.

 

Cuscó i l’esmentada editorial han volgut celebrar el bicententari del naixement d’aquesta important figura de la cultura europea, nascuda a París un 9 d’abril de 1921, amb una doble edició de dues importants obres assagístiques: L’spleen de París (1869) i El pintor de la vida moderna (1863), aquesta darrera l’obra que hem escollit per a l’article d’avui.

 

I ho fem, precisament, a partir de la premissa abans esmentada de com Baudelaire, molt abans que Nietzsche, va realitzar una sèrie de formulacions teòriques que serien claus en l’assoliment d’això que hem acabat coneixent com modernitat. Ho hem de dir quan abans millor. Abans que, el 1869, els pintors Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) i Claude Monet (1840-1926) pintessin plegats al restaurant La Grenouillère de Paris i comencessin a tractar el material pictòric en una nova dimensió que donaria lloc a l’aparició del conegut moviment impressionista, va fer falta que algú assentés unes bases teòriques que assenyalessin el paper de la pintura en la modernitat. Molt em sembla que aquest algú va ser Baudelaire que, dos anys abans de l’escriptura d’El pintor de la vida moderna ja havia demostrat el seu excel·lent ull clínic en el diagnòstic artístic i estètic. L’autor de Les Flors del Mal va ser l’únic que va demostrar haver entès com ningú la proposta de l’òpera Tannhäuser de Richard Wagner en la seva estrena francesa al Théâtre Impérial de l’Opéra de París el 13 de març de 1861. El que per a la gran majoria va ser un escàndol, començant per l’operista de major èxit d’aleshores a París, Giacomo Meyerbeer (1791-1864) i a qui, per cert, en aquella mateixa estrena Wagner no es va poder estar d’agrair-li els suports rebuts en algun moment de la seva carrera tot llençant-li, públicament, trenta monedes, per a Baudelaire hi havia en aquell drama musical la mateixa essència de la modernitat que ell havia intentat materialitzar en el seu poema de les Correspondències pertanyent a Les Flors del Mal:

 

La nature est un temple où des vivants piliers

Laissent parfois sortir de confuses paroles;

L’homme y passe à travers de forêts de symboles

Qui l’observent avec de regards familiers.

 

Comme des longs échos qui de loin se confondent,

Dans une ténébreuse et profonde unité,

Vaste comme la nuit et comme la clarté,

Les parfums, les couleurs et les sons se répondent

 

La natura és un temple on pilars vivents

Deixen sortir a vegades paraules confoses;

L’home ho recorre a través de boscs de símbols

que l’observen amb mirades familiars.

 

 

Com llargs ecos que de lluny es confonen,

En una tenebrosa i profunda unitat,

vasta com la nit i la claredat

Perfums, colors i sons es responen

 

Només dos anys després, Baudelaire que, no ho oblidem, havia començat la seva carrera literària com a crític d’art com ho demostren els seus magnífics dos volums dels Salons 1845 i 1846, va decidir reflexionar a fons sobre art i modernitat. Les seves aportacions no només van abonar el terreny per al desenvolupament del citat impressionisme sinó, possiblement també, per a les futures avantguardes i a consideracions que encara ens esquitxen de ple. Un dels primers pilars de l’assaig és la plena consciència de com la modernitat va associada a allò que és transitori, fugitiu i contingent i, per tant, l’art que se’n deriva d’aquesta també ha d’integrar aquestes característiques.

 

Estructurat en tretze capítols, Baudelaire fa un desplegament dels seus pensaments i visió de la societat moderna, la que cada vegada s’anava assentant més, en aquell moment, amb el desenvolupament de la revolució industrial i que estava comportant una sèrie de canvis molt importants que, òbviament, ja no només implicaven una transformació radical de la societat coneguda fins aleshores, sinó també del paper que havia de jugar l’art.I en aquest aspecte,Baudelaire es va mullar de ple en la defensa d’un artista al qui va defendre, però, sota l’acròstic de C.G i que es correspon al del pintor i dibuixant francès, però d’origen holandès, Constantin Guys, Ernest-Adolphe-Hyacinthe-Constantin (1802-1892).

 

Podem escriure,així, com per a Baudelaire, Guys constitueix l’essència de la modernitat i com d’aquesta se’n deriven una sèrie de reflexions que ultrapassen el món de l’art, sinó que ens endinsen en noves nocions: l’artista com a home de món com ho era Guys, la multitud, la innocència del nen en l’artista, la denúncia del dandi com a personatge arquetípic de la burocràcia,uns anàlisis sobre la dona que bé anirà que no llegeixin cap de les entranyables feminastres de la nostre tribu perquè, a tenor de com van les coses, igual proposen el tancament de l’editorial, el paper del maquillatge o els carruatges.

 

Estem, per tant, al davant d’un dels texts fonamentals per a la comprensió d’un moment històric molt complexe del que, tanmateix, en compartim ara també la seva complexitat i transformació endinsant-nos en una trama laberíntica que, tanmateix, és idèntica a la que podem tenir si ens decidim a plantejar, en algun moment, com ha o hauria de ser l’art en els temps de crisi sistèmica global.

 

Va ser un 26 de febrer de 1888, vint-i-cinc anys després de la publicació d’El pintor de la vida moderna, que Friedrich Nietzsche va comunicar al seu editor Peter Gast el seu apreci per l’obra de Baudelaire. I és que sembla com, en efecte, Nietzsche va traduir i integrar Baudelaire tant en forma d’entusiasme com d’indignació, però el cert és que llegir el poeta francès mai deixa indiferent. Ens sitúa en una ressonància estranya d’enigmes i misteris d’un autor que va realitzar una de les no menys estranyes i mistèriques definicions de la vida. La vida és un hospital on cada malalt està posseït pel desig de canviar de llit. Baudelaire en estat pur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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