Cristiano o bárbaro: La frontera de nuestra humanidad. Por Oriol Pérez Treviño

Domingo, 30 de agosto de 2026. Sant Fèlix

Llevo muchos días sin escribir en la sección Entre clásicos. La finalización de un encargo editorial me ha impedido escribir sobre cualquier otra cosa que no estuviera relacionada con una orquesta que hizo historia. Pero no adelantemos acontecimientos. No quiero hacer spoilers. Ahora bien, lo que está ocurriendo en Ceuta no es algo accesorio. Es uno de esos momentos en los que una sociedad se encuentra ante una frontera que no es geográfica. No es una línea trazada sobre un mapa, ni una valla, ni una frontera marítima. Es una frontera moral. Una de esas bisagras de la historia en las que hay que decidir, casi sin posibilidad de esconderse detrás de las palabras, qué mundo queremos ser. Lo que está ocurriendo en Ceuta nos sitúa exactamente aquí.

Y quizá por eso convenga volver a una figura que, aunque algunos quieran reducir a símbolo cultural, sigue conteniendo una extraordinaria carga de radicalidad moral: Jesús de Nazaret. No porque Jesús hablara de los Estados nación, de las fronteras Schengen, de los controles migratorios o de las políticas de asilo —conceptos que le eran completamente ajenos—, sino porque habló de algo mucho más elemental: qué hacemos ante el otro cuando el otro es vulnerable. Y la respuesta de los Evangelios es de una claridad que incomoda.

«Era extranjero y me acogisteis». No es una frase decorativa. No es una de esas frases evangélicas que podemos colgar en una pared mientras seguimos viviendo como si no nos interpelara. Es una identificación radical. En el Evangelio de Mateo, Jesús establece una equivalencia casi insoportable: la manera en que tratamos al extranjero, al hambriento, al desnudo, al enfermo o al preso es la manera en que lo tratamos a él mismo.

De modo que quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo con Jesús cuando contemplamos a una persona que llega huyendo del hambre, de la guerra, de la persecución o simplemente de la desesperación y nuestra primera reacción es convertirla en un problema administrativo.

La cuestión migratoria es compleja, es cierto. Los Estados tienen fronteras. Deben gestionar los flujos migratorios. Deben garantizar la seguridad. Deben establecer políticas de acogida e integración. Todo eso es cierto. Pero hay algo que no puede quedar atrapado dentro de ningún expediente administrativo: la dignidad humana. Y ahí es donde el cristianismo deja de ser una tradición cultural para convertirse en una exigencia.

Porque Jesús no permitió que la identidad nacional, étnica o religiosa determinara quién merecía ser considerado prójimo. La parábola del Buen Samaritano es, en este sentido, una bomba de relojería que todavía no ha dejado de hacer tic-tac. El samaritano era precisamente el otro, aquel que formaba parte de un grupo despreciado por los judíos. Y, sin embargo, es él quien se detiene ante el hombre herido. El prójimo, en Jesús, no es quien se parece a nosotros. Es quien tenemos delante. Me parece que la diferencia es enorme.

Porque una sociedad puede construir todas las fronteras que quiera, pero no puede construir una frontera moral que nos libere de la responsabilidad ante el sufrimiento. Podemos poner muros, policías, vallas, documentos, visados y palabras como «ilegal». Pero ante una persona que sufre, el ser humano continúa apareciendo antes que el ciudadano, el migrante, el refugiado o el extranjero. Y todavía hay una ironía que, en el caso del cristianismo, resulta especialmente difícil de esquivar.

Jesús mismo fue, según el relato de Mateo, un niño refugiado. Su familia tuvo que huir a Egipto para escapar de la persecución de Herodes. La historia fundacional del cristianismo contiene, por tanto, una escena de desplazamiento forzado. El Dios al que algunos invocan para justificar fronteras infranqueables es, en el relato que fundamenta esa misma tradición, un niño que huye. Quizá deberíamos pensarlo un poco más.

También deberíamos recordar la Regla de Oro: «Todo lo que queráis que los demás os hagan a vosotros, hacedlo también vosotros a ellos». No hace falta ser teólogo para entenderla. Solo hace falta imaginar, por un instante, que nuestra vida hubiera comenzado en otro lugar. Que hubiéramos nacido en una ciudad bombardeada. Que hubiéramos perdido nuestra casa. Que nuestros hijos tuvieran hambre. Que hubiéramos atravesado un desierto. Que hubiéramos puesto nuestra vida en manos de una embarcación precaria. Que hubiéramos llegado a una frontera sin saber si al otro lado encontraríamos una mano tendida o una puerta cerrada.

La Regla de Oro nos obliga a hacer algo que la política a menudo evita: ponernos en el lugar del otro. Y es aquí donde el debate sobre la inmigración deja de ser únicamente un debate sobre inmigración. Se convierte en un debate sobre nosotros.

Sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Sobre si queremos un mundo humanista o un mundo entregado exclusivamente a la lógica del dinero, de la utilidad y del miedo. Sobre si la vida humana tiene un valor anterior a cualquier frontera o si su valor depende del lugar en el que uno ha tenido la fortuna —o la desgracia— de nacer.

Ante lo que está ocurriendo en Ceuta, el cristianismo cultural que tan a menudo celebramos en el calendario nos sitúa ante la bisagra. Cristianismo o barbarie.

No hay demasiado margen para la equidistancia cuando delante de nosotros hay personas vulnerables. Y tampoco basta con encender velas, celebrar la Navidad, cantar villancicos o llenar las iglesias en determinadas fechas si después somos incapaces de reconocer el rostro del otro. Porque quizá el problema de nuestro cristianismo es que hemos conservado demasiado bien los rituales y hemos olvidado demasiado a menudo el escándalo de sus palabras.

«Era extranjero y me acogisteis». No dice: era extranjero y me preguntasteis de dónde venía. No dice: era extranjero y primero comprobasteis si tenía los papeles en regla. No dice: era extranjero y calculasteis si resultaba rentable. Dice: me acogisteis.

Y yo ya sé que algunos considerarán ingenua esta manera de mirar el mundo. Sé que habrá quien nos acuse de buenismo, de idealismo, de irresponsabilidad. También sé que defender la dignidad del otro no siempre es la manera más cómoda de habitar el presente. A veces, incluso, es una manera segura de ser mal visto.

Pero algunos nos empeñamos —y nos empeñaremos— en seguir creyendo en una verdad que no necesita pasaporte: cuando sale el sol, es para todos.

Y esta frase, que podría parecer una metáfora poética, es también una afirmación radicalmente política. Porque antes de que existieran los Estados, antes de que existieran las fronteras, antes de que inventáramos los pasaportes y las categorías administrativas, ya existía la luz. Y nosotros, todos nosotros, venimos de esa misma materia. Somos polvo de estrellas.

No es una frase sentimental. Es una constatación de la ciencia y, al mismo tiempo, una de las intuiciones humanistas más bellas que podemos tener: los átomos que nos constituyen proceden de la historia profunda del universo. No existe una materia estelar para los europeos y otra para los africanos, una para los ricos y otra para los pobres, una para quienes tienen papeles y otra para quienes no los tienen. Somos radicalmente parientes.

Por eso nos emocionamos el día del eclipse. Porque durante unos instantes levantamos los ojos y recordamos que hay algo más grande que nuestras fronteras, nuestros intereses y nuestros miedos. El cielo no sabe de pasaportes.

Quizá lo que necesitamos ahora es volver a mirarlo. Y después bajar los ojos, para ver quién tenemos delante y darnos cuenta de cuál es la verdadera frontera: no es la que separa dos territorios. Es la que separa una sociedad capaz de reconocer la humanidad del otro de una sociedad que ha decidido dejar de hacerlo.

Y esa frontera, esa sí, solo depende de nosotros.

Oriol Pérez Treviño

Musicólogo. Ensayista

 

CRISTÀ O BÀRBAR: LA FRONTERA DE LA NOSTRA HUMANITAT

 

Diumenge, 30 d’agost de 2026. Sant Fèlix

 

Porto molts dies sense escriure a la secció Entre clàssics. La finalització d’un encàrrec editorial m’ha impossibilitat l’escriptura d’altra cosa que no fos la relacionada amb una orquestra que va fer història. Però no avancem res. No vull fer espóilers. Ara bé, elque està passant a Ceuta no és sobrer. És un d’aquells moments en què una societat es troba davant d’una frontera que no és geogràfica. No és una línia traçada sobre un mapa, ni una tanca, ni una frontera marítima. És una frontera moral. Una d’aquelles frontisses de la història en què cal decidir, gairebé sense possibilitat d’amagar-se darrere de les paraules, quin món volem ser. El que està passant a Ceuta ens situa exactament aquí.

 

I potser per això convé tornar a una figura que, encara que alguns vulguin reduir a símbol cultural, continua contenint una extraordinària càrrega de radicalitat moral: Jesús de Natzaret. No perquè Jesús parlés dels estats nació, de les fronteres Schengen, dels controls migratoris o de les polítiques d’asil —conceptes que li eren completament aliens—, sinó perquè va parlar d’una cosa molt més elemental: què fem davant de l’altre quan l’altre és vulnerable. I la resposta dels Evangelis és d’una claredat que incomoda.

 

«Era estranger i em vàreu acollir». No és una frase decorativa. No és una d’aquelles frases evangèliques que podem penjar en una paret mentre continuem vivint com si no ens interpel·lés. És una identificació radical. En l’Evangeli de Mateu, Jesús estableix una equivalència gairebé insuportable: la manera com tractem l’estranger, el famolenc, el nu, el malalt o el presoner és la manera com el tractem a ell mateix.

 

De manera que potser hauríem de preguntar-nos què estem fent amb Jesús quan contemplem una persona que arriba fugint de la fam, de la guerra, de la persecució o simplement de la desesperació i la nostra primera reacció és convertir-la en un problema administratiu.

 

La qüestió migratòria és complexa, és cert. Els estats tenen fronteres. Han de gestionar fluxos migratoris. Han de garantir la seguretat. Han d’establir polítiques d’acollida i integració. Tot això és cert. Però hi ha una cosa que no pot quedar atrapada dins de cap expedient administratiu: la dignitat humana. I aquí és on el cristianisme deixa de ser una tradició cultural per convertir-se en una exigència.

 

Perquè Jesús no va deixar que la identitat nacional, ètnica o religiosa determinés qui mereixia ser considerat pròxim. La paràbola del Bon Samarità és, en aquest sentit, una bomba de rellotgeria que encara no ha deixat de fer tic-tac. El samarità era precisament l’altre, aquell que formava part d’un grup menyspreat pels jueus. I, tanmateix, és ell qui s’atura davant de l’home ferit. El proïsme, en Jesús, no és qui s’assembla a nosaltres. És qui tenim davant. Emsembla que la diferència és enorme.

 

Perquè una societat pot construir totes les fronteres que vulgui, però no pot construir una frontera moral que ens alliberi de la responsabilitat davant del sofriment. Podem posar-hi murs, policies, tanques, documents, visats i paraules com «il·legal». Però davant d’una persona que pateix, l’ésser humà continua apareixent abans que el ciutadà, el migrant, el refugiat o l’estranger. I encara hi ha una ironia que, en el cas del cristianisme, resulta especialment difícil d’esquivar.

 

Jesús mateix va ser, segons el relat de Mateu, un nen refugiat. La seva família va haver de fugir a Egipte per escapar de la persecució d’Herodes. La història fundacional del cristianisme conté, per tant, una escena de desplaçament forçat. El Déu que alguns invoquen per justificar fronteres infranquejables és, en el relat que fonamenta aquesta mateixa tradició, un infant que fuig. Potser hauríem de pensar-hi una mica més.

 

També hauríem de recordar la Regla d’Or: «Tot allò que voleu que els altres us facin, feu-ho també vosaltres a ells». No cal ser teòleg per entendre-la. Només cal imaginar, per un instant, que la nostra vida hagués començat en un altre lloc. Que haguéssim nascut en una ciutat bombardejada. Que haguéssim perdut la casa. Que els nostres fills tinguessin gana. Que haguéssim travessat un desert. Que haguéssim posat la vida en mans d’una embarcació precària. Que haguéssim arribat a una frontera sense saber si a l’altra banda hi trobaríem una mà estesa o una porta tancada. La Regla d’Or ens obliga a fer una cosa que la política sovint evita: posar-nos en el lloc de l’altre. I és aquí on el debat sobre la immigració deixa de ser només un debat sobre immigració. Es converteix en un debat sobre nosaltres.

 

Sobre quin tipus de societat volem construir. Sobre si volem un món humanista o un món lliurat exclusivament a la lògica dels diners, de la utilitat i de la por. Sobre si la vida humana té un valor anterior a qualsevol frontera o si el seu valor depèn del lloc on un ha tingut la fortuna —o la desgràcia— de néixer. Davant del que està passant a Ceuta, el cristianisme cultural que tan sovint celebrem en el calendari ens posa davant de la frontissa. Cristianisme o barbàrie.

 

No hi ha gaire marge per a l’equidistància quan davant nostre hi ha persones vulnerables. I tampoc no n’hi ha prou amb encendre espelmes, celebrar Nadal, cantar nadales o omplir les esglésies en determinades dates si després som incapaços de reconèixer el rostre de l’altre. Perquè potser el problema del nostre cristianisme és que hem conservat massa bé els rituals i hem oblidat massa sovint l’escàndol de les seves paraules.

 

«Era estranger i em vàreu acollir.». No diu: era estranger i em vàreu preguntar d’on venia. No diu: era estranger i primer vau comprovar si tenia els papers en regla. No diu: era estranger i vau calcular si resultava rendible. Diu: em vàreu acollir.

 

I jo ja sé que alguns consideraran ingenua aquesta manera de mirar el món. Sé que hi haurà qui ens acusarà de bonisme, d’idealistes, d’irresponsables. També sé que defensar la dignitat de l’altre no sempre és la manera més còmoda d’habitar el present. De vegades, fins i tot, és una manera segura de ser malvist.

 

Però alguns maldem —i maldarem— per continuar creient en una veritat que no necessita passaport: Quan surt el sol, és per a tothom.

 

I aquesta frase, que podria semblar una metàfora poètica, és també una afirmació radicalment política. Perquè abans que existissin els estats, abans que existissin les fronteres, abans que inventéssim els passaports i les categories administratives, ja hi havia la llum. I nosaltres, tots nosaltres, venim d’aquesta mateixa matèria. Som pols d’estrelles.

 

No és una frase sentimental. És una constatació de la ciència i, alhora, una de les intuïcions humanistes més belles que podem tenir: els àtoms que ens constitueixen provenen de la història profunda de l’univers. No hi ha una matèria estel·lar per als europeus i una altra per als africans, una per als rics i una per als pobres, una per als qui tenen papers i una per als qui no en tenen. Som radicalment parents.

 

Per això ens vam emocionar el dia de l’eclipsi. Perquè durant uns instants vam aixecar els ulls i vam recordar que hi ha alguna cosa més gran que les nostres fronteres, els nostres interessos i les nostres pors. El cel no sap de passaports. Potser el que necessitem ara és tornar a mirar-lo. I després baixar els ulls, per veure qui tenim davant i adonar-nos quina és la veritable frontera: no és la que separa dos territoris. És la que separa una societat capaç de reconèixer la humanitat de l’altre d’una societat que ha decidit deixar de fer-ho.

 

I aquesta frontera, aquesta sí, només depèn de nosaltres.

 

 

 

About Jose

Escritor, cineasta, activista cultural y organizador de festivales de cine

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